miércoles, 6 de enero de 2010

¡Achtung!

Relativismo moral, tu nombre era Alemania. El pragmatismo político más barato del mundo ahora se construye en el dragón del Asia, sobre espaldas de otro pueblo-hormiga. El moderno realismo traiciona el romanticismo doctrinal de Mao, conduciendo a China a acostarse con capitalistas y abrir sus puertas bien grande a la inversión privada. El trabajo infantil y sueldos de miseria son parte de la fórmula de desarrollo a cualquier costo. Otro precio que los chinos están dispuestos a pagar es mancharse de sangre las manos, mediante cuantiosas inversiones en Sudán, cuyo gobierno es responsable en Darfur del mayor genocidio del siglo XXI.

El más amargo antecedente de un pragmatismo apaciguador es cortesía del Primer Ministro inglés, Neville Chamberlain, quien “cedió” Checoslovaquia a Hitler, con tal de evitar involucrarse en pleito ajeno. Aquel que ignora las consecuencias del apaciguamiento de Neville ha sido educado a medias; su frágil conocimiento histórico un obstáculo más al desarrollo de valores compartidos. No es suficiente, sin embargo, compartir en abstracto ciertos ideales, para luego dejarlos inermes, condenándolos a una existencia de boca para afuera. Es también necesario ser coherentes con el ideal. Antecedente de ese compromiso fue un público indignado, que presionó a sus empresas nacionales para que dejen de invertir en Sud África; evitando así que su dinero sustente un régimen racista.

El poder del bolsillo del ciudadano cobra cada vez mayor fuerza. Con su voto monetario, el pueblo empieza a forzar a empresas a no contaminar; a no robarles a niños el tiempo para ser inocentes; o criar carnes llenas de hormonas. Fue la billetera del ciudadano común que obligó a transnacionales a retirarse del último bastión del racismo constitucional. La amenaza de retirar inversiones personales de empresa que colaboren con el apartheid acabó forzando al gobierno sudafricano a abrir las rejas, dando lugar al pacto social de Nelson Mandela.

Otro programa que pretende subsanar asimetrías sociales, producto de siglos de esclavitud y racismo, es la acción afirmativa. Empresas y universidades de EE.UU. deben llenar con minorías étnicas un porcentaje de cupos de becas y empleos. En Bolivia, la acción afirmativa ha sido llevada a su extremo lógico, arrancando aplausos entre avergonzados herederos del colonialismo. Por ende, mientras más cambian las cosas, más siguen igual. Europeos con carga de conciencia ahora coquetean con la idea de otorgarle un Premio Nobel al responsable de imponer una Constitución cuyo cuoteo de poder étnico raya en racismo. Parece que cuando el pie esta en el otro zapato, es legítimo crear un híbrido constitucional que conjugue una versión “light” del apartheid-a-la-inversa con una política de “poder étnico afirmativo”.

Antes de concluir que europeos observan impasibles, porque nos ven como ratas de laboratorio, hay que otorgarles el beneficio de la duda. Es posible que, en vez de un pragmatismo “chino”, los otrora colonialistas hayan desarrollado una fórmula compleja, que encuentra el punto de equilibrio entre el fascismo tropical de Hugo Chávez y las mínimas libertades que necesitamos los tercermundistas. No obstante, una conducta por parte de un miembro de la Comunidad Europea idéntica a la que ejerce la espada de Bolívar, arrancaría allá inmediatas condenas. Otra opción, por ende, es que somos el equivalente sudanés ante intereses geopolíticos de China. Al igual que Chamberlain, son algunos europeos quienes le confieren al proyecto chavista un frágil, pero muy pragmático, beneficio de la duda.

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