sábado, 4 de agosto de 2012

Uno es Ninguno


Herencia del reduccionismo científico es la obsesión con las categorías. Sin una aplicación precisa de las matemáticas, no hubiese sido posible el triunfo de la ciencia moderna. Aristóteles desarrolló la doctrina de las esencias para cuantificar de manera objetiva aquello que observamos. Aquellas propiedades “accidentales” o “secundarias”, como ser sabor, color, olor (sujetas a la subjetividad humana), debían ser diferenciadas de características esenciales, como ser forma, número, duración y posición, que son propiedades medibles, no sujetas a la distorsión de los sentidos.  

Platón colocó la “esencia” de las cosas en una esfera de lo eterno, donde nada cambia. En ese reino platónico de las Formas perfectas, habitan los arquetipos divinos que inspiran las copias imperfectas que hacen el mundo material. Aristóteles no estaba de acuerdo con estas abstracciones. Desarrolló una teoría que, en vez de ver el proceso de transformación de la materia como evidencia del caos terrenal, veía el cambio como el ímpetu de la materia de alcanzar su verdadera forma. El embrión se transforma en niño, adolecente y forma final en la  madurez.  La semilla se convierte en roble.

Gracias a Aristóteles el ser humano pudo observar los cambios en la naturaleza como parte del diseño cósmico, en vez de contemplar el mundo abstracto e inmutable de las Ideas. Pero por grande su aporte a la ciencia, Newton y Descartes redujeron el mundo a un ente mecánico, de piezas en movimiento que debían ser sujetos a una precisa taxonomía. Ese ímpetu reduccionista cambió con la llegada de Darwin. En vez de un mundo atomista reducido a la observación de cambios en posición, el ser humano empezó a contemplar la adaptación de las especies.

El oscurantismo ignorante, que supone que Darwin propuso la “supervivencia del más fuerte” aun opaca su genio. Lo que aportó a la ciencia es una comprensión de cómo la selección natural desarrolla mejores estrategias de supervivencia, entre ellas la conducta superior en especies sociales: la cooperación. Darwin no conocía el mecanismo de reproducción genética, otro gran avance en nuestra comprensión del proceso de transformación de las especies. Los genes garantizan la diversidad en la naturaleza. La unidad es una empresa humana.

Las sociedades modernas desarrollan censos para determinar transformaciones sociales, necesidades regionales y proporcionalidad en la representación política. Si bien la definición biológica de raza es prohibida, en el censo 2012 se intentará medir la proporcionalidad de las diferentes categorías étnicas que componen nuestra nación. Este ejercicio cuantitativo se ve empañado por una pugna política entre bandos cuya identidad es tan fluida como el contenido genético de cada generación.

La categoría “mestizo” no ha sido incluida en el censo. Aquellos que no se identifican con alguna de los 36 pueblos indígenas originarios deberán identificarse como “ninguno”. Será lamentable que aquellos empresarios privados de herencia aymara, que no comulguen con el gobierno actual, marquen “ninguno” simplemente por consigna política. Lamentable también será que se manipule el censo para conferir representación y poderes desproporcionados.

El censo debería ser una herramienta para avanzar políticas de Estado, no para hacer política sectorial. El reduccionismo es antipático y la identidad étnica una identidad fluida. Pero cuantificarnos bien es un deber cívico. Habría que dejar las consignas para futuras campañas, no para los resultados del censo actual. No obstante, parece que será difícil categorizar nuestra esencia plurinacional.

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