viernes, 4 de mayo de 2007

Una Paradoja Pascuera

En hebreo y en latín, “pascua” quiere decir “paso”, y en el cristianismo celebra el paso de la muerte a la vida de Jesús: su resurrección. La Navidad es también el paso de Jesús a la vida: su nacimiento. En ambas celebraciones se utiliza la palabra “pascua”, y ambas tienen su equivalente en el judaísmo, la religión de Jesús. En 163 a. C., Antíoco IV Epífanes, rey de Siria y señor de Palestina, había ordenado convertir al Templo de Jerusalén en templo de adoración de Zeus, el dios Olímpico. Cuando Judas Macabeo reconquistó la ciudad, volvió a consagrarse el templo a Dios, y un cantarillo de aceite de oliva milagrosamente ardió durante ocho días. Esta celebración se llama Hanuká, y se celebra en diciembre. La pascua judía celebra el éxodo de Egipto también en el mes de abril. El Éxodo es una de las historias más importantes jamás contadas, y forma parte de la cosmología judeocristiana como prueba contundente que, entre sus criaturas, Dios también tiene sus favoritos.

El debate si los milagros en la Biblia son metáforas, o si deben ser considerados como eventos reales, ha cobrado una nueva dimensión con nueva evidencia que señala que las diez plagas realmente sucedieron. Todos los sucesos, desde la muerte de los primogénitos, hasta la partición del mar Rojo, parecen haber sido ocasionado por una cadena de eventos desatados por un cataclismo en el archipiélago griego de Santori, una de las explosiones volcánicas más feroces sobre la faz de la tierra. Según la hipótesis, el movimiento teutónico causó no sólo la formación de un pasaje en el mar para que escapen de Egipto los judíos, sino que provocó que químicos encapsulados miles de metros debajo de la tierra sean liberados, ocasionando las plagas y una capa de dióxido de carbono que – al arrastrase sobre la tierra - fue culpable de la muerte de los primogénitos, que en Egipto solían dormir en cunas pegadas al suelo.

Si fue Dios el que echó a andar la tormenta de terremotos, o fue una afortunada casualidad para Moisés, nos lleva a otro gran debate: la evolución. Comprobar que los sapos escaparon gases subterráneos, y que peces muertos ocasionaron pestilencias en Egipto, es una cosa. Pero la teoría de la evolución a partir de la selección natural es otra muy diferente. La evidencia que la transformación en las especies responde a cambios graduales a través de cientos de millones de años es contundente, y a falta de fósiles que comprueben cada paso en el proceso, ahora la genética ha desarrollado técnicas que permiten observar parentescos con precisión científica.

Si Dios utiliza el proceso de selección natural, o si es el mecanismo mediante el cual la naturaleza se adapta para sobrevivir, es inconsecuente. El hecho es que, sea Dios o sea la materia, el mecanismo de supervivencia funciona, y funciona muy bien. Su creación más elevada, el ser humano, ha desarrollado así una de las herramientas más poderosas: la palabra. Al principio no teníamos cultura, ni libros, ni leyes. Al principio teníamos el potencial del lenguaje, y éste resultó muy útil a la hora de cooperar entre humanos, para liberarnos de todo tipo de mal, no el menor de ellos nuestros semejantes. Lentamente desarrollamos la capacidad de cultura, algo único entre los habitantes del planeta, y que nos lleva a una paradoja: la guerra de ideas.

La evolución coloca al ser humano al par con las demás especies. Es una idea anarquista, porque cuestiona la condición única del hombre y promueve un igualitarismo peligroso para quienes basan su poder en la imposición de jerarquías. Sin embargo, la evolución es rechazada por algunos defensores del pueblo, porque las bases conceptuales de la adaptación y competencia invocan al capitalismo. Por su parte, las elites convencen al pueblo que es libre de competir, y aunque justifican su poder en su capacidad de innovar y adaptarse, miran con sospecha al darwinismo, y promueven la idea que la perfección de la existencia radica en la mente del Creador. La religión celebra el paso a la comprensión entre hermanos, y ha permitido trascender agendas políticas, y nuestra mezquindad. Pero las ideas con las que pelean los clanes cobran vida propia, se mezclan y se contradicen, y hace tanto más difícil entender la palabra de Jesús. Encontremos sosiego, entonces, en la sabiduría de dar la otra mejilla, en la comprensión que es lento el proceso evolutivo, y celebremos su Resurrección.

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