jueves, 8 de febrero de 2007

López Obrador

Son cinco científicos los encargados de aplicar una metodología técnica e imparcial, para proporcionar al pueblo mexicano los resultados lo más antes posible. Para una nación con un alto grado de institucionalidad, es increíble que esta sea apenas la segunda vez que se sostienen elecciones libres y transparentes. Más increíble es que el cinismo y las teorías de conspiración no hayan opacado la imparcialidad del Instituto Federal Electoral (IFE) en la elección más cerrada jamás disputada en México.

Ahora que los resultados por fin están por salir a la luz, lo que lamentablemente queda opacado es que México, un país con grandes desigualdades sociales, haya optado mayoritariamente a mantener políticas orientadas a favorecer el intercambio comercial. Entre el PRI, el PAN y el Partido Alternativa Social Demócrata, partidos comprometidos con “una política de libre mercado con sentido social dentro de la globalización”, se obtuvieron casi el 60% del voto, mientras que la Alianza por el Bien de Todos, partido que pretendía revisar las políticas de apertura de mercado, solo obtuvo el 35%. A su vez, se pierde de vista el que se haya optado, por el bien de la democracia, esperar antes de dictar un resultado, debido a que los instrumentos científicos utilizados no permitieron la suficiente certeza al ser los resultados tan parejos.

La vehemencia con la cual López Obrador ahora desconoce los resultados, hace aparente que el único argumento que parece que hoy se requiere para revertir políticas de apertura comercial es que “hay demasiados pobres”. Esa lógica es perversa, porque la causa de la desigualdad en la distribución de la riqueza en México ha sido un sistema político dictatorial y oligárquico, la represión de la libertad, la corrupción, el prebendalismo entre quienes han monopolizado el poder, y el racismo y discriminación hacia las mayorías, pero no la apertura comercial. De igual manera, tampoco son culpables la políticas “científicas” diseñadas a mantener la estabilidad macroeconómica, como ser un bajo nivel de inflación, que hoy permite al pueblo mexicano experimentar mejoras paulatinas en su calidad de vida y poder adquisitivo. Y el pueblo mexicano ha hablado democráticamente, y ha optado por no castigar una política que – poco a poco – empieza a crear condiciones para un despegue económico que beneficie a toda la población.

Es comprensible que la frustración, la miseria y la ignorancia no permite entender la lección que sin crecimiento, solo se puede repartir, muy igualitariamente, la pobreza. Lo que es inadmisible es que quienes desean el poder político, utilicen esa frustración para crear una inestabilidad que tan solo puede hacer retroceder la economía. Es como si fuese un pecado que México tenga una clase media cada vez más grande, y que exista por primera vez movilidad social. La clase media, al igual que los mercados, requieren de certidumbre y estabilidad, y la clase media en México desea mantener el modelo liberal (que no tiene nada que ver con el modelo neoliberal). En ese sentido se ha creado en México el IFE, institución autárquica y transparente, que tan solo ha intentado actuar con prudencia, para mantener la estabilidad política, económica y social. Pero el imperativo de lo inmediato ofusca los procesos necesarios para llegar a nuestro destino, sea ese el desarrollo de nuestros mercados o el desarrollo institucional de una democracia libre y transparente. Debe existir un equilibrio entre políticas de mercado y políticas sociales. Lo que se pierde hoy en día es que ambas son necesarias para que los más pobres tengan condiciones para salir de su pobreza, para aspirar mejores condiciones de vida, fruto de su iniciativa, esfuerzo y ambición. La economía, al igual que el conteo de votos, no debería someterse a la demagogia comprensible de quienes levantan las banderas de los más desprotegidos, porque créanme que – al crear instabilidad e incertidumbre – lo único que le darán a sus partidarios es la satisfacción de que todos esten igualmente jodidos.

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