jueves, 24 de octubre de 2013

La Paz, Libia

Es ilegal conspirar para derrocar un gobierno electo constitucionalmente. Por lo menos es ilegal en democracia. En Washington D.C., sin embargo, hay un llamado apasionado para gestar la “segunda revolución Americana”. Los esfuerzos del Presidente Obama de ofrecer seguridad médica a los más necesitados (Obamacare) han despertado los más enraizados instintos capitalistas en una pequeña, pero muy vocifera minoría derechista, que son cotidianamente acusados por el oficialismo de “talibanes”, “fundamentalistas” y “terroristas”.

Debido a reivindicaciones democráticas conquistadas en revolución, un extremista de derecha (Larry Klayman) puede utilizar el pulpito de la minoría intransigente para demandar que (Obama) “deponga el Corán, salga con las manos en alto y abandone la ciudad”. Decir que Obama es musulmán es mentir,  pero es también ejercer un derecho constitucional a la libertad de expresión. Klayman tal vez ejerza un sarcasmo de mal gusto. Lo que no hace es violar la ley. Algunas libertades en  democracia amenazan nuestras sensibilidades. Ese parece ser el precio de la libertad.

El pueblo norteamericano también tiene la libertad de polarizarse al extremo de poner en peligro el bienestar del resto del planeta. En ese sentido Xinhua, la agencia de prensa estatal china, hizo un llamado a crear un mundo "desamericanizado". Si bien el Congreso norteamericano ha dado un respiro a la inminente crisis hasta el 7 de febrero de 2014, ello no resuelve el antagonismo congénito entre dos visiones contrastantes en el seno de la mayor economía del planeta.

La manzana de la discordia en el epicentro del capitalismo es precisamente el papel que debe jugar el Estado en el complejo papel de crear condiciones básicas para la productividad (redistribuir la riqueza/socializar la salud) que, según los fundamentalistas del “Tea Party” es una responsabilidad del individuo, que debe ser resuelta exclusivamente por el mercado. Obama fue elegido por una mayoría para reformar el sistema de salud; para que mediante la intervención estatal millones de ciudadanos actualmente sin seguro puedan participar -a un precio razonable- del cuidado médico.

A su vez, Obama fue elegido para poner fin a dos guerras que lograron acabar cualquier remanente de un apetito imperial por controlar las fuentes energéticas, en nombre de imponer la democracia. En ambos proyectos Obama ha encontrado dificultades a la hora de cumplir con sus promesas electorales.
En el primer caso, las normas democráticas han permitido a la vocifera minoría anti-socialista enmarcar el proyecto de reforma al sistema de salud de Washington como si EE.UU. estuviese a punto de convertirse en Cuba. En el segundo caso, el mundo árabe ha entrado en un proceso histórico que -una vez el sangriento trámite revolucionario y millones de litros de sangre apaguen fuegos autoritarios- se destronará en esa región viejas dictaduras militares.

Lo irónico de la democracia es que – casi universalmente – necesitó de sangrientas confrontaciones entre hermanos. Aquellas que recuentan las heroicas campañas que derrocaron regímenes totalitarios en el Caribe y América Latina se celebran. También se celebra la primavera de 1968, cuando una generación idealista y cansada de una modernidad al servicio de un consumismo estupefaciente y conservadurismo político, se lanzó a las calles en París, para invocar un futuro que supere las cadenas tecnológicas de una democracia funcional a las economías de escala y grandes empresas transnacionales. En ambos casos fácilmente se despierta en la juventud maravillosa un sentido de indignación hacia sistemas opresivos e intolerantes.

Pero no todas las revoluciones están de moda. La primavera árabe, por ejemplo, no ocasiona igual indignación hacia el monopolio del poder por parte de tribus que relegan a las mayorías a un poder político basado en el terror y yugo de la supremacía militar. En la indiferencia hacia la primavera árabe se observa el mismo relativismo moral que condujo incluso a las más ardientes feministas a volcar la mirada ante la agenda talibán de relegar a la mujer a su rol de madre, con su rostro cubierta de trapos, su mente inmersa en ignorancia, su inocencia arrebatada en matrimonios forzados con hombres muchos mayores. Esa indiferencia se manifiesta ahora en la indiferencia que ocasiona el ímpetu revolucionario árabe de deshacerse de gobiernos totalitarios.

Cuando la condición de la mujer en algunos resabios del más cruel patriarcado no provoca indignación moral, es comprensible que seamos incapaces de evaluar la actual situación en Libia (o Siria) con un mínimo de desprendimiento de las agendas geopolíticas que parecen dictar el contenido de nuestra conciencia. Ese territorio africano, alguna vez apéndice del colonialismo fascista italiano, tuvo cortos periodos de una monarquía constitucional. Pero después de lograr su independencia, se vio sometida al mandato de un solo hombre, que gobernó con mano dura desde una carpa beduina que transitaba errabundamente el desierto.

Ahora que la revolución Libia (apoyada por un cerco aéreo de la OTAN) ha finalmente destronado al dictador, sufre los dolores de parto que conlleva moverse de un régimen autoritario, a una incipiente democracia. En ese sentido, Libia comparte con EE.UU. algunos hitos. Este último, por ejemplo, también tuvo ayuda extranjera (Francia) cuando en 1775 luchó por abolir el yugo del monarca inglés, también tuvo épocas en la que vasta extensiones de su territorio no contaban con la presencia del Estado (viejo Oeste), incurrió en una guerra civil que costó la vida del equivalente a 7,5 millones de norteamericanos (2,5% de la población) y sufre de una polarización que induce a una minoría a tomar como rehén a la economía.

Obviamente también hay diferencias. Libia, por ejemplo, “aun no existe como Estado” (Ali Zeidan, Primer Ministro de Libia). Por ende, suponer que en Libia se puede establecer una democracia de inmediato es una ilusión. Libia no tiene experiencia democrática alguna. No obstante las diferencias, existen también coincidencias, que deberían llamar a la reflexión, incluso en este contexto de polarización que conlleva una paralización moral, donde los poderosos definen que constituye una indignación o preocupación legítima.

Debería preocuparnos que en EE.UU., al igual que en Libia, pequeños grupos fundamentalistas pongan en peligro la estabilidad nacional en nombre de sus intereses ideológicos y sectoriales. Debería preocuparnos que, incluso en la economía más poderosa del planeta, la democracia siga siendo un proyecto inconcluso, en el cual todavía se está perfeccionando los mecanismos que permiten dirimir conflictos entre grupos antagónicos dentro de un marco constitucional que respete los derechos de todos, incluyendo minorías.


La democracia no es juego fácil. En un extremo existe el peligro de una dictadura de las mayorías; en el otro, que un pequeño grupo tome de rehén la convivencia y estabilidad. Al margen de la construcción de un mundo multipolar y economía mixta, también debería preocuparnos que la democracia sucumba; o a la hegemonía de los que ganaron (con votos o fusiles), o al ímpetu de una minoría vocifera y bien organizada. Vivir en democracia, después de todo, es dirimir diferencias entre grupos e intereses antagónicos, en un marco de legalidad y civilidad, sin caer en hegemonías o anarquismos. Las naciones son una amalgama de diferentes etnias, visiones, regiones, religiones e intereses. Siempre habrá diferencias que se deben reconciliar. Por ende, ni mayorías ni minorías deben tener la prerrogativa de secuestrar la convivencia pacífica y democrática de una nación. 

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