jueves, 8 de febrero de 2007

Miedo a los medios

El poder absoluto cumplió con su promesa, y los partidos tradicionales escabullen el juicio colectivo disfrazando el despecho que sienten al haber perdido la mamadera. El equilibrio político se vislumbra, y ojalá sirva para crear un país de leyes que prevean un justo castigo para quienes contradigan con dolo su deber de servir no solo a sus correligionarios, sino a todo nuestro país. Este equilibrio no vendrá sin un costo, y el más probable será el empobrecimiento de la ciudadanía en nombre de la voluntad abstracta de querer “vivir bien” sin crear las condiciones para lograrlo.

La vida tiene sus mecanismos para regresar al equilibrio, y se dará ahora mediante el voto democrático de la población. Lamentablemente estos mecanismos aun no existen para lidiar con un poder que se ha salido de la norma elemental de imparcialidad y objetividad, y que peca hoy de la arrogancia e ignorancia que ha sacudido a nuestro sistema político, y me refiero a ciertos evangelistas de la televisión. Estos “comentaristas” opinan impunemente lo que dicta la agenda del sector más cansado con el fracaso y la pobreza, de los menos esperanzados, y de los más cínicos y agitados críticos del “sistema”. No sé si la ética profesional de ser ecuánime ha sucumbido a la mentalidad de turba porque es más fácil opinar lo que, se cree, los demás quieren escuchar, o porque la ignorancia de algunos comentaristas es inocente y simplemente no pueden a aspirar a una postura imparcial porque ello requiere de un criterio más formado.

Los demás quedamos silenciosos, aferrados a la esperanza que se mantenga la estabilidad económica en el país, y que el sistema democrático y de libre mercado pueda ser perfeccionado y exorcizado de sus fracasos y de su deficiente aplicación. Y ante los agitadores de la irracionalidad económica no nos queda más que mirar aterrados como se menosprecia a la inversión extrajera, se sataniza a quienes – aunque deficientemente – han luchado por desarrollar la infraestructura productiva de nuestra nación. Lo más triste es ver que ningún candidato se atreve a defender la estabilidad de un sistema que necesita ser perfeccionado, y no destruido y desechado por quienes se sienten con el derecho de empobrecer aun más. Y la razón es para mi sencilla, la arrogancia sin poder se convierte en displicencia, y como el sector de la población que quiere se le garantice que ha de existir estabilidad y orden, que quiere que se defienda fehacientemente nuestro derecho de transitar, y que exige un proyecto de nación que atraiga inversiones y crecimiento económico, ha de votar – hasta hace poco yo incluido – con el miedo que la “fuerza dialéctica de la historia” arrase con todo, incluida nuestra democracia, los candidatos tímidamente siguen el guión que impone la televisión.

Al vacío político se le suma ahora el vació ideológico, y estas elecciones vamos a definir quien se hará cargo de nuestro destino, pero difícilmente sabremos exactamente cual es el proyecto por el cual vamos a apostar. Pero si los candidatos son culpables de ser retraídos al hablar de la libertad en democracia y de equilibrar los imperativos sociales con las leyes universales del mercado y la necesidad de la iniciativa privada, por miedo de ser fustigados por el nuevo gran Leviatán, algunos televangelistas serán culpables de crear una atmósfera en la cual impere la desinformación, se imponga el análisis cómodo y vengativo, se logre tal vez un equilibrio social y político, pero al precio de que en nuestra economía triunfe la irracionalidad.

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