domingo, 1 de septiembre de 2013

Jalar la Cadena

Sobre resbaladizos eslabones de la cadena de mando se desploma una estructura vertical que supuestamente brinda institucionalidad a decisiones que toma la jerarquía. Subalternos despiadados, sin embargo, conspiran, maquinan y vulneran esa cadena; para avanzar sus truculentas patrañas personales. ¡Qué frágil eres, cadena de mando!

Cuando una periodista le preguntó al Presidente de Siria el 2011 si no consideraba que sus fuerzas militares habían utilizado demasiada fuerza para reprimir a mujeres y niños que marchaban en una protesta contra su gobierno, Bashar al-Assad le contestó: “No son mis fuerzas, son fuerzas militares que pertenecen al gobierno… No me pertenecen a mí. Yo soy el Presidente. Yo no soy dueño del país, por lo tanto no son mis fuerzas”. En otras palabras, el Presidente sirio no dio la orden de masacrar a los marchistas. No hubo cadena de mando, hubo militares despiadados.

En esa entrevista (2011), al-Assad comparó el puñado de muertes de aquel entonces (aún no empezaba la guerra civil) con errores que cometen incluso sus enemigos occidentales. Como ejemplo, el presentó el caso de Guantánamo, donde militares norteamericanos cometieron actos de tortura que, argumentaba al-Assad, son actos de entusiastas individuos que no representa una política oficial del gobierno de Obama. En otras palabras, aquellos encargados de combatir el cáncer terrorista que atentan contras moros y cristianos  a veces se extralimitan en sus estrategias, lo cual constituye un error individual, no una política de Estado.

Siria hoy es el ojo del huracán y sus vientos amenazan con destruir los cimientos de una inestable paz en Oriente Medio. Una proliferación de ese conflicto pudiese tener consecuencias desestabilizadoras a nivel global. La situación en la región es un caldero de tempestades que tiene el potencial de sumir al planeta entero en una crisis cuyo desenlace nadie puede predecir. Bajo el manto de la amenaza de un petit-apocalipsis, alguien utilizó armas químicas, asesinando más de 400 niños y 1.000 adultos, cuyos últimas horas de vida fueron de dolor infernal.

Pero volviendo a la cadena de mando: No pasa desapercibido el hecho que – al romperse la cadena- se ocasionan casos de violaciones a los derechos humanos e incluso genocidio con armas químicas. El asesinato en masa de ciudadanos de cualquier rincón del planeta constituye un crimen de lesa humanidad. Difícilmente alguien se hará responsable de un acto tan cruel y despiadado. Tan solo un grupo de desquiciados podrían ufanarse de utilizar armas químicas contra niños, mujeres y ancianos.

Los auto-atentados existen. A veces un gobierno fabrica complots para descabezar al adversario. Otras veces son los grupos insurgentes los que ocasionan muertes para culpar al gobierno que pretenden derrocar. Incluso es posible que el ataque químico haya sido un “accidente”. La verdad es que es difícil comprobar quien utilizó las armas químicas en Damasco. De lo que no queda duda es que tal ataque sí ocurrió y que mujeres, niños y ancianos agonizaron durante horas, para morir de una manera inimaginablemente dolorosa. Pero ellos no son las únicas víctimas de este conflicto: victima también es nuestro compás moral.

El recién electo Presidente de Irán, por ejemplo, no tuvo tal confusión e inmediatamente condenó los ataques. En su cuenta de Twitter, Hassan Rouhani dijo que su gobierno “condena categóricamente el uso de armas químicas en Siria” y urgió a las Naciones Unidas a “utilizar toda su fuerza” para evitar nuevos ataques. El Presidente iraní no estaba criticando a su aliado sirio; tan solo expresaba el sentimiento de su pueblo, que fue también atacado por armas químicas cuando Saddam Hussein desató una guerra infernal contra Irán en una guerra que costó más de un millón de vidas. Esa experiencia permite al pueblo iraní apuntar su brújula moral hacia la indignación, una experiencia  tangible de estos horrores que el resto de los mortales lamentablemente no tenemos.

Aquellos que no hemos visto a un hermano, hija o esposo retorcerse en espasmos, su boca espetando espuma y sus pulmones ardiendo de dolor, debemos remitirnos a abstracciones que limitan nuestro grado de indignación. Antes de activar nuestro sentido de empatía, parece que debemos realizar cálculos geopolíticos, que nos permita dar prioridad a nuestro sentido de indignación que nos provoca la existencia de una “policía global”, por encima del crimen cometido.

El auto-proclamado juez-policía del planeta puede interpretar mal la evidencia cuando condena a Siria a una represalia militar. Las Naciones Unidas pueden quedar atadas de manos por consideraciones políticas de algunos miembros del Consejo de Seguridad. También es posible que nunca sepamos quien cometió el crimen, que jamás se aplique la ley internacional y que los culpables se beneficien de una burlesca impunidad. Pero ese no es el punto. El punto es que alguien ha asesinado cruelmente a más de 1.400 personas y -ante este horror- nuestro sentido de indignación se mantuvo durante una semana en suspenso, sin que el horror de lesa humanidad active inmediatamente nuestra condena moral ante el acto (sin acusar a nadie). 

No somos culpables de una doble moral; somos víctimas de un software prehistórico (afinado en la era medieval). Somos víctimas de una cosmovisión binaria, maniquea, reduccionista; que se especializa en entender el mundo en blanco y negro; a dividir el mundo en “amigos”-“enemigos”. El software no respeta ideología o clase social: moros y cristianos, oficialistas y oposición, todos utilizamos el mismo lente; utilizamos una manera de procesar la información  que somete a nuestro espíritu a los dictados de una cultura 2.0.

La cultura universal 2.0 tiene mil manifestaciones, pero en el fondo sigue atrapada en un estadio (etapa evolutiva) arraigado en el pasado tribal de la cultura 1.0. Nuestro sentido de indignación, por lo tanto, primero sopesa las consecuencias políticas y calcula como nos afectaría la aplicación de un principio cuando el supuesto criminal es un “amigo”. Si el criminal es enemigo, entonces la indignación se activa inmediatamente (sin necesidad de evidencia); pero si el sospechoso de una brutal fechoría pudiese ser un “amigo”, entonces la indignación se suspende en un aire de inmoral indiferencia.


Las cadenas de mando se quiebran cuando así lo considera funcional la jerarquía. Pero son las cadenas de una mente tribal - una mente politizada y sumida a las dinámicas del poder - las que debe romper una humanidad 3.0. La humanidad 2.0 se encuentra en el umbral de una cosmovisión integral, cuyo futuro compás moral se fundamentará en principios, no intereses personales o sectoriales. La mente, sin embargo,  sigue encadenada a una visión tribal e ideológica  que solo puede ver “buenos” y “malos” y le corresponderá a la próxima generación por fin jalar esa cadena.

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