jueves, 19 de abril de 2012

Secretos Colombianos

“Colombia, el riesgo es que te quieras quedar”. La campaña busca contrarrestar los temores que generan el narcotráfico y guerrilla en turistas prestos a visitar al vecino andino. Colombia, pionera en la mercadotecnia nacional, creó en 1959 al personaje Juan Valdez, un simpático campesino, que tuvo su primera aparición en televisión en 1983. Llegó a Hollywood en 2003, para brindarle una taza de “tintico” al mismísimo reemplazante de Dios, en la película “Todopoderoso”. Juan Valdez tuvo su auge como estandarte de la simpatía colombiana. Pero en abril de 2012, el cafetero ha sido reemplazado por un nutrido grupo de guapas mujeres, cuyo magnetismo seductor fue tan grande, que incluso agentes del servicio secreto de Obama cayeron fulminados.

Dos cosas han quedado en claro en el “Cartagenagate”. El escándalo no es responsabilidad del partido gobernante, debido que el servicio secreto es una agencia federal independiente. El escándalo no es un cuestionamiento moral, sino ético: un agente no puede ejercer su labor de proteger la vida del Presidente igual cuando tiene encima tremendo guayabo (traducción: “chaqui infernal”). Pero si de papelones se trata – y cortesía de solados norteamericanos de ellos hay varios – el mayor es aquel engendrado en la Guerra Fría: el embargo a Cuba.

El embargo a Cuba – al igual que la Guerra contra las Drogas – son políticas de Estado sonadamente fracasadas. La primera es una contradicción en muchos niveles, ya que EE.UU. fue hasta el 2008 el principal exportador de alimentos a la isla. La segunda es un pésimo reprís de una prohibición que – en vez de erradicar el consumo de alcohol – logro crear a Al Capone, un mal recuerdo que ojalá tan solo resonara en películas de Hollywood. Lamentablemente, la violencia actual generada por el narcotráfico hace que, en contraste con colombianos y mexicanos de ingresos variables pero jugosos, Charles “Lucky” Luciano parezca un aprendiz de cogotero.

Las políticas de Estado tienen formas de lograr que cualquier mandatario parezca el villano de la película. Pregúntenle a cualquier Presidente socialista-populista que, en nombre de mantener la estabilidad macroeconómica, debe hacer frente a demandas de incrementos salariales y ruda presión social. En el caso de Obama, su reelección en noviembre depende en parte de ganar Florida, un estado en manos de una vocifera minoría de expatriados cubanos que no dudarían de severamente castigar cualquier intento de revertir la anacrónica política exterior hacia la isla.

La vida de Obama jamás estuvo en riesgo, pero la sensatez latinoamericana fue asesinada, culpa del hawaiano y su estatus como prisionero de una política de Estado de eras pasadas. La tozuda actitud norteamericana ha logrado nuevamente victimizar al victimizador, haciendo que los hermanos Castro parezcan unos genios incomprendidos. El riesgo del papismo yankee fue lograr que Latinoamérica entera se solidarice con una dictadura.

El riesgo de bloquear a Cuba es que ofusca el fracaso de su modelo económico y deforma la defensa de derechos humanos. Si bien es cierto que nadie pasa hambre en Cuba, que ningún niño duerme en la calle y que existe un cadre de médicos fieles a la revolución; también es una certeza que todo aquel que nace en Cuba debe abandonar la esperanza de cuestionar el modelo, de disentir de las masas y de viajar libremente al exterior. Por mucha apertura que exigen, el riego en la llamada “prisión con forma de caimán” es tener que quedarse (calladito).

viernes, 23 de marzo de 2012

No Joda la Cultura

Un cavernícola pintaba un antílope, regocijándose bajo la estalactita de una cueva. Como veía que nadie aplaudía, fue a buscar un camarada. Vino un camarada, vio la rustica pintura del antílope e inmediatamente se le antojó una piernita a las brasas. El orgulloso cavernícola miró a su reducido público con ganas de un elogio, pero el camarada empezó a balancear su mano en forma de capullo (ver: lenguaje corporal argentino) en la primera expresión de “que carajos es esto”. En un solo momento de la historia de la humanidad nació el primer artista, la primera publicidad y el primer critico envidioso.

Un cavernícola con tufos surrealistas empezó el arte. La cultura vino muchísimo después. Remontarse a aquel instante en el que nuestro primer antepasado, con un lenguaje reducido a gruñidos, se maravilló de un cielo pintado de anaranjado y pensó por dentro, “¡qué hermoso atardecer!”, es remontarse al principio de la mismísima civilización. Lo hermoso tuvo un primer día. La cultura vino después, cuando además del lenguaje, el ser humano perfeccionó el arte de los símbolos. Con cada avance en la gramática y tecnología de la tinta-papel-papiro, vino la petulancia de aquellos que se consideran dueños del buen gusto; anacoretas protectores de lo bello, parásitos que viven de la legítima expresión de la cultura, arropados en pieles robadas de la tradición.

Mozart posiblemente fue víctima de los críticos del arte, fortuna compartida por Schubert, Wagner y George Michael. Cuando el dominicano Juan Luis Guerra se graduó de Berkeley College Of Music, para luego fusionar el jazz con sonidos caribeños, los puristas del acerbo caribeño catalogaron su música de “aberración a los cánones del merengue” establecidos, entre otros, por el maestro Rafael Solano (googléenlo). Lo que era antes música cuasi-satánica (Beatles) hoy es música adorada universalmente. Los Rolling Stones, chicos malos de antaño, hoy apaciguan a doñas malhumoradas que se relajan en lujosos autos con una versión Bossa Nova de “Satisfaction” (que de todas mangueras “they can´t get, no”).

Con la excepción de Juan Luís Guerra, devoto entregado a su religión, la mayoría de artistas no son ajenos a una noche de copas, una noche loca (María Conchita Alonso). Desde que aquel otro “primer humano” que por primera vez sintió en su paladar un nuevo saborcito – y en su cabecita primitiva un ligero chispoteo después de beber un jugo de uva fermentado - la cultura de la humanidad empezó su larga relación simbiótica con aquello que vulgarmente se conoce como “joda”.

Relacionar el consumo del vino con la construcción de la cultura seguramente le dará a los puristas ganas de gritar, “¡herejía!” Al igual que aquel primer camarada en una cueva rupestre, incapaz de entender una nueva expresión del espíritu humano, los cancerberos de la tradición prefieren satanizar a los bohemios, tildándolos de “espíritus torturados”. Como su costumbre es preservar y mercadear el arte, a la vez de criticar a los demás, no entienden el misterio del proceso de crear, mucho menos cuando ese proceso tiene un componente de “joda”.

Los artistas, humildes y mal pagados artesanos de la cultura, son seres incomprendidos. Su “joda”, al igual que la de humanos que son creativos en diversas actividades manuales, estéticas, sociales e intelectuales, no debe confundirse con la joda de malos borrachos que - en la caverna de su cavernícola cabeza - dibujan con palabras puras güevadas. No toda joda forja cultura, pero sin una ocasional “joda” sufre la creatividad, sufre la tertulia y – en la construcción de la cultura - sufre la maldita honestidad.

jueves, 1 de marzo de 2012

Placer de Coordinar

Reloj que marcas las horas, lograste para los británicos un imperio global. Sin coordinación hubiese sido imposible conquistar naciones en todo continente. Un ejército que avanza desorganizado no gana batallas. Avances tecnológicos en el reloj (siglo XV) le dio a ingleses, franceses y alemanes una ventaja competitiva sobre otras civilizaciones.

Para los románticos del retraso, el Big Ben de Londres es un símbolo nefasto del despreciable instinto de dominación. Para los rebeldes del mundo mecanizado, llegar tarde es más que un sentido de elegancia; es repudiar la civilización, para acercarse a la naturaleza, indómita, caótica en sus ritmos prolongados.

Pero la naturaleza es coordinación, una realidad incomprendida por igual en la izquierda y derecha fundamentalista. El dictamen de la evolución, por ejemplo, es cooperar; forma suprema de la coordinación. Confundir el dictamen darwinista de la “supervivencia del más apto” por “la supervivencia del más fuerte” es ignorar el diseño cósmico. Aquello que comprueba ser la mejor estrategia de supervivencia en todo animal social es la cooperación. Por ende, no es el más fuerte el que sobrevive, es el más cooperador.

Del reloj al teléfono celular; las culturas que encuentran placer en coordinar hacen honor al imperativo tanto de religión y naturaleza: “cooperar los unos con los otros”. El éxito de sociedades organizadas y su capacidad de coordinación no es casualidad; es reflejo de una ética elemental. Súbditos de naciones que conocen los horrores de la desorganización encuentran placer en llamar al otro para informar que el tráfico está muy pesado y que llegará a la reunión un poco tarde.

Pero el dolor que causa aquí tener que “dar explicaciones” palidece ante el dolor que causa el resquebrajamiento de la credibilidad. Nadie cree en nadie. En vez de un acuerdo creíble, la norma es el engaño institucionalizado. “Nos vemos a las 8”, no quiere decir lo que predica el enunciado. Nadie asume que el contrato verbal es literal: el convenio es discrecional y figurativo. ¿Qué sentido tiene entonces coordinar? Es mejor dejar el encuentro al azar y paciencia ajena, un desperdicio del tiempo de aquel dispuesto a honrar un compromiso. Quien pierde es la productividad, la legalidad, la fibra social que hace esa seguridad jurídica que nace desde abajo: la palabra personal.

El dolor mayor es la pobreza en medio del tesoro de nuestra riqueza natural. Atenuante temporal a la miseria vino cortesía de un alza en el precio de nuestro gas y minerales. En el mediano plazo, solamente la creación de empleos logrará que vivamos bien. Para ello se requiere de inversión, la cual requiere a su vez de credibilidad en los contratos contraídos, una premisa básica que parece causar mofa en aquellos que consideran “seguridad jurídica” una consigna “neoliberal”. ¿No causa dolor el espantar la inversión privada?

Otro dolor lo causan cotidianos avasalladores de la cooperación, delincuentes de la coordinación que a diario bloquean intersecciones; o mezquinos inquilinos que se apropian de una casa ajena, loteadores que se afincan en terrenos de lo demás. Si el reloj creó un imperio, también marcó su final. La coordinación hoy tiene propósitos más elevados que la conquista. La pregunta es, ¿cuándo encontraremos aquí placer en obedecer la ley, honrar contratos y respetar la propiedad y tiempo ajeno? Mientras el placer esté en la picardía criolla, jamás se organizará el verdadero proceso de cambio. Pero el dolor siempre llega - a su debida hora - a los hombres de pobre voluntad.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Construir el Paradigma

Paradigma no es una teoría general que incorpora todas las demás teorías, ni es el mundo de ideas que habita nuestra mente. El paradigma tampoco describe la morada donde el intelecto encuentra refugio temporal: “Paradigma” es el conjunto de herramientas que permite a una generación descubrir, conocer y construir el camino.

El concepto “paradigma” fue acuñado por Thomas Kuhn, un pragmatista que señaló la relación entre las prácticas sociales, culturales y científicas y el conocimiento que obtenemos a través de esas prácticas. El telescopio, por ejemplo, permitió a Galileo corroborar las fórmulas matemáticas que llevaron a Kepler y Copérnico concluir que la tierra gira alrededor del sol. Primero existió una hipótesis, una idea abstracta que -gracias al nuevo paradigma, cortesía del telescopio- permitió al ser humano obtener una muy útil comprensión sobre su hogar azul. Después del telescopio es imposible creer que el sol gira alrededor de nuestra Tierra.

La crítica devastadora de Kuhn al paradigma científico es similar a la crítica que humanistas lanzan a las iglesias. El problema del paradigma científico, acusa Kuhn, es que obedece a prejuicios, prácticas impuestas por la tradición e intereses de la vieja-guardia-científica, que imponen métodos y premisas para defender su absoluta propiedad intelectual sobre su última versión de la “verdad”. Pero la verdad no es un monolito eterno, preservado por deidades en un Partenón platónico de formas eternas; la verdad se adapta, se transfigura para gradualmente manifestar en el espíritu humano gotas de la luz divina que hace a la gracia de la Creación.

Trozos de verdad contenidos en las dimensiones de la física y biología son opacados por profundas contradicciones. No obstante el aparente laberinto de la dualidad, muy lentamente el ser humano obtiene una perspectiva privilegiada de la mente y pasión de nuestro Creador. En contraste, desarrollar metodologías que permitan consensos sobre una pluralidad de universos creados por humanos a lo largo de tradiciones culturales o imposiciones políticas, resulta ser un ejercicio bastante más complejo que avanzar una ciencia objetiva y acertada. La subjetividad humana y la fuerza centrifuga del conformismo nos obliga a habitar incluso el imaginario de los múltiples infiernos creados por la fantasía de Dante hace más de 700 años.

Las complejidades dibujadas por la relación dialéctica entre “cosmovisión” (valores) y “paradigma” (método y herramientas) se hacen tangibles en la onerosa tarea de plasmar en palabras el espíritu de la Ley de Consulta Previa. En el último capítulo de Macondo, el país de las maravillas, las autoridades deberán dotar a los indígenas del TIPNIS de información “acopiada”. Esa información deberá permitirles consensuar una posición colectiva a favor o en contra la construcción de una carretera que atraviese el corazón de un parque nacional.

En democracia, las diferencias se resuelven mediante un vigoroso debate de ideas. En las dos últimas elecciones presidenciales, dicho debate estuvo ausente. Se hace tradición, entonces, una democracia por consigna. A falta de un debate, los indígenas del TIPNIS recibirán información. ¿Quién ha de desarrollar esa información? Más alucinante aun, en la interacción entre información que sustente la integración desarrollista y aquella que legitime un ecologismo indígena-pachamamista, ¿cuál será la cosmovisión que emerja del intento de una síntesis histórica? Lo único seguro es que el paradigma a ser aplicado, una vez más, será aquel que construyen los altos sacerdotes de su única verdad.

sábado, 11 de febrero de 2012

¿Regresa el ADN?

¿Regresa el partido del General Banzer? No precisamente. Regresa el otro ADN; aquel utilizado para transmitir características biológicas. Dios creó el ADN para escuchar las necesidades de la naturaleza (evolución, adaptación y selección natural). El ser humano ahora utiliza esta herramienta divina para mejorar su condición. La policía, por ejemplo, usa ADN para comprobar el autor de un crimen. Gracias a la genética, el lobo ancestral se manifiesta en mascotas con hocicos de toda forma y tamaño. El pan nuestro de cada día es mejor debido a miles de años de seleccionar las mejores semillas. Ácido desoxirribonucleico. El cáncer, diabetes y SIDA son tratados gracias a su manipulación.

La larga marcha del ser humano empezó en África. Atravesando desiertos y montañas, humanos recorrieron el planeta, adaptándose a diversas geografías. Utilizando la línea mitocondrial del ADN, se desarrollan mapas de migraciones humanas que pronto permitirá comprobar que las diferentes etnias descienden de un mismo grupo; un ancestro en común para toda la humanidad.

Pero si la llamada “Eva mitocondrial” celebra nuestro hermandad, otras corrientes políticas la desprecian. Tal fue el caso en Alemania a principios del siglo XX, cuando se puso de moda la eugenesia (“bien nacido” en griego). De su aparentemente inocuo propósito de “dirigir la evolución humana”, el gobierno electo en 1933 por la mayoría de alemanes llevó la eugenesia a su extremo ruin, instituyendo la higiene racial como política de Estado.

El extremo malvado del racismo fue desenmascarado por el holocausto, pero el horror no fue suficiente para disuadir la discriminación según el ADN. “Apartheid” significa “separación” en afrikáans, lengua de los colonizadores. Gracias a la perversión de la ley electoral, el Partido Nacionalista ganó “democráticamente” las elecciones de 1948. Acto seguido, los ciudadanos sudafricanos fueron clasificados racialmente según apariencia y ascendencia. Con el apoyo de leyes promulgadas en 1950, ciertos territorios (distritos) podían ser habitados únicamente por miembros de una etnia. La nación fue segregada y los derechos civiles fueron establecidos según el código genético individual.

Establecer derechos según etnia es una política del pasado. El ser humano avanza hacia un horizonte de igualdad, donde el contenido de la piel, intelecto y alma no podrán ser utilizados para imponer valores y determinar quién es un “bien nacido”, o quien contiene en su pasado genético el germen del mal. Despreciar el proceso de mestizaje y nuestra herencia española, por ejemplo, es una actitud que rápidamente pierde legitimidad.

Si el ADN mitocondrial permite identificar las migraciones humanas, podremos determinar que etnia habitó un territorio primero y que etnia se lo arrebató. Grandes extensiones del territorio que hoy llamamos Bolivia, por ejemplo, fueron conquistadas por los aymara. Con el uso avanzado de perfiles genéticos, tal vez podamos delinear mejor el derecho legítimo sobre el territorio de cada una de las 36 naciones (ó 52 etnias) reconocidas por el nuevo orden como legitimas.

La autodeterminación de moxeños-trinitarios, chimanes y yuracarés necesita de una metodología. En la compleja fórmula para la consulta podríamos utilizar el ADN, agregando al proceso “democrático” un perfil genético, para que solamente los legítimos habitantes originarios del TIPNIS decidan su destino. Y así, con el regreso político del ADN, se avanzarían las contradicciones dialécticas, para que algún día nuestros descendientes puedan por fin decir que el uso de categorías étnicas sea una política del pasado.

miércoles, 25 de enero de 2012

Masas Critican

“Masa crítica” es la cantidad de personas necesarias para que una conducta/valor sea imitada por la mayoría de los demás. Por ejemplo, cuando el 5% de población empieza a utilizar una nueva técnica de producción, asume como cierto un descubrimiento, o adopta una refinación moral, ese nuevo hito tal vez tenga “masa crítica”. Para que sea “masa crítica”, el fenómeno/conducta debe adquirir una dinámica propia que le permita sostenerse y crecer. “Masa crítica” es el umbral que atravesamos, una y otra vez, en el arduo camino a la evolución.

Pero una cosa es que más del 5% de la población adopte nuevos valores, tecnologías o conocimientos; otra cosa es que las masas crezcan y crezcan, llegando a números insostenibles, convirtiendo a la urbe en una plaza insoportable.

Gente a borbotones, bocinazos, caprichos, caos vehicular. ¡Si tan solo hubiese menos gente! Agréguenle a la crisis urbana una crisis ecológica. El animal más exitoso se reproduce cual plaga, para consumir recursos y extinguir otros animales a un paso cada vez más acelerado. Al imperativo religioso se conjuga el imperativo capitalista de reproducirse, consumir y conquistar. Si bien el planeta azul es un paraíso fecundo y generoso, es menester del ser humano empezar a reducir las masas de humanos que nacen cada día.

Pero una cosa es imprimir racionalidad al ímpetu cultural e instinto básico de tener una gran prole; otra muy diferente es menospreciar el gran aporte y bendición que significa ser millones de millones, concentrados en urbes, que permiten las economías de escala que han sacado al ser humano de la miseria, dotándole de condiciones básicas de supervivencia, para colocarlo en el umbral del progreso y libertad.

Sin una masa crítica de hermanos, la vida sería perversa, breve y brutal. Sin millones de ciudadanos compartiendo aceras, colegios, clínicas y mercados, estaríamos dedicados por completo a resolver dos necesidades básicas: alimentación y seguridad. Gracias a una población de millones, tenemos la libertad de asumir una pluralidad de oficios y la bendición de tener tiempo libre para amar, descansar, cultivar arte y espíritu; sin tener que dedicar la vida a cosechar, recolectar, cazar y defender a nuestro hogar de amigos de lo ajeno.

La civilización, con sus leyes y aparato productivo, permite por lo general convivir en paz y armonía. Pero por muy moral sus ciudadanos, la premisa que “cada quien debe auto-gobernarse” es una oda anarquista que – sin importar la masa crítica de piadosos y honestos ciudadanos – jamás ha de erradicar la necesidad de la policía.

Ante el caos vehicular, se necesita imponer normas que castiguen aquellos que contaminan con alarmas y bocinazos, o bloquean con gran impertinencia. Ante el caos social, el Estado debe interponer las instituciones que resguardan la paz y el orden ante los intereses sectoriales, especialmente cuando grupos violentos violan derechos mayoritarios.

Una cosa es el derecho a la protesta, otras es secuestrar impune y cotidianamente a la población. A su vez, la policía no puede ser peón político, que interviene marchas ajenas, pero protege marchas afines a quienes firman sus sueldos. Rebasada ya varias veces, la policía pierde credibilidad. La oposición no ayuda cuando pinta como “represión” toda intervención violenta. Ante turbas enardecidas, la violencia a veces es legal y necesaria. Pero las masas son rápidas a la hora de criticar a la policía, cuando en realidad la capacidad de imponer el orden (no suplicarlo) es la que hace que la convivencia de millones sea una bendición.

miércoles, 4 de enero de 2012

Indicador: Reciprocidad

La reciprocidad no es un indicador, es una herramienta. En épocas arcaicas, cuando no existían bancos, ni monedas, la reciprocidad era la mejor manera de invertir los excedentes de producción. En la lejana antigüedad, mucho antes de los refrigeradores, dinero o mercados, la familia producía para su consumo personal. En épocas de cosecha, si la familia producía – por ejemplo - más tomates de los que podía consumir, el excedente de tomates simplemente se pudría. ¿Qué hacer? ¡Regalar los tomates al vecino! (antes que se pudran, por supuesto). De esa manera el vecino adquiría una deuda moral con el productor de tomates. Al año siguiente, cuando era la familia vecina quien producía un excedente de huevos de gallina, ¿adivinen a quien se los “regalaban” (antes que se pudran)?

La reciprocidad nació en un mundo hostil, carente de mercados y medios de intercambio comercial (dinero), como una manera genial de evitar que se pudran los excedentes de producción. Con la invención del dinero, el desarrollo de leyes y mercados cada vez más sofisticados, la familia no tenía que depender de la buena memoria (o talante moral) del vecino. El productor podía ir con sus tomates o huevos de gallina al mercado, recibir a cambio un bien no perecedero (dinero) y – con el tiempo – ahorrar ese excedente. Ese “mercado” permitió a los aztecas intercambiar productos con incas muchos siglos antes de la invención del “capitalismo”. Pero para los románticos del impoluto noble salvaje de Rousseau, el mercado - y toda herramienta basada en el dinero - es equivalente a capitalismo salvaje, corruptor de la buena moral.

El dinero es una herramienta. El capitalismo salvaje del siglo XIX y la especulación financiera del siglo XX son aberraciones inmorales que deben ser eliminadas. Ya no hay lugar para la explotación del trabajador, ni para el irresponsable agio mediante herramientas financieras que han destrozado los ahorros de millones de familias de trabajadores y ha postrado al mundo entero ante el pánico de una nueva recesión. Pero el dinero sigue y seguirá siendo una de las invenciones más geniales. Lo que el ser humano haga o deje de hacer con las herramientas que ha desarrollado es tema aparte.

La reciprocidad funciona entre grupos pequeños de individuos, que pueden implementar herramientas sociales para asegurarse que nadie viole el sistema; herramientas que incluyen el chisme, la censura moral, la presión social y el insulto. Debido a que hoy hay familias con mayor poder político que otras, existe el peligro que algunas reciban mayor reciprocidad que otras, sin poder político. A su vez, las familias obtienen los recursos para ser recíprocos en el mercado, donde venden sus servicios o productos para obtener el dinero con el cual luego “generan valores espirituales” en ferias, fiestas y matrimonios. Pero los sacerdotes del apocalipsis predican que, en lugar de complementariedad entre la reciprocidad y el mercado, lo que existe es una “oposición” (Layme Pairumani).

¡Tanto hablar de complementariedad, para luego ver el mundo en blanco y negro! Las nuevas generaciones, por suerte, no son tan fáciles de embaucar y buscan integración y progreso, no autarquía social. La reciprocidad es una forma de empatía y - Dios sabe - necesitamos una dosis mayor de una fibra moral que nos haga más sensibles y comprometidos con el sufrimiento ajeno. Pero la manera de avanzar la justicia social y solidaridad no es satanizar el ahorro, la inversión o productividad; herramientas que demuestran ser capaces de crear la riqueza con la cual el día de mañana (sin las mañanas, imposiciones, ni asimetrías de poder que gobiernan al “pequeño grupo”), uno puede ser reciproco con toda su nación: pagando impuestos, creando empleos, desarrollando industrias. Esos son indicadores de la salud económica y bienestar del pueblo, no un concepto maniqueo y manipulado de “reciprocidad”.