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lunes, 17 de octubre de 2011

Ocupar Chapare

Ni calentamiento global, ni formación simétrica del sol el 2012 con el corazón de nuestra galaxia: el fin de la civilización podría ser cortesía del caos en las calles, producto de la indignación. El maremoto de frustraciones con la democracia se gestó en Grecia, mismísima cuna del sistema. La crisis económica global ahora pone en tela de juicio un régimen político que, al permitir la concentración económica en manos de unos cuantos, ha socavado sus propios pilares. La premisa básica de los llamados “99%” que ocupan Wall Street, Roma, Toronto y otras tantas ciudades, es que hay poderes económicos que gobiernan el planeta sin apetito alguno de un diálogo sincero con pobres marchistas cuyos empleos están siendo reemplazados por alta tecnología.

En nuestra propia comarca, vemos como los “pisa cocas” de ayer están siendo reemplazados por modernas maquinas de lavar ropa, que exprimen savia divina de la hoja sagrada, para generar la pasta de uno de los diez negocios más lucrativos del planeta: cocaína. Con su bestial plusvalía el narcotráfico construye submarinos, se compra jueces, policías, políticos y armas de última tecnología, para poner de rodillas a gigantes. Los efectos de la concentración de dinero de unos cuantos empresarios de la coca, dispuestos a torturar y decapitar con tal de mantener su férreo control de rutas privilegiadas a mercados del norte, son evidentes. En el norte de México las muertes violentas superan conflictos armados en todo rincón del planeta. Pero mientras la concentración de poder en manos de unos cuantos capitalistas causa indignación afuera; aquí adentro la concentración de divisas en manos de agricultores que cosechan toneladas de alcaloides parece ser simplemente una inocua redistribución del poder.

El antídoto a las lacras de la democracia representativa, que se acomoda a los intereses sectoriales de aquellos con mayor poder económico, parecía ser la democracia directa. Es decir, en vez de senadores y diputados en manos de los más adinerados, que se compran la lealtad de los legisladores, el pueblo debería dictar los lineamientos y decidir con su voto directo la dirección de la justicia y la nave del Estado. En ese sentido, la elección de magistrados a las cortes superiores ha resultado ser un ejercicio contraproducente, ya que las grandes mayorías no tuvimos ni la más pálida idea de quienes eran candidatos a administrar nuestra justicia. En consecuencia, el pueblo se manifestó indignado, para plasmar con su voto nulo su desaprobación de un proceso electoral visto – por voto directo - como ilegitimo.

La justicia boliviana no se ha vuelto más democrática. Al igual que la política, se ha vuelto más sectorial. Con el campo enfrentado a las ciudades, el pueblo empieza a replicar la indignación de otras latitudes en contra los males de un poder concentrado en pocas manos. Para expresar dicha indignación, ¿a quién tendríamos que ocupar? Descartemos de inmediato la capital, donde hay solo estudiantes y autoridades procesadas por pecados idénticos a los de Yucumo. Tal vez habría que ocupar La Paz, pero la bolsa de valores incipiente no maneja grandes capitales y la Plaza Murillo es buena solo para repartir dadivas a fieles feligreses. Mejor sería ocupar Santa Cruz, pujante metrópolis con una economía vibrante, donde grandes empresarios crean fuentes de empleo para beneplácito de inmigrantes de todo rincón. Pero si queremos ir al corazón de la concentración de poder político y económico en nuestro territorio, tendríamos que llenar mochilas de repelentes, una bolsa de dormir liviana y marchar hacia el trópico valluno, para ocupar Chapare, donde viven otros ricos que tampoco pagan impuestos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Voto Misterios

Trazos caprichosos sobre el territorio y un diálogo entre colonizados por el elusivo bien común ofusca una gran interrogante: ¿Quienes construirán el camino a la justicia? Brechas del camino democrático a la justicia social se remonta a revolución de 1952, épocas inocentes cuando ciudadanos campesinos eran llevados a las urnas en camiones del gobierno. Cuenta la leyenda que un insatisfecho ciudadano, habiendo recibido un sobre cerrado con su voto soberano, preguntó: “¿Puede decirme, compañero, por quién voy a votar?”. El compañero dirigente, movimientista poderoso, indignado por su falta de convicción revolucionaria, le contestó: “No seas ignorante, hijo, ¿acaso no sabes que el voto es secreto?”.

En la sede de gobierno de conjuran los actos políticos que definen el camino a la justicia. El trazo de esa sinuosa carretera se sustenta en tres grandes pilares: el que dirige, el que delibera y el que aplica la ley. Son tres poderes independientes, cada uno con funciones diferentes. Si los tres pilares se acercan el uno al otro demasiado, se pierde el equilibrio. En teoría, someter estos pilares al constante ejercicio de las urnas es la manera idónea de gobernar. Es así que nuestro Presidente sugiere un plebiscito para determinar si los pueblos indígenas del TIPNIS quieren o no una carretera, voluntades que habrá de competir en democracia con el voto colonizador, que busca expandir el horizonte ecológico de su hoja sagrada.

Parece que el sendero a la justicia únicamente defiende leyes que se acomoden al capricho del poder político. Es así que, con dos tercios del congreso y ahijados del poder judicial, el rodillo del poder ejecutivo asfalta el camino a una justicia sectorial. Con paciencia y pragmatismo, se pretende legitimar el territorio avasallado del parque nacional de Mallasa, un territorio en poder de loteadores que llegaron por el asfalto que articula La Paz con municipios aledaños. Con cabildos bien apadrinados pretenden forzar al municipio de La Paz ceder también otros territorios. Sucesivamente, la urna pintada de azul reflejará cuales trazos legales son válidos y cuales leyes pertenecen al pasado colonial.

En octubre, mes fatídico, iremos a las urnas para elegir aquellos ciudadanos mejores aptos para condenar a los condenables a muchos años de prisión. A los que consideremos ser mejores jueces imparciales debemos cederles nuestro voto democrático, para encumbrarlos en la silla del poder judicial. Pero por mucho que intento informarme, escuchar y digerir debates apolíticos entre candidatos a las diferentes magistraturas, no dejo de sentirme igual que el campesino enfilado a las urnas en los años después de la otra gran revolución.

Mi voto es soberano y nadie me obliga a aceptar un candidato en un sobre cerrado entregado por un alto dirigente sindical. Pero al igual que el campesino conducido a las urnas en camión oficialista, temo que en octubre no tendré idea por quién estoy a punto de emitir mi voto. Tal vez el mío no sea un voto consigna, pero ante la ignorancia que me acongoja, será un voto misterio. Y así, entre urnas y diretes de un gobierno que no cede un milímetro del territorio ganado en una democracia cada vez más “directa”, la justicia del vencedor nos enfila - cual ganado – al desfiladero. La justicia boliviana empieza a convertirse en un territorio a ser trazado únicamente en azul.