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jueves, 8 de febrero de 2007

Poder por más poder

No me queda duda que el Presidente Morales sinceramente quiere interponer su buena voluntad política para resolver los problemas de la nación. Pero lo hace con tanta “inocencia” que acabará interfiriendo con el desarrollo, y entremezclando “la carreta con el buey”. Por el momento, sin embargo, no se siente el impacto económico de la insensatez y dogmatismo ideológico, y las facturas de reducir el gobernar a gesto y diatribas aún no se tienen que pagar. Mientras tanto, debemos observar como se pretende navegar mediante pura voluntad política, de la buena.

Si la Corte Nacional Electoral hubiese caído en manos del oficialismo, seguramente estaríamos escuchando en la radio, “se exhorta los buenos oficios de la población para evitar el fraude”. El Diputado Torrico advierte que no habrá fraude “porque los muertos no votan”. ¿Inocencia? Puede ser. Sin embargo, cuando el mismo gladiador propone a la diputada Marisol Abán un quid pro quo (latín para “aflojando despacito”, o “dando y dando”), lo hace conciente de que no está violando ninguna ley. A todo el Presidente Morales, indignado, llama a su suspensión “mientras se investiga el caso”. El diputado Torrico, sin embargo, no quebró ninguna ley.¡Que ironía! No hay castigo contra violar la ley para crear una ley, porque no existe.

Llámenme anticuado, pero soy de los que creo que la libertad, el progreso y la igualdad están sujetos a la ley. Pero si no entendemos el valor de la ley, no cumplimos con su espíritu, y actuamos con discrecionalidad y falta de criterio de preceptos básicos, ¿cómo se supone que vamos a perfeccionar nuestra Constitución Política del Estado? En su lugar, tenemos gestos, de los buenos, y podemos imaginarnos caricaturescamente al Presidente guiñarle el ojo a Torrico, dejándole entrever que “lo agarraron, cual taxista rompe huelga”, y que ahora lo van a “tener que chicotear”. Pero un gesto no hace la ley, y una cosa pueden estar seguros: Torrico saldrá sin rasguño alguno de la huasca.

Entonces, mientras la ley debería ser el buey que jale la carreta, hoy es el poder político el que ocupa – metafóricamente - el lugar de tan noble y leal animal. El gobierno quiere copar espacios político, no para avanzar una agenda económica que permita una más justa y equitativa redistribución de una riqueza - aun por crearse - sino para ejercer el imperativo político e ideológico de copar el poder, por el poder. La igualdad, justicia y libertad la hacen las leyes y su cumplimiento, sin embargo, por mucha retórica sobre el Estado de Derecho y la seguridad jurídica, temo que la contienda política y los objetivos hoy son otros, la perspectiva es otra, y los resultados no se dejarán esperar. A punta del chicote solo se logran gestos aislados, y únicamente la ley trasciende lo particular, la discreción y el capricho político, y solo la ley - y su cumplimiento - crea las condiciones para una convivencia sana y productiva. Pero en la ecuación del poder por el poder, encontraremos que el resultado es un vacío, un cero improductivo que buscará llenarse a sí mismo pretendiendo aún mayor poder. Los disparates que se siembran hoy, tarde o temprano empezarán a cosechar resultados. Ese día, cuando el poder por el poder no dé ningún resultado, espero que la receta no sea simplemente incrementarlo, bajo la lógica de “la igualdad será lograda compañeros”, incluso – tal vez - al precio de nuestra libertad. El poder es delegado por el pueblo, todo el pueblo, para hacer respetar nuestros derechos y avanzar el bien común, y ese poder está enmarcado en las leyes. La formula es muy sencilla, pero la “inocencia” parece ser mayor.

La Voluntad de Transformarse

El día que las mujeres tomen el poder, será de manera pacífica y democrática, y probablemente debido a que el modelo patriarcal, vertical, antagonista y competitivo ha dejado de ser funcional. El proceso ha demostrado ser gradual, y empezamos recién en los últimos 50 años a ver avances con relación a la condición a la que durante milenios fue sometida la mujer. Es una lucha entre hermanos, por lograr algo tan básico como es el derecho al voto, derechos reproductivos y protección legal contra el abuso físico y mental por parte del estamento de poder dominante: el hombre.

En países industrializados los derechos de la mujer avanzan a gran paso, pero también a un costo. Los valores de la cultura dominante son los que permiten a la mujer avanzar profesionalmente, y por ende las mujeres se ven en muchos casos obligadas a asumir una personalidad de comando, antagonista y competitiva si desean avanzar. Es decir, la mujer puede verse forzada a asumir los valores de la cultura patriarcal. Ninguna revolución es fácil, y mucho menos garantiza una transformación en los valores dominantes, por lo menos no en el corto plazo. Como nos advierte Marx en "Der Achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte" de 1852: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre albedrío, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.

La cultura dominante en Bolivia es la cultura del poder. Quien tiene el poder pareciera asumir derechos divinos, y los demás deben postrarse ante su magnificencia. Un bastón de mando es licencia para ser arrogante, intolerante, autoritario y corrupto. Pero no lo vemos así, tal vez porque es difícil verse desnudo ante el espejo y descubrir que lo que nuestra imagen proyecta no es aquel ideal que obligamos al otro reflejar. Obedecemos al poder, y el poder hasta ahora ha demostrado no tener responsabilidad hacia los demás, ni obedecer a principios o valores. Pero transitamos como Mafalda en la playa, rascándonos la cabeza y preguntándonos dónde están los malos, cuando en traje de baños todos parecen tan honestos, tan buenos tipos.

En las urnas se ha dado una revolución pacífica y democrática. Las banderas son del cambio, pero no necesariamente serán de transformación. El Presidente electo Morales ha salido con hojas de laurel y posturas dignas de su próxima investidura. Pero un solo hombre no hace primavera, y existe la gran posibilidad que los próximos líderes – de ambos bandos - sean igual de arrogantes, intolerantes, y autoritarios que los políticos de antaño. Pero seamos optimistas, y en lugar de acusar al otro de aquello que nosotros mismos pecamos, de ahora darse un cambio-sin-transformación, que la nueva manifestación de la cultura del poder sirva para mirarnos al espejo y reflexionar sobre el daño que hace esa cultura. No es hora para lamentarse, es hora de transformar nuestro país, pero transformándonos primero nosotros. Y para ello parece que debemos primero ver, sentir, palpar en nuestro propio pellejo, las consecuencias nefastas de lo que ha sido un poder sin principios, de un poder por el poder. Eso es lo que hemos sembrado, esa es la cama que hemos tendido, y ahora en esa cama tendremos que por fin despertar.