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miércoles, 22 de febrero de 2012

Construir el Paradigma

Paradigma no es una teoría general que incorpora todas las demás teorías, ni es el mundo de ideas que habita nuestra mente. El paradigma tampoco describe la morada donde el intelecto encuentra refugio temporal: “Paradigma” es el conjunto de herramientas que permite a una generación descubrir, conocer y construir el camino.

El concepto “paradigma” fue acuñado por Thomas Kuhn, un pragmatista que señaló la relación entre las prácticas sociales, culturales y científicas y el conocimiento que obtenemos a través de esas prácticas. El telescopio, por ejemplo, permitió a Galileo corroborar las fórmulas matemáticas que llevaron a Kepler y Copérnico concluir que la tierra gira alrededor del sol. Primero existió una hipótesis, una idea abstracta que -gracias al nuevo paradigma, cortesía del telescopio- permitió al ser humano obtener una muy útil comprensión sobre su hogar azul. Después del telescopio es imposible creer que el sol gira alrededor de nuestra Tierra.

La crítica devastadora de Kuhn al paradigma científico es similar a la crítica que humanistas lanzan a las iglesias. El problema del paradigma científico, acusa Kuhn, es que obedece a prejuicios, prácticas impuestas por la tradición e intereses de la vieja-guardia-científica, que imponen métodos y premisas para defender su absoluta propiedad intelectual sobre su última versión de la “verdad”. Pero la verdad no es un monolito eterno, preservado por deidades en un Partenón platónico de formas eternas; la verdad se adapta, se transfigura para gradualmente manifestar en el espíritu humano gotas de la luz divina que hace a la gracia de la Creación.

Trozos de verdad contenidos en las dimensiones de la física y biología son opacados por profundas contradicciones. No obstante el aparente laberinto de la dualidad, muy lentamente el ser humano obtiene una perspectiva privilegiada de la mente y pasión de nuestro Creador. En contraste, desarrollar metodologías que permitan consensos sobre una pluralidad de universos creados por humanos a lo largo de tradiciones culturales o imposiciones políticas, resulta ser un ejercicio bastante más complejo que avanzar una ciencia objetiva y acertada. La subjetividad humana y la fuerza centrifuga del conformismo nos obliga a habitar incluso el imaginario de los múltiples infiernos creados por la fantasía de Dante hace más de 700 años.

Las complejidades dibujadas por la relación dialéctica entre “cosmovisión” (valores) y “paradigma” (método y herramientas) se hacen tangibles en la onerosa tarea de plasmar en palabras el espíritu de la Ley de Consulta Previa. En el último capítulo de Macondo, el país de las maravillas, las autoridades deberán dotar a los indígenas del TIPNIS de información “acopiada”. Esa información deberá permitirles consensuar una posición colectiva a favor o en contra la construcción de una carretera que atraviese el corazón de un parque nacional.

En democracia, las diferencias se resuelven mediante un vigoroso debate de ideas. En las dos últimas elecciones presidenciales, dicho debate estuvo ausente. Se hace tradición, entonces, una democracia por consigna. A falta de un debate, los indígenas del TIPNIS recibirán información. ¿Quién ha de desarrollar esa información? Más alucinante aun, en la interacción entre información que sustente la integración desarrollista y aquella que legitime un ecologismo indígena-pachamamista, ¿cuál será la cosmovisión que emerja del intento de una síntesis histórica? Lo único seguro es que el paradigma a ser aplicado, una vez más, será aquel que construyen los altos sacerdotes de su única verdad.

sábado, 11 de febrero de 2012

¿Regresa el ADN?

¿Regresa el partido del General Banzer? No precisamente. Regresa el otro ADN; aquel utilizado para transmitir características biológicas. Dios creó el ADN para escuchar las necesidades de la naturaleza (evolución, adaptación y selección natural). El ser humano ahora utiliza esta herramienta divina para mejorar su condición. La policía, por ejemplo, usa ADN para comprobar el autor de un crimen. Gracias a la genética, el lobo ancestral se manifiesta en mascotas con hocicos de toda forma y tamaño. El pan nuestro de cada día es mejor debido a miles de años de seleccionar las mejores semillas. Ácido desoxirribonucleico. El cáncer, diabetes y SIDA son tratados gracias a su manipulación.

La larga marcha del ser humano empezó en África. Atravesando desiertos y montañas, humanos recorrieron el planeta, adaptándose a diversas geografías. Utilizando la línea mitocondrial del ADN, se desarrollan mapas de migraciones humanas que pronto permitirá comprobar que las diferentes etnias descienden de un mismo grupo; un ancestro en común para toda la humanidad.

Pero si la llamada “Eva mitocondrial” celebra nuestro hermandad, otras corrientes políticas la desprecian. Tal fue el caso en Alemania a principios del siglo XX, cuando se puso de moda la eugenesia (“bien nacido” en griego). De su aparentemente inocuo propósito de “dirigir la evolución humana”, el gobierno electo en 1933 por la mayoría de alemanes llevó la eugenesia a su extremo ruin, instituyendo la higiene racial como política de Estado.

El extremo malvado del racismo fue desenmascarado por el holocausto, pero el horror no fue suficiente para disuadir la discriminación según el ADN. “Apartheid” significa “separación” en afrikáans, lengua de los colonizadores. Gracias a la perversión de la ley electoral, el Partido Nacionalista ganó “democráticamente” las elecciones de 1948. Acto seguido, los ciudadanos sudafricanos fueron clasificados racialmente según apariencia y ascendencia. Con el apoyo de leyes promulgadas en 1950, ciertos territorios (distritos) podían ser habitados únicamente por miembros de una etnia. La nación fue segregada y los derechos civiles fueron establecidos según el código genético individual.

Establecer derechos según etnia es una política del pasado. El ser humano avanza hacia un horizonte de igualdad, donde el contenido de la piel, intelecto y alma no podrán ser utilizados para imponer valores y determinar quién es un “bien nacido”, o quien contiene en su pasado genético el germen del mal. Despreciar el proceso de mestizaje y nuestra herencia española, por ejemplo, es una actitud que rápidamente pierde legitimidad.

Si el ADN mitocondrial permite identificar las migraciones humanas, podremos determinar que etnia habitó un territorio primero y que etnia se lo arrebató. Grandes extensiones del territorio que hoy llamamos Bolivia, por ejemplo, fueron conquistadas por los aymara. Con el uso avanzado de perfiles genéticos, tal vez podamos delinear mejor el derecho legítimo sobre el territorio de cada una de las 36 naciones (ó 52 etnias) reconocidas por el nuevo orden como legitimas.

La autodeterminación de moxeños-trinitarios, chimanes y yuracarés necesita de una metodología. En la compleja fórmula para la consulta podríamos utilizar el ADN, agregando al proceso “democrático” un perfil genético, para que solamente los legítimos habitantes originarios del TIPNIS decidan su destino. Y así, con el regreso político del ADN, se avanzarían las contradicciones dialécticas, para que algún día nuestros descendientes puedan por fin decir que el uso de categorías étnicas sea una política del pasado.

martes, 1 de noviembre de 2011

Tangente Tangible

No solo aquello que se puede tocar es tangible. Tangible también es un concepto concreto, una idea que se entiende inequívocamente. Uno supondría que las reglas acordadas dentro del juego democrático deberían ser irrefutablemente tangibles; pero no. Cuando en juego está el control sobre el destino colectivo, las reglas se van directamente por la tangente.

En vez de una sinuosa carretera, por el TIPNIS cruza ahora una tangente política, que utiliza como aplanadora la definición legal de “intangibilidad” para abrir nuevos caminos al conflicto. La lógica oficial es lineal: Fueron los indígenas quienes impusieron el concepto y nos exigieron hacerlo ley. ¿No les gustan las consecuencias no intencionadas? ¡Jódanse! La racionalidad es cartesiana: Si los indígenas pueden utilizar mecanismos políticos para sabotear una carreteara, también pueden utilizarlos para socializar una victoria en La Paz que –juramos - será pírrica.

Lo mínimo que los marchistas pueden hacer, en reciprocidad por nuestra hospitalidad y civismo, es ir a socializar las bondades de la intangibilidad entre comunidades de colonizadores, que hacen tangible su protesta. Es decir, exigimos a los indígenas utilizar reglas de juego que supuestamente gobiernan el territorio del TIPNIS para dirimir diferencias y lograr consensos, cuando las reglas de juego en la otra Bolivia (supuestamente más concretas) no logran ese mismo objetivo. ¿Qué podría salir mal?

Los indígenas del CONISUR –tomándole la palabra al Presidente - exigen a los dirigentes de la CIDOB expliquen por qué el mejor trazo legal es la controversial intangibilidad. Seis federaciones de cocaleros se suman al pedido, para exigir el desalojo del parque de cualquier y toda actividad empresarial. ¿Quieren quedarse en el idilio rousseauniano del “noble Salvaje”? ¡Entonces quédense impolutos por la civilización, intangibles ante toda actividad monetaria!

Nada de lo que parece es. Lo que parece un concepto democrático tangible (socializar la ley) es en realidad una estrategia envolvente, para dilatar la demanda indígena de expulsar a 200 asentamientos ilegales del TIPNIS. ¿Quién expulsa a quien primero? En el tablero de la política coyuntural, el destino de los asentamientos ilegales de colonos dedicados a cultivar una hoja sagrada un poco más amarga que la de los Yungas se convierte en ficha de negociación. Si se van los colonos, entonces se van del TIPNIS los turistas, empresarios y cualquier otro gestor de actividad económica.

Una situación algo parecida se gestó durante la Guerra Fría, cuando las dos grandes fuerzas del planeta se hacían la guerra de una manera “subsidiaria”. La guerra subsidiaria - o guerra por proxy - utiliza a terceros como sustitutos, en vez de un enfrentamiento directo. Ejemplos de este tipo de conflictos fueron las guerras de Corea, Vietnam y Angola, donde la URSS y EEUU utilizaron a países subdesarrollados para realizar una triste y costosa pulseta geopolítica. En el TIPNIS se enfrentan empresarios contra cocaleros. ¡Quelle surprise!

Nada de lo que parece es. Lo que parece tangible para la mente, en realidad es una estrategia para atizar los fuegos que mueven los hilos partidistas del corazón. Gaje de la historia parece ser que el “empate catastrófico” se nos vaya ahora por una tangente, para trasladarse de picos nevados de los Andes a las apetecibles tierras vírgenes de las amazonias. Tal parece que – al igual que otros enfrentamientos por proxy entre bolivianos – se intentará solidificar la apetecible hegemonía enfrentándose oficialismo y oposición de manera subsidiaria, en un escenario impoluto por la civilización. El TIPNIS tal vez sea la reserva ecológica de la humanidad. Pero ahora queda arraigado por las pasiones que despierta el interés económico y se vuelve sujeto a reglas de juego cada vez menos tangibles.

lunes, 3 de octubre de 2011

Das Kapital

La arrogante exuberancia del capital se debe a la extracción de plusvalía (Karl Marx). En otra dimensión de la lucha de clases, el Presidente debe su excedente de poder a la arrogante exuberancia de partidos tradicionales, que despilfarraron el capital político acumulado en la otra post-revolución. Pero si de capital se trata, la maquinaria política que sustenta el poder desnudo resulta ser un juguetito bien caro. Cuando a aviones, helicópteros, cientos de vagonetas, satélite y carreteras, se le suma la factura de bonos, viajes y bocas de una robusta burocracia ávida de dadivas, pozos suficientes un gobierno no tiene jamás (Hugo Chávez).




Cuando el estomago del aparato estatal cruje de hambre, el gobierno debe extraer plusvalía a la Madre Tierra. El socialismo, después de todo, también necesita acumular capital. Prueba irrefutable es que el sistema más depredador del planeta es el comunismo Chino. La URSS y bloque del Este también fueron infamemente célebres por asesinar ríos y bosques en nombre de su supuesto humanismo. Sin el acceso a grandes recursos, el socialismo no puede subvencionar su frondosa burocracia. La diferencia con el capitalismo es que, en lugar de empresarios codiciosos al margen de la ley, el comunismo utiliza un gobierno legalmente impune ante los gajes del desarrollismo. Un Estado que se erige por encima de la sociedad, es un Estado dueño y señor de la naturaleza y todos sus recursos: renovables o no-renovables.



El planeta está asediado por un animal muy exitoso, de muchos recursos, cuya arma favorita es la tecnología. Maquinarias e infraestructura, acerbo del intelecto humano, son codiciadas por comunistas y capitalistas por igual. Presos del remordimiento, ambos, cada cual a su manera, lamentan tener que ultrajar a la pachamama para poder sobrevivir. Nos mentimos si pensamos que únicamente el capitalismo necesita explorar, conquistar, explotar y extraer cada vez más y más recursos. (“Extraer” y “acumular”, dos caras ideológicas de la misma moneda).



Recursos suficientes un gobierno no tiene jamás. Es debido a esta obviedad que a nadie ya causa asombro el surgimiento del comunismo capitalista en el Dragón Asiático. Por el contario, incluso el socialismo cubano entiende que debe “ajustarse” ante los imperativos del capital, al extraer recursos (impuestos) de la venta de chutos Chevys de la Guerra Fría. El capitalismo y comunismo son sistemas igualmente exuberantes a la hora de extraer plusvalía. Pero el pueblo no siempre es víctima pasiva ante los poderes del sistema. En democracia, el pueblo tiene su propio capital: el capital político.



En democracia, la sociedad invierte su capital usando urnas que confieren poderes a individuos con ciertas cualidades. En Bolivia, el pueblo ha invertido ese capital político en el líder histórico del siglo XXI. Si en nombre de alimentar grandes bocas burocráticas nuestro líder decide, en gasolinazos y carreteras supuestamente “etnocidas”, derrochar su capital político, el pueblo debe empezar a reflexionar dónde invertir su propio la próxima vez que tenga una elección.



El pueblo ya votó por “todo lo contrario”. La próxima vez el pueblo deberá invertir mejor su recurso electoral. Debemos avanzar un modelo equilibrado, conciliador y complementario; no el caudillo renegado de turno. El último elegido nos conduce a un estatismo exuberante y centralizador, cuyos efectos nocivos ya se dejan sentir. Lamentablemente, el reportaje de la nueva marcha por la vida no puede evitar seguir dotando de capital políticos a individuos con persuasiones extremas. En contraste al estatismo resentido y comunismo total que promueven algunos “héroes” del TIPNIS, el Presidente Morales es un pequeño burgués con dotes de Nelson Mandela. Gaje del oficio de la prensa libre había sido empoderar a extremistas que merecen permanecer en el oscuro anonimato. En vez de seguir empoderando conspiradores que conducen a la ingobernabilidad, ojalá aprendamos a invertir mejor das kapital.

martes, 20 de septiembre de 2011

Intermunicipalidad

“Integrar o no integrar, esa es la cuestión”. Ilusos hijos del siglo XXI. Pensaron que la globalización permitiría levantar el ancla del tribalismo, para navegar aguas futuristas. Pero la integración de mercados choca estrepitosamente con el cerco que impone Grecia, cuna de la democracia. En el continente más sangriento de la historia parecía que enemigos ancestrales iban a intercambiar límites territoriales por una moneda común. Pero con un euro victima de la actual crisis financiera, globafóbicos apóstoles de la desintegración se regocijan ante la posibilidad de que el mayor proyecto de mercado común sea un fracaso.

Problemas en común requieren una mínima organización. Tal es el caso de la inevitable metropolización de la sede de gobierno. Primero con su hermana gemela de El Alto, luego con Achocalla, Palca y Mecapaca, la planificación urbana deberá ser cada vez mejor coordinada. Vivir en sociedad, después de todo, implica también resolver juntos problemas de vialidad, alcantarillado, seguridad, manejo de desechos, electricidad y agua potable.

Una campaña mediática del Ministerio de Comunicación culpa la mengua de nuestro territorio nacional a la falta de integración. El relativismo que reina, sin embargo, parece determinar que algunas integraciones son legítimas, mientras que otras integraciones son nocivas (nocivas para reproducción del poder). Es así que los municipios que hacen a la gran urbe asentada a lo largo del Choqueyapu, en faldas del Illimani, chocan estrepitosamente con el cerco que impone el implacable pragmatismo político. Por encima de cualquier consideración de planificación, coordinación o mínima legalidad, cuando de repartir la torta se trata, la integración deja de ser imperativo.

 La tesis detrás de la carretera a pasar por el TIPNIS es integración; una racionalidad que al final de cuentas es económica. En este territorio de naturaleza prístina se puede entrever con claridad que el meollo de nuestras pugnas ideológicas es el cochino dinero. Por el corazón de la integración pasa la agenda de redistribución; del poder político y recursos económicos. Tal es el caso de la gran metrópolis paceña, una coincidencia de la historia que resalta en simétrica ironía los ímpetus de la naturaleza humana y el incontrolable apetito por expandir el control sobre territorios.

No obstante la evidente raíz de nuestros problemas en la pugna por el poder, algunos trasnochados pretenden reducir el conflicto entre municipios paceños a una discriminación de la urbe hacia sus vecinos rurales, utilizando la carta “racista” para disimular los avasallamientos de tierra de municipios expansionistas. Si bien la tecnología, redes sociales, interdependencia económica ente comunismo (China) y capitalismo (EE.UU.) hacen de la integración e interculturalidad un ímpetu incontenible, en la sede de gobierno de Bolivia la coordinación y planificación intermunicipal se ve sometida al cerco político. Es así que experimentamos un paralelismo lleno de contradicciones, con un llamado - por un lado de la boca - a la integración del territorio boliviano, cuando simultáneamente (en territorios que hacen la urbe interconectada de la sede de gobierno) se promueve la desintegración.

Pugnas por territorios ancestrales hacen imposible cualquier planificación y coordinación que permita desarrollar un proyecto nacional o intermunicipal. Síntoma del problema es la pugna mediática por la verdad. En esa pugna de palabras resulta que no es legítimo argumentar que en el TIPNIS existe el peligro de un avasallamiento quechua-aymara (reventar) sobre indígenas de tierras bajas. Pero cuando se trata del municipio de La Paz y su defensa de límites limítrofes legales, no les tiembla la boca a los de doble moral cuando acusan al alcalde paceño de “racismo” y “discriminación”.

Otro ejemplo de contradicción es el desbloqueo a la fuerza en Camiri, a la vez que las fuerzas policiales observan impávidas atropellos en Yucumo, donde se impide a la fuerza a ciudadanos transitar libremente por carreteras existentes. Temo que lo que se vive en Bolivia no es un proceso de integración, sino el gradual desgaste de la demagogia de quienes no temen defender su poder y privilegio, incluso al precio de defender contradicciones que merman nuestra propia democracia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Voto Misterios

Trazos caprichosos sobre el territorio y un diálogo entre colonizados por el elusivo bien común ofusca una gran interrogante: ¿Quienes construirán el camino a la justicia? Brechas del camino democrático a la justicia social se remonta a revolución de 1952, épocas inocentes cuando ciudadanos campesinos eran llevados a las urnas en camiones del gobierno. Cuenta la leyenda que un insatisfecho ciudadano, habiendo recibido un sobre cerrado con su voto soberano, preguntó: “¿Puede decirme, compañero, por quién voy a votar?”. El compañero dirigente, movimientista poderoso, indignado por su falta de convicción revolucionaria, le contestó: “No seas ignorante, hijo, ¿acaso no sabes que el voto es secreto?”.

En la sede de gobierno de conjuran los actos políticos que definen el camino a la justicia. El trazo de esa sinuosa carretera se sustenta en tres grandes pilares: el que dirige, el que delibera y el que aplica la ley. Son tres poderes independientes, cada uno con funciones diferentes. Si los tres pilares se acercan el uno al otro demasiado, se pierde el equilibrio. En teoría, someter estos pilares al constante ejercicio de las urnas es la manera idónea de gobernar. Es así que nuestro Presidente sugiere un plebiscito para determinar si los pueblos indígenas del TIPNIS quieren o no una carretera, voluntades que habrá de competir en democracia con el voto colonizador, que busca expandir el horizonte ecológico de su hoja sagrada.

Parece que el sendero a la justicia únicamente defiende leyes que se acomoden al capricho del poder político. Es así que, con dos tercios del congreso y ahijados del poder judicial, el rodillo del poder ejecutivo asfalta el camino a una justicia sectorial. Con paciencia y pragmatismo, se pretende legitimar el territorio avasallado del parque nacional de Mallasa, un territorio en poder de loteadores que llegaron por el asfalto que articula La Paz con municipios aledaños. Con cabildos bien apadrinados pretenden forzar al municipio de La Paz ceder también otros territorios. Sucesivamente, la urna pintada de azul reflejará cuales trazos legales son válidos y cuales leyes pertenecen al pasado colonial.

En octubre, mes fatídico, iremos a las urnas para elegir aquellos ciudadanos mejores aptos para condenar a los condenables a muchos años de prisión. A los que consideremos ser mejores jueces imparciales debemos cederles nuestro voto democrático, para encumbrarlos en la silla del poder judicial. Pero por mucho que intento informarme, escuchar y digerir debates apolíticos entre candidatos a las diferentes magistraturas, no dejo de sentirme igual que el campesino enfilado a las urnas en los años después de la otra gran revolución.

Mi voto es soberano y nadie me obliga a aceptar un candidato en un sobre cerrado entregado por un alto dirigente sindical. Pero al igual que el campesino conducido a las urnas en camión oficialista, temo que en octubre no tendré idea por quién estoy a punto de emitir mi voto. Tal vez el mío no sea un voto consigna, pero ante la ignorancia que me acongoja, será un voto misterio. Y así, entre urnas y diretes de un gobierno que no cede un milímetro del territorio ganado en una democracia cada vez más “directa”, la justicia del vencedor nos enfila - cual ganado – al desfiladero. La justicia boliviana empieza a convertirse en un territorio a ser trazado únicamente en azul.

lunes, 15 de agosto de 2011

Justicia Poética

El pragmatismo anti-imperialista obligó al soñador convertirse, “por necesidad”, en bolchevique. Es decir, Fidel Castro -líder idealista - construyó su proyecto revolucionario a base de fingir ser simpatizante de lo soviético, cuando en realidad estaba manipulando a Moscú para oponerse al dragón del norte. Cincuenta años después, pensadores latinoamericanos, como Methol Ferré, realizan un “mea culpa” por ese maquiavélico accionar. Ante esta revelación, el Che Guevara - primero en oponerse al proyecto imperialista de la URSS – exclama desde lo etéreo, “¡justicia poética!”.

Existen argumentos razonables y legítimos en el caso del Tipnis, principios que lamentablemente comparten el lecho con argumentos apocalípticos del fundamentalismo verde. Endulzado su oído por el olor a sangre, la oposición boliviana canjea principios por pragmatismo político, convirtiéndose en vulnerable al canto seductor de los argumentos más extremistas del ecologismo profundo. Habiendo primero perdido el poder político, y habiendo ahora abandonado principios que otrora los llevaron a oponerse al derecho de pueblos indígenas de bloquear el desarrollo en nombre de preservar la naturaleza en condiciones prístinas, la oposición parece incapaz de discriminar entre la validez de diferentes tipos de argumentos, prestándose así a darle legitimidad a cualquier posición que ayude a darle al gobierno un ojo negro.

La diversidad de flora y fauna en el Tipnis debe ser conservada, los derechos de indígenas que hacen de la selva su forma de vida también debe ser defendida. Pero no a cualquier precio. Construir un equilibrio entre conservación y desarrollo no es posible cuando se manipula una crisis tan compleja como la del Tipnis, utilizando de peón político a movimientos indígenas que legítimamente expresan su desencanto hacia los imperativos de la civilización. En un entorno salvaje donde la depredación, tala de árboles y el ritual del chaqueo es un hecho cotidiano, crear condiciones para que el Estado pueda proteger los recursos naturales, a la vez que los pueblos puedan integrarse, será imposible si seguimos utilizando una carretera como si fuese un tablero de ajedrez.

La diversidad de lógicas y opiniones es síntoma de una democracia saludable. El éxito económico del gigante del Oriente, financiador de la carretera que causa la crisis del Tipnis, se debe a la lógica de Lula, un sindicalista obrero. Pero cuando su contraparte boliviana intenta emular en parte su proyecto desarrollista, su credencial de máxima autoridad del sindicalismo cocalero crea la susceptibilidad que son sus devotos del Chapare quienes pretenden hacer del Tipnis su patio trasero. En nombre de celebrar la diversidad de lógicas y opiniones, existe la agenda de encausar la polarización demagógica, utilizando cualquier excusa para avanzar la ingobernabilidad.

Al legitimar la lógica apocalíptica, se empaña la lógica ecologista con la que se intenta brindar racionalidad a una carretera amazónica. Al convertir una noble causa en causa radical, corremos el riesgo de caer en la lógica del bloqueador. Si bien la lógica de la opresión obligó al oprimido a optar por el sabotaje, ahora el ímpetu de derrotar al otro conduce a asumir posiciones “por necesidad”. El indigenismo-ecologista fue bandera política que encumbró a Evo en el poder; bandera que la oposición le arrebata gracias al Tipnis. El hecho que sea la defensa de la Pachamama y derechos indígenas la que promete rasgar la hegemonía política del MAS conduce a la oposición a exclamar, “¡justicia poética!”, a la vez que elevan a los cielos un proverbial escupitajo.