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jueves, 8 de febrero de 2007

La Maldición del Gas

Publicado en La Prensa, viernes 8 de julio de 2005

Si en Bolivia jamás hubiese existido una sola molécula de gas, la Constituyente y las Autonomía lo más probable hubiesen igual sido parte da la agenda política. A su vez, quisiéramos creer que en este escenario, debido a la ausencia de la consigna de “nacionalización” que ha sido tan efectiva en amalgamar el despotismo sindical, hubiese sido viable el discutir y manejar esta agenda dentro de un marco en el que impere la civilidad, la continuidad económica y la paz.

Lamentablemente tenemos la ilusión de una gran riqueza enterrada bajo nuestro suelo, que junto a un nacionalismo demagógico ha servido como disparador de la intransigencia política y de la movilización anti-democrática de una cuantiosa (pero minoritaria) agrupación social. Su violencia y frustración es comprensible, y su consigna más contundente es “no tenemos nada que perder”. Cuando más del 60 por ciento de la población vive debajo del margen de pobreza, no es de extrañarse que muchos tengan el deseo de inmolarse en vida y hacer probar al “burgués encorbatado” lo que se siente no tener para darle de comer a sus hijos. Pero por muy justo que sea su reclamo, sus tácticas políticas están demostrando ser suicidas para el país.

Lo triste es que al paso que vamos, ese deseo de que todos pasemos igual hambre cada vez será más real. Las empresas especializadas en medir el riesgo de inversión en el mundo y clasificar a los países colocan a Bolivia en los últimos lugares, y a consecuencia las inversiones en nuestro país se harán esperar. Tres de los países con mayor afluencia turística a Bolivia, EEUU, Inglaterra y Alemania están aconsejando a sus residentes evitar venir a nuestro país. Si regresan las movilizaciones y la correspondiente parálisis económica, es muy probable que empiece una fuga de capitales y que la banca se vea forzada a incrementar sus tasas de interés.

En Bolivia la pequeña y microempresa generan 8 de cada 10 empleos, con 83% de la población empleada absorbida por microempresas de hasta 9 empleados. Con cada punto porcentual que se eleve la tasa de interés, menor será la capacidad de este importante sector de generar más empleos. Peor aún, si estas pequeñas empresas siguen siendo estranguladas por bloqueos y parálisis social, muchas tendrán que cerrar sus operaciones o migrar fuera del centro del descontento.

La deuda externa boliviana acaba de ser reducida en un 41%, lo que representa 2.006 millones de dólares y una reducción anual de 113.4 millones de dólares que deberán ser destinada al gasto social. Los grupos radicales movilizados no ha celebrado ni visto en ello un avance de sus justos reclamos, pero si el país – a consecuencia del clima de inestabilidad - cae en un espiral de pobreza, seguramente paralizaran el país una y otra vez hasta lograr vengar años de abandono y corrupción por parte de la clase gobernante. Lo triste es que una justa reivindicación para el pueblo de Bolivia sería desarrollar no tan solo nuestra economía, sino un marco jurídico con el que se meta preso a quien en el futuro intente corruptamente lucrar del poder delegado por el verdadero soberano. Pero en lugar de sed de justicia tenemos sed de venganza, y con tanta permisividad política, con su correspondiente profundización del hambre, habremos terminado de legitimar las consignas de quienes hoy abiertamente proclaman, y pronto se sentirán justificados de, saquear no solo nuestra democracia, sino también nuestro hogar.

La Ingenuidad no Sabe para Quien Trabaja

Según la leyenda, un hombre se ahogó, y su cuerpo flotó hacia la propiedad de una familia que vivía río abajo. Cuando la familia del fallecido se enteró dónde estaba el cuerpo, fueron a reclamarlo para darle un entierro digno. Lamentablemente, querían una gran recompensa, más de lo que los parientes del fallecido podían pagar. Así que acudieron al abogado del pueblo, quien les dijo, “No se preocupen, tendrán que darnos el cuerpo al precio que ustedes están dispuestos a pagar”. “Después de todo, nadie más está interesado en pagar ni un céntimo por él, así que se lo tendrán que regresar”. El abogado, después de cobrar sus honorarios, fue a visitar a la familia que tenía el cuerpo y les dijo, “No se preocupen, los parientes del difunto tendrán que pagar lo que ustedes piden. Después de todo, no tienen donde más ir para recuperar a su ser querido”. “Si me pagan mis honorarios, yo les aseguro que lo ustedes piden, se lo tendrán que pagar”.

El gobierno parece utilizar la lógica de la leyenda del cuerpo ahogado, y supone que Brasil tiene que comprarnos el gas, porque no tiene otra opción. Según éste cálculo, incluso si Venezuela quisiera tumbarnos el negocio, tendría que esperar hasta el año 2011, lapso que permitiría a Bolivia compensar por una reducción en la inversión extranjera directa de mil millones de dólares en 1999, a posiblemente cinco mil el 2006. Con cinco años de exprimirle a la “familia del difunto” unos buenos Reales - parece ser la lógica - estaríamos en condiciones para industrializar el gas, y obtener una bonanza financiera con los productos derivados que produciríamos con nuestro preciado recurso natural. Ello, sin embargo, de todas maneras implica crear y acceder mercados. Es decir, igual hemos de requerir de quienes estén interesados en hacer negocios con Bolivia y comprar el papel, botellas, pinturas, fertilizantes, acero, ladrillo y ropa que hemos de producir utilizando nuestro gas.

No cabe duda que las empresas petroleras están generando tantas ganancias, que incluso en los EEUU, la oposición Demócrata está gestionando para que se pasen leyes más estrictas que permitan controlar los precios que cobran. Bajo la excusa que la oferta se contrae ante conflictos del índole internacional, las empresas petroleras están exprimiendo a la economía mundial, mientras que pequeños países como Bolivia, deben hipotecar su desarrollo en nombre de obedecer los dictados de las trasnacionales. Nadie está de acuerdo con esto, y si se tratase de “lo justo”, Brasil debería pagarnos el doble de lo que pagan por nuestro gas natural. Sin embargo, lamentablemente en la vida no se obtiene lo que uno merece, sino lo que uno negocia. Pero sin credibilidad internacional, sin seguridad jurídica para los inversionistas, y con una política económica errática y guiada por las emociones, nuestra posición negociadora no será la mejor.

Hacia este fin, creo que la Asamblea Constituyente habrá de permitir que toda la sociedad boliviana, incluso las nuevas minorías, puedan aportar su granito de sabiduría, para crear un marco legal coherente con nuestras necesidades, que a su vez permita hacer de Bolivia una nación atractiva para la inversión. Pero para entonces puede ser tarde. No sea que, al contrario de la astucia del abogado del diablo, por pura ingenuidad no nos demos cuenta que el difunto es nuestro, y al contrario de la leyenda, por bravuconadas e incongruencias políticas, perdamos de vista que nuestro bienestar depende de que no siga enterrado. Al presidente Lula, a todo esto, lo agarramos en mal momento, en medio de su campaña de reelección. Si Lula debe elegir entre darnos “lo que merecemos” y perder las elecciones, o comprar gas licuado en Asia, cuidado que con una inmensa y solidaria sonrisa en la boca, espere hasta que pase el tiempo – y las elecciones presidenciales – para luego optar por proteger la soberanía brasilera buscando otras fuentes energéticas, y la oportunidad de hacer “buenos negocios” se nos empiece a deteriorar.