jueves, 8 de febrero de 2007

BUEN GOBIERNO

Los fantasmas del pasado se han desatado con furia infernal y flamean cual banderas. Su danza dionisíaca ronda las imaginaciones hasta el punto que lo material – es decir, el empleo, infraestructura, alimentación, salud, y educación – se ve obligado a ceder ante las múltiples abstracciones mentales que se anidan en el subconsciente colectivo. Es irónico, por lo tanto, ver que quien resucita es la dialéctica materialista, que aunque representa una herramienta útil en el análisis de los movimientos sociales, temo que incluso éstos movimientos habrán de encontrar poca reivindicación el día que sus familias deban alimentarse de buenas intenciones.

A la lucha étnica y la lucha de clases, ahora se suma la lucha regional, y estamos apostando nuestro futuro en la fe que lo “dialéctico” resolverá nuestros problemas, y no así lo “racional”. Es decir, pensamos que la lucha es buena, porque de ella nace una nueva realidad, y ello por sí - y en sí - es suficiente. Entonces salen las banderas del indigenismo para resolver el conflicto étnico, y las banderas de la autonomía para resolver el conflicto regional. Ambas reivindicaciones son válidas y necesarias, pero no son suficientes. El resolver el conflicto étnico y el conflicto regional tiene como objetivo – quiero creer – crear condiciones de desarrollo para Bolivia, y eso no puede ser una abstracción, y por el contrario, debe tener resultados mensurables y tangibles, sobre todo en el bolsillo de cada ciudadano.

La lucha de clases está quedando en un limbo, y he sido escéptico de que será el “proceso dialéctico” el que resuelva el conflicto, y he preferido apostar en algo tan sencillo, pero tan elusivo últimamente, como una estabilidad política que permita arrancar el motor del crecimiento. Proceso dialéctico o proceso racional, la lección es que igual debemos hacer a un lado el miedo que despiertan nuestros fantasmas y nuestro miedo a transformar esta sociedad, y debemos entender esa transformación en su dimensión dialéctica, y en su dimensión racional. Por ejemplo, si un “burgués”, como lo fue Marcelo Quiroga Santa Cruz, fue quien dirigió a la izquierda de manera “nítida”, posiblemente es porque en ese entonces lo “dialéctico” se resolvía entre las clases gobernantes. Si hoy es un orgulloso indio que dirige la izquierda, eso no debe ofuscar lo racional detrás de su liderazgo, o de su papel histórico. Y si este “burgués” hoy levanta su pluma en aras de llenar el vacío político que a dejado marginada a la sociedad, lo hace no porque ha dejado a un lado su ideología liberal para convertirse en socialista, sino porque también actúa de manera racional. En otras palabras, al diablo con las banderas, llenemos el vacío político, y seamos participes en crear por fin condiciones de justicia, verdadera democracia y gobernabilidad.

El buen gobierno no será el que por fuerza de su voluntad cree estar avanzando las diferentes reivindicaciones de los diferentes sectores de la sociedad con actos y concesiones simbólicas. El buen gobierno gobierna para todas las bolivianas y bolivianos, y cualquiera sea el papel que le asigne al Estado, su función será el de crear condiciones, y no en creer que lo puede solo porque lo desea. Habiendo dicho esto, creo que el mejor gobierno saldrá – irónicamente – de la resolución de un proceso “histórico” que ha dejado inerme y cínica a las grandes mayorías, masas que hoy deben volver a creer en una nación que la ha olvidado, que no la hizo participe, y que con un racismo arrogante le ha restado su autoestima y su hasta su propia fe. No será suficiente que la lucha de clases se resuelva en lo “dialéctico”, pero aunque me cueste admitirlo, parece ser un primer paso – o condición sine qua non – de un despertar económico y de la fuerza constructiva de toda una nación.

Atropellar el desarrollo

Cuando me subo a un taxi, casi invariablemente el conductor parece ser una persona razonable, amable y educada. No pasan siquiera unos minutos, y esa ilusión se desvanece detrás de una serie de bocinazos y atentados contra la vida de- por lo general - inocentes transeúntes. Las faltas contra la civilidad, sin embargo, no son monopolio de quienes prestan este servicio de transporte, ya que los de elegantes movilidades también hacen gala de su impaciencia e imprudencia hacia quienes debemos o queremos caminar.

Creo que este fenómeno se debe a que el taxista no ve al peatón cruzar la calle, y tampoco entiende que sus bocinazos lo único que causan es contaminación ambiental. Y si no ve y no entiende, puede argumentarse que es inocente, o por lo menos que no es culpable de su accionar. ¿Pero cómo que “no ve”? Esta bien que no entienda, ¡pero que no vea! Años atrás, los dueños de esclavos no “veían” en su conducta un atentado contra la humanidad. Y no veían (ni entendían) ello, simplemente porque tener esclavos era perfectamente moral y legal. Entonces, si los reglamentos de transito que norman lo permisible y lo no permisible en la operación de un automóvil son difundidos y aplicados jamás, una persona difícilmente puede ser culpada de ignorarlos olímpicamente. Para mí, el señor taxista, y el encorbatado licenciado, son igualmente inocentes de manejar como perfectos imbéciles.

Movámonos (sin bocinazos) ahora hacia la democracia, hacia el “modelo”, y sus detractores. Resulta que ahora se ha vuelto “democrático” arrojar el auto de la demagogia contra quien tenga la osadía de transitar en un sentido contrario al mío, y que si le toco bocina, o mejor aún, le cierro el paso, estoy ejerciendo un derecho constitucional. Muchos no entienden que significa el “modelo”, y por ende asumen que es el único culpable del hecho que seguimos sumidos en un atraso descomunal. Y a raíz de nuestro fracaso como sociedad en generar riqueza, ahora todos lo quieren atropellar. Pero, ¿Qué parte del modelo quieren rectificar en unos casos y destruir en otros? ¿Acaso las libertades personales? ¿Acaso al mercado como un mecanismo para asignar recursos?

A esta altura del partido creo que nadie podría oponerse a que, en una economía incipiente como la nuestra, se requiere de cierta intervención del Estado. En Europa lo han hecho durante los últimos 50 años, con la diferencia que allí se ha tenido siempre en claro ciertas reglas de juego. ¿No quieren el modelo? Perfecto, pero dejen claramente establecido qué parte, o si es que no quieren nada de éste. Y qué es entonces el mentado “modelo”. En parte es democracia, son libertades individuales, es propiedad privada, es incentivar la generación de riqueza, es seguridad jurídica, y mucho más. Lo que no es el modelo es malos procesos de capitalización, prebendas y corrupción. ¡Eso no es parte del modelo señores! Es parte de nuestra deficiente y corrupta versión. Pero en medio de tantos bocinazos lo único que resalta es que ser empresario es un crimen (solo hay que ser “productor”), que generar riqueza es un atentado contra la comunidad, que crear condiciones para exportar o atraer inversión extranjera es someterse al imperio, y demás babosadas.

Entonces, si el honorable Morales y colegas del Congreso dejan al país sin inversión extranjera, ¿Quien puede ver que es un acto irracional? Casi nadie, por que al igual que no vemos al peatón, parece que tampoco tenemos un marco de referencia que nos permita entender lo que representa una verdadera convivencia social, enmarcada en una serie de normas que regulen nuestra conducta, y por ende no podemos ver ni entender las condiciones necesarias para nuestro desarrollo.

La analogía quiere dejar en claro una cosa: Si queremos atropellar el desarrollo es por que no tenemos manera de identificarlo. El peatón se convierte en una quimera cuando está delante del parabrisa, y solo cuando entra a nuestro taxi podemos ver en él a una persona. El desarrollo de este país, y las condiciones que requiere ese desarrollo, es igualmente una quimera, porque parece que no podemos ni verlo, ni entenderlo. Culpa de ello hay mucha por repartir, pero eso no quita que una de las piedras angulares de una sociedad es que su gente entienda el bien común, y aquello que lo enaltece, que lo permite y que lo nutre, y no así aquello que lo bloquea, lo atropella y destruye. El bien común no se da sin libertades personales, sin derechos y obligaciones, pero tampoco se da sin empresarios, sin ganancia, y sin generar riqueza. Pero pareciera que la sociedad que queremos crear es una donde solo hayan peatones. ¡Por lo menos de los bocinazos nos vamos a librar!

Por Buena Voluntad o por Decreto

Publicado en La Prensa, 1 de febrero de 2006

No sé si me atrevo a suponer que - al igual que mi cuerpo tiene la última palabra cuando de las excelentes y bien intencionadas resoluciones de mi noble mente se tratan - serán los imperativos inmediatos de quienes asumen la administración del Estado los que en última instancia dictaminarán el éxito de la implementación de las medidas de austeridad. Porque si de voluntad se trata, yo ya juré el pasado primero de enero que el 2006, al llegar a casa, levantaré primero un libro antes que el control remoto de la televisión. Pero la piel es legendariamente débil, y la voluntad no siempre se traduce en acción.

Sería una descortesía con el Creador, sin embargo, atribuir a nuestra naturaleza humana la fragilidad de nuestros magnánimos cometidos, o impugnar con desdén el Supremo dictamen de “sobrevivir”. Los instintos, después de todo, juegan un papel importante en la lucha cotidiana. Pero no es lo mismo satisfacer la necesidad social del “otro” prendiendo la televisión, que justificar con un sofismo elaborado (cómo lo hicieron algunos gobiernos anteriores) robarle a Pedro para pagarle a Pablo. Son dos tipos diferentes de “supervivencia”, y me recuerda la pugna ideológica que existe entre el capitalismo y el socialismo sobre la concepción de nuestra naturaleza humana: para unos esencialmente egoísta, para otros fundamentalmente solidaria. Entonces, tampoco es lo mismo suponer que, “por altruismo” y deber patriótico, los servidores públicos han de aceptar que le metan la mano al bolsillo, que asumir que los incentivos y sanciones son los que - a la hora de los hechos - determinan la excelencia y la honestidad.

Cuando los sueldos en el sector público apenas alcanzan, el funcionario se encuentra en la encrucijada de satisfacer “como puede” las necesidades de la familia, o servir abnegadamente y con gran vocación al conjunto de individuos que conforman la nación. No se trata de izquierda vs. derecha (a menos que se refieran a los hemisferios del cerebro), sino de instinto vs. conciencia, de incentivos vs. una abstracta noción de “el deber”. A mi entender, el predicamento de los instintos se resuelve en el ámbito social, donde las leyes y cultura encaminan el bien común. La conciencia es tal vez un resultado directo, pero atañe al individuo, y en esa esfera prima la libertad, derecho indiscutiblemente humano.

A mí me pone nervioso cuando los políticos suponen que pueden implementar una gran ingeniería social – por muy bien intencionada que sea – y lograr imponer por decreto sus resoluciones navideñas. Todos estamos hartos de la corrupción, y yo también estaré tentado a aplaudir cuando – ante el primer funcionario atrapado con las manos en la masa - se adopten medidas draconianas dignas de un sultán. Pero no creo que solo se deba tratar de actos simbólicos que derivarán necesariamente en “crimen y castigo”, sino de elevar el nivel de vida de los bolivianos, indudablemente avanzando leyes anti-corrupción, pero también al lograr eficiencia en la administración pública, incentivando la productividad y las inversiones, y garantizando la seguridad jurídica y la libertad. Insisto, sin embargo, que no me atrevo a suponer que con la política de austeridad (en cuanto a sueldos se refiere) se estaría incentivando la corrupción e ineficiencia, sobre todo porque yo también quiero creer que hemos súbita y mágicamente cambiado. Después de todo si algo hemos de tener en este país será la gran voluntad de servicio a la cabeza y la esperanza que los nuevos líderes – el cuerpo de la administración - respondan a la conciencia colectiva, y no así al imperativo de la supervivencia individual.

Antropocentrismos Espirituales

No me pidan un nombre o me pregunten si de veras sucedió, lo que importa es que cosas así suceden todo el tiempo. Se trata de un ser querido cuya paz y equilibrio han sido despedazados al sentirse culpable por la muerte de su padre. Indudablemente la deuda que cada uno de nosotros tiene con nuestros progenitores es grande, y muchos quisiéramos poder mejor retribuir el sacrificio y cariño dispensado. Pero el caer prisionero de una abstracción cósmica, de una fuerza divina que mantiene registros de nuestros actos - cual escribano del karma - y que supuestamente puede llegar a quitarnos un ser querido para castigar nuestra conducta, no solo es una fantasía medieval, sino que peca de un ignorante egocentrismo. La vida, debemos aceptar, no gira alrededor de nosotros. Y si la vida decide dar una vuelta más en el ciclo interminable de renovación – que sucede todos los días – es porque la vida tiene su propia agenda, y es reconstruir mediante la muerte el subsistir de todo lo que vuelve a nacer.

Un político - ya no tan querido - se ha ausentado del país después de crear con su arrogante manejo del poder un caos que acabó costándole la vida a decenas de personas. El dolor que dejó en estas familias es grande, y el vacío se extiende a toda una población que hoy mira con amargura y desasosiego el hecho que dicho individuo se encuentre prófugo de la ley. Durante un almuerzo familiar - refiriéndose a este “mal líder” - en su dulzura-convertida-en-impotencia, una prima exclamó, “pero algún día ha de recibir su merecido castigo”. Sin mayor ánimo de ofender, ni mucho menos, y sobre todo atormentado por las consecuencias que dicha lógica cobra en el ser querido anteriormente mencionado, impute la ineficiencia de dicha fuerza cósmica que dispende castigos. Reconozco cierta dosis de ironía cuando procedí yo a invocar los 50 millones de individuos que tuvieron que morir antes de que se le de fin a la vida de Hitler, responsable directo de cada una de esas tragedias personales. Pero si hubiésemos aceptamos el monopolio de las fuerzas-que-castigan, en lugar de la voluntad de los soldados aliados que irrumpieron en Berlín, tal vez estas palabras estarían hoy escritas en alemán.

Al igual que aquellos pueblos olvidados por la ley, que cuando son ultrajados por ladrones deben implementar su propia versión de justicia comunitaria, es razonable sentirse descorazonado por la impunidad y el abandono de la justicia divina. Y cuando no podemos cercar al malhechor y dispensar justicia – con o sin el brazo de la ley - nos ayuda a sentirnos mejor sentir en lo profundo de nuestro ser, creer que existe un Ser Supremo que vela por nuestra seguridad, y sobre todo que dispensa dicha justicia. En ésta época de fundamentalismos religiosos, cuando una caricatura mal concebida puede resultar en muertes, probablemente me cueste el odio de mi prójimo decir que considero existen peligros en estos placebos mentales. Es decir, puede ser “inocente” decirle a una niña que su hermanita “está en el cielo”. Es una manera de aplacar su dolor y darle fe que algún día volverá a verla. Pero vivir toda una vida delegando a fuerza externas la responsabilidad de construir condiciones de vida, es una estrategia existencial que temo empieza a encontrar serias limitaciones prácticas.

Yo creo fervientemente en Dios. Pero mi Dios es un Dios cuya energía y conciencia se enfoca en crear (entre otras condiciones de vida), seres diminutos – hormigas - que instintivamente cortan hojas para luego enterrarlas debajo de las sabanas africanas. Estas hojas se convierten en hongos, que a su vez alterna el pH del suelo, y lo fertilizan, permitiendo que broten nutritivos pastos que luego habrán de alimentar a cebras, que terminarán en el estomago de un adorable cachorrito de león. Ese Dios es igual de misterioso y magnificente que el Dios que castiga. Ese Dios es igual de bondadoso e impenetrable que el Dios que mantiene una bitácora de cada uno de nuestros actos, una bitácora para cada uno de los seres humanos que habitan sobre el planeta. Ese Dios es igual de milagroso que el Dios que se ofende cuando no lo adoramos como lo demanda nuestra tribu. La diferencia es que mi Dios no es en imagen y semejanza del ser humano, y es un Dios que trasciende el ego, la maldad y la ignorancia, porque tiene todo un Universo – y no solo este planeta - para verter vida en sus entrañas.

Sin embargo, mi querida prima lo tomó personal, y reclamó que “le estaba faltando el respeto a Dios”. Es decir, si no me suscribo al dogma de un Dios que castiga, estoy siendo irrespetuoso, porque el único Dios que existe es todopoderoso, y parte de sus poderes seguramente deben ser castigar a quienes engañan a su prójimo. Yo no creo en un Dios que castigue, pero si creo en la inocencia del ser humano. Y la diferencia es notable. El individuo que ocasionó el sufrimiento irremediable de decenas de familias bolivianas un octubre negro, puede tener un remordimiento de conciencia, o puede que no. Las personas que perdieron a sus seres queridos ahora pueden haber perdido también su inocencia, o puede que no. Quien me quita la vida, se lleva algo efímero y transitorio. Quien me arrebata la inocencia, se lleva también mi espíritu.

Pero no hay que confundir inocencia con irresponsabilidad, o falta de prudencia. La inocencia a la que me refiero es la capacidad de confiar en el prójimo, pero como dicen, “confía en Dios, pero ponle un candado bien grande a tu puerta”. El delegar la responsabilidad sobre nuestra integridad física y moral, el pretender que alguna fuerza divina mantiene una permanente vigilia sobre nuestros actos, y sobre los actos de los demás, temo atenta contra esa inocencia, ya que del amor al odio hay un solo paso, y de la fe al cinismo parece ser igual. Ahora bien, yo no hice más que expresar mi parecer, sin embargo hubo quien luego me acusó de querer imponer sobre otros mi verdad. ¡Que ironía! Yo tan solo solicité de esta fuerza divina – parte de una abstracta “ley universal” – castigar con mayor eficiencia, y resulta que soy yo el desubicado. Tan solo expresé mi diferencia conceptual en cuanto al camino que sigo para alimentar mi espiritualidad y fe, y resulta que la percepción en los demás en cuanto a mi intención es que quiero imponer mi verdad. Tal vez esté loco, pero considero que quienes imponen su verdad son quienes no aceptan siquiera escuchar una versión que contradiga la suya. El fundamentalismo religioso parece no ser monopolio del Islam.

En la medicina existe la figura del placebo, y está perfectamente comprobado que funciona en quienes creen que funciona. Para que un placebo funcione, sin embargo, la persona que lo toma no puede saber que es un placebo, y debe creer que es un remedio que ha de resolver su mal. No tengo nada contra el placebo. Mi preocupación es que – por defender al placebo - se desvirtúe e obstruya la capacidad de desarrollar remedios avanzados para enfermedades avanzadas. El ser humano hoy acusa un mal existencial que le resta vitalidad y sobre todo responsabilidad en sus actos. El apostar nuestro desarrollo personal en una deidad-a-nuestra-imagen y semejanza, que castiga y toma partidos, que favorece a los cristianos y condena a los musulmanes – o viceversa – es proyectar un ego maltrecho a una batalla tribal inventada por un pasado medieval. Hoy los retos son onerosos, y tenemos que luchar contra el hambre y la injusticia. La energía, sin embargo, pareciera estar enfocada en defender a la fuerza superior que elegimos – o que nos ha elegido - en lugar de avanzar medicinas espirituales que le den sentido a la vida y a la muerte, sin necesidad de apelar al universo de un más allá desconocido e inculcado dogmáticamente - ya sea por nuestra iglesia, o nuestra imaginación. Yo la quiero mucho a mi prima, pero no creo que sea tolerante o misericordioso de su parte el negarme el derecho a decirle – con el más grande amor - que ni Dios, ni las fuerzas y leyes universales que ha creado, pierden el tiempo en castigar la ignorancia o maldad humana.

Si queremos entereza, empecemos por perfeccionar nuestro sistema jurídico. Si queremos paz, empecemos por ser más concientes de nuestros actos y sus consecuencias. Si queremos evolucionar como sociedad, enfoquémonos en crear el marco constitucional que defienda nuestros derechos, y exija a los demás cumplir con su responsabilidad de no afectar o perjudicar a los demás. Si queremos justicia, dejemos de derrochar energía en abstracciones divinas, dejemos a “Dios” seguir creando vida, y asumamos la responsabilidad de crear condiciones para la justicia aquí en la tierra.

A Puñetes y Patadas

Definir cuándo un conflicto entre individuos de la misma cultura, sociedad o nacionalidad puede ser considerado una “guerra civil” ocuparía este breve espacio, y no llegaríamos a una conclusión. El derrocamiento de la monarquía inglesa en los 1640s, por ejemplo, es llamado la Guerra Civil Inglesa, pero fácilmente podría también ser categorizada como una revolución. En la historia islámica existen repetidas instancias de violencia entre shiítas y sunís. Sin embargo, aún con cientos de miles de muertos no hay la voluntad de llamar el conflicto en Irak una guerra civil. Por otra parte, una masacre como la cometida contra el pueblo chileno en 1973 simplemente pasa a la historia como un golpe de Estado, aun cuando fueron asesinados miles del bando perdedor.

Un criterio utilizado es que las partes pertenezcan a un mismo país y peleen por el control político, sobre una región separatista, o para implementar un cambio significativo en políticas de Estado. Otro criterio es que por lo menos 1,000 personas pierdan su vida en el conflicto, y que cada bando sufra por lo menos la baja de 100 combatientes. Esto elimina la posibilidad de categorizar como guerra civil un genocidio, y hace incluso más complejo el propósito de definir lo que pasó en varias naciones latinoamericanas durante más de una dictadura militar. A su vez, no puede concluirse que una guerra civil no suele desatarse en una democracia, o en un país con una economía desarrollada, siendo que en Estados Unidos más de medio millón de compatriotas se aniquilaron entre sí.

El afán cartesiano de categorizar instancias de violencia fratricida es más deprimente si consideramos instancias en las que el detonador es una diferencia étnica o religiosa, lo cual hace las consecuencias aun más nefastas. Esto se debe a que – en éste tipo de conflictos - es muy difícil convencer a tiros a un grupo humano a creer en otro Dios, o a cambiar el color de su piel. Ante la complejidad y odiosidad de la tarea de clasificar la guerra, por lo menos podemos concluir que existen instancias - sean estas estructurales, abstractas, de asimetrías económicas o de poder - que llevan a un hermano a matar al otro. En otras palabras, para entrar en una guerra civil, tienen que existir diferencias radicales que inciten el acto supremo de imposición de valores, modelos o verdades sobre otros desparramando sangre en lugar de ideas.

En Bolivia tuvimos una revolución, que en contraste con luchas armadas en otros países nos salió barata. Por fallida que haya sido su reforma agraria y, por muy oportunista y políticamente orientada haya sido su creación de sindicatos y organizaciones sociales - para luego ser integradas verticalmente al partido gobernante - la Revolución de 1952 fue más que la ambición de la clase media de compartir el poder. Esta conflagración entre hermanos estuvo – en parte - enarbolada por ideales de igualdad y justicia, y los cambios a las estructuras sociales, económicas y políticas abrieron el camino para el proceso de democratización que hoy nos permite gozar de mecanismos hasta ahora exitosos en la mediación del conflicto, y en la alternación pacifica del poder.

En contraste, hoy la discusión es pobre, las diferencias son más de forma, y los argumentos y propuestas se están dejando esperar. Sobre la mesa no hay diferencias irreconciliables. El oficialismo tiene una postura centralista, pero reconoce la voluntad de gran parte de la nación de gobernarse autonómicamente. La oposición reniega ante el populismo y diseño de la nueva Ley INRA, pero reconoce que hay tierra ociosa que podría ser puesta a mejor uso, y que dicha reforma avanzaría la causa de mayor justicia social. Ambas partes ahora debaten tímidamente mecanismos y principios para definir nuestra próxima Carta Magna. Evidentemente no estamos libres de violencia esporádica y localizada en puntos neurálgicos. Pero aunque las diferencias son profundas, marcando conceptos contrastantes de cómo avanzar la justicia y el desarrollo, y lo que estos conceptos puedan significar, dudo que la mala sangre vaya más allá de la gran intolerancia y resentimiento mutuo, algo que dudo seamos tan mediocres como para no poder superar civilizadamente.

Medias Verdades Ancestrales

Odio las verdades absolutas, particularmente cuando se manifiestan con tanta vehemencia que me obligan a aceptarlas. Una de estas verdades es que, sin importar cuál sea el objetivo que se proponga un ser humano, su capacidad de alcanzarlo es directamente proporcional a los resultados que se observan. Si plantamos soya, no hay mejor incentivo que ver como brotan los primeros tallos; si queremos perder peso, el mejor aliciente para continuar con la rutina de ejercicio es comprobar que el pantalón ha dejado de apretar; y si se trata de cuidar el corazoncito, ayuda a alejarse de los chicharrones el comprobar que han bajado nuestros índices de colesterol. Por el contrario, nada ayuda a actuar en contra de nuestro propio interés que sentir que no se ha avanzado un solo milímetro. La frustración que ocasiona no percibir una gradual mejora es el camino más rápido a una conducta improductiva e irracional, que convierte al optimismo inicial en nuestro peor enemigo.

Como nación debemos ser optimistas de que se avanza hacia mayor justicia, libertad, e igualdad, hacia mayor riqueza, y su mejor distribución. Pero irónicamente el gobierno depende de que la gente entienda que las cosas van mal, muy mal. El pesimismo, la actitud sombría y triste con la que parece ser se pretende arengar los fuegos de la discordia y resentimiento étnico-clasista tal vez sirvan para movilizar el voto, y para perpetuarse en el poder. Sin embargo, el siempre ver el lado negativo, el no ver ningún avance y desarrollo en nuestras instituciones y marco político-social, el alimentar el racismo y la sed de venganza, el pretender que la justicia ahora requiere de una reivindicación basada en ojo-por-ojo, tan solo puede hacer de Bolivia un país de ciegos.

Lo que se pierde entre tanta demagogia, es que la más antigua estructura de poder, la que se instituyó hace más de 500 años durante el imperio incaico, era un régimen déspota, que esclavizo a los pueblos aymaras. En el año 1470, los aymaras intentaron liberarse del yugo centralista, pero fueron sometidos nuevamente por el emperador Inca Huayna Cápac. Según Wilson García, “Durante la expansión incaica que suponía la conquista quechua desde el Cuzco sobre los pueblos aymaras del Collasuyo, los estadistas incas emprendieron un proceso masivo de desplazamientos poblacionales conocidos como "mitimaes", cuya finalidad era reemplazar las poblaciones rebeldes aymaras con habitantes leales al dios quechua Inti, "relocalizando" grandes masas en todo el imperio para garantizar esa emergente hegemonía quechuística sustentada sobre una intensificación de la producción agrícola en esta zona”.

El que el Impero Inca haya sido igual o más esclavizante que el Imperio Español, no es una justificación, y las injusticias fueron igualmente barbáricas. En los últimos 50 años, sin embargo, aunque lentamente, se ha progresado en la difícil tarea de avanzar la justicia social. Aún queda muchísimo por recorrer, pero las reivindicaciones democráticas de los últimos 24 años no pueden ser menospreciadas ni devaluadas. La elecciones pasadas dieron el 53% de los votos al primer presidente indígena de continente, sin embargo la actitud oficialista parece dejar entrever que la Corte Nacional orquestó un fraude magistral en su contra. Luego se pregona que hace 500 años nuestros antepasados tenía una expectativa de 200 años de vida. Entonces, si somos menos democráticos que antes, y nuestra calidad de vida ha desmejorado tanto, se justificará para los sectores cada vez más radicalizados una expiación con sangre de nuestros pecados, y un centralismo político que enmiende esta injusticia ancestral. Yo estoy seguro que hoy somos más libres, que el pueblo tiene más poder que nunca, y que como nunca tenemos los medios para avanzar democráticamente nuestra convivencia y desarrollo nacional. Pero esa no es una verdad absoluta, y si se manipula al pueblo convenciéndolo que hace 536 años éramos más libres y soberanos, existe el peligro que incluso deje de ser verdad.

viernes, 2 de febrero de 2007

Idéntica Inmadurez

El mundo aún no reconoce que insospechadamente atraviesa la tercera guerra mundial. La violencia parece lejana, y concentrada en lejanos continentes. No obstante, el terror que infunde el enemigo se ha apoderado de todos, y sigue siendo el arma favorita tanto de los poderosos y oprimidos, para imponer o revertir estructuras de dominación. Dos campos ideológicos se enfrentan - una vez más - en una guerra religiosa que nadie admite. Las bases conceptuales, sin embargo, son parecidas, al igual que es idéntico el método utilizado por ambos para imponer su verdad. El Corán (5:45) reza, “ Si alguien abandona la venganza y en vez actúa con caridad, este será un acto de expiación. Pero si alguien ignora lo que dice Alá, será igual de injusto”. Mateo (5:39) también reza, “Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra”. Casualmente ambos pasajes, tanto de la Biblia, como del Corán, están anticipados por la advertencia que es voluntad de Dios superar el interminable espiral de venganza provocado por la lógica de “ojo por ojo”. Nuestra inmadurez como especie, sin embargo, nos ciega de ira, y nuestro instinto primitivo nos impulsa a obrar bajo el ímpetu de nuestra propia oscuridad, incapaces de reconocer que quien ya triunfó hacen milenios - y aún triunfa - es una misma manera de dividir, entender y conquistar el mundo.

Es difícil imaginar cómo afecta la psique un acto de violencia descarnada. Si aviones de Lloyd Aéreo Boliviano y Aero Sur fuesen arremetidos contra los estadios Siles y Tauichi, repletos de aficionados, seguramente caeríamos prisioneros también de la sed de venganza. Es tan inverosímil ese escenario, que será fustigado como un ejercicio intelectual inútil, y se me acusará de querer justificar la violencia que se ha incendiado por el apetito de petróleo y revancha en el gran Leviatán. Mi intención es simplemente entender no solamente a la naturaleza humana, sino cómo nuestra “civilización” demanda hoy abandonar por fin la metodología obsoleta del “ojo por ojo”, y nos impulsa a encontrar nuevas maneras de forjar nuestro destino, un destino consistente con nuestra esencia humana.

El gobierno de Bush pensó que el ejercito norteamericano sería recibido como el “libertador” en suelo iraquí. Lejos de ello, han logrado tan solo derramar el preciado petróleo sobre la hoguera del odio tribal que carcome desde hace miles de años la cuna de nuestra civilización. La nación más poderosa del planeta, con la tecnología más avanzada, y cientos de miles de científicos, especialistas, analistas y asesores que han estudiado cada centímetro cuadrado de todo lo observable, observado, presente y pasado, los errores y grandes avances de la humanidad, se rascan la cabeza preguntándose, “¿Dónde está el error?”. El error - uno del cual admito también haber pecado - es la visión dualista que domina al mundo, una visión que sostiene que las verdades “universales” existen, y que se pueden y deben imponer.

El campo de batalla del siglo XXI yace en el interior del ser, en nuestra manera de entender el mundo. No es cuestión de en cuál campo ideológico, religioso o existencial nos encontremos, y no importa cuales sean las verdades o causas que defendamos, o la visión que tengamos de un mundo mejor. Si ignoramos el proceso “dialéctico” de “dar la otra mejilla” – eufemismo para “entender al otro, y su realidad” – si intentamos en este mundo interconectado imponer a la fuerza nuestra visión de la verdad, simplemente perderemos en vano nuestro tiempo, y posiblemente hasta la vida. En Irak mueren miles de inocentes ciudadanos cada día en manos de sus hermanos, quienes solo quieren “liberarlos” de su error. En Bolivia, la visión maniquea mata nuestra esperanza de construir una sociedad libre del yugo de un Estado paternalista. Entendemos el mundo en opuestos irreconciliables, cuando es la complementariedad la que reclama hoy su lugar en un mundo carcomido por la violencia de una metodología caduca: la visión del bien y el mal.
Flavio Machicado Teran