Es absurdo asumir que el asedio a las Prefecturas resulta del desbordamiento espontáneo de los movimientos sociales. Es inocente, a su vez, suponer que el gobierno tiene una convicción clara respecto a principios elementales de alteración de poder, no sin contradicciones y cabildos. Después de todo, no podemos olvidar que lo “histórico” hace que la imposición sea ahora una legitima manifestación y reversión de 500 años de discriminación e injusticia. Por ende, llegará también el momento en el cual será insensato seguir defendiendo lo “indefendible”, es decir, las más básicas reglas de juego que permiten una convivencia democrática.
Dudo que los prefectos Paredes y Reyes Villa tengan vocación de mártir, y por grande su amor a la patria, democracia y libertad, parece que tendrán que elegir entre ‘defender lo indefendible’, o su integridad física, y la de sus familias. Ese momento – cuando el capricho y prepotencia de la turba desgaste por fin la democracia - no quedará otra opción que empezar a desarrollar un “Plan B”. Empecemos entonces.
En primer lugar, aun cargando credencial del partido oficialista, hay que despreocuparse por participar en la administración del Estado. Los puestos ya están comprometidos, y ello debería brindar el primer respiro. En segundo lugar, la salud del Estado está muy bien resguardada, debido a que los precios del gas, estaño y acero se mantendrán elevados, y durante muchos años por venir llenarán las arcas. Por ende no caeremos al nivel de Haití o Zimbabwe, y ello también debería brindar tranquilidad. Por ultimo, se debe encontrar algún bastión inexpugnable, un espacio tan elemental, que permita proteger los derechos básicos de las grandes mayorías, para evitar una caída aun mayor en la calidad de vida.
Uno de los elementos unificadores implícitos de las organizaciones sociales – eufemismo de grupos de choque de la nueva ‘involución a cuotas’ – es el resentimiento hacia quienes se aprovecharon del poder político para hacer fortuna. Unos cuantos se aprovecharon, y ahora la sociedad entera debe pagar la factura. Pero para poder pagarla, debemos convertirnos rápidamente en auténticos expertos del arte de construir una sociedad mas justa y equitativa, y para ello debemos entender “por qué” una economía basada en la libertad, es más eficiente y justa que una economía basada en la represión y el control político.
Es ‘indefendible’ defender la libertad, cuando no ha representado para el conjunto un mecanismo para avanzar de igual manera la condición de todos los que se esfuerzan y trabajan con dignidad. La libertad solo tiene sentido cuando las reglas permiten premiar su esfuerzo y capacidad. En este sentido, el pasado de nuestra patria es oscuro, y ahora debemos rectificar el daño cometido, sobre todo la arrogancia y racismo de quienes se beneficiaron de no ser iguales.
El bastión inexpugnable, ese espacio elemental desde el cual empieza la resistencia pasiva, es el ámbito privado de nuestra conciencia individual. Debemos ser concientes y convencidos que somos iguales ante Dios y las leyes. Si somos capaces de profundizar ese concepto básico, si empezamos a practicarlo, cual protesta pacifica, defenderemos así lo poco que por el momento es defendible: nuestro propio sentido de justicia.
Peleado en las calles no encontraremos respiro al asedio en el que se encuentra la sociedad, y tal vez pronto debamos incluso ceder todo el control político a la “involución a cuotas” del extremismo social. Entonces, el único respiro vendrá de la convicción que debemos avanzar la igualdad, aunque nos cueste dar la otra mejilla. La igualdad puede lograrse confiscando la propiedad privada, o avanzando un sistema justo, en el cual se premie la educación, la honestidad y el esfuerzo. Para avanzar el segundo escenario, primero debemos ser honestos en cuanto a nuestra visión, educarnos en cuanto al alcance de la libertad, y esforzarnos por ser más justos. El Plan B, entonces, es salvarnos de nosotros mismos, de nuestro racismo y arrogancia, y empezar a sentar en nuestra propia mente y corazón las bases de un mejor destino. La idea no es solo dejar que pase la tormenta, sino que cada uno empiece a educarse sobre la importancia de la libertad e igualdad, para que pronto y para todos salga el sol.
jueves, 8 de febrero de 2007
Pecado Cívico
Encomiendo respetuosamente a los poderes celestiales correspondientes considerar como pecado el “suponer”. Sugiero dicha medida, porque de lo contrario uno podría suponer– a esta altura de nuestro desarrollo democrático e institucional – que por lo menos en Copacabana se darían las condiciones para conductas racionales enmarcadas en el diálogo, que conduzcan a óptimos acuerdos cívicos mediados por las autoridades electas. El vacío de poder y de racionalidad en el proceso de resolución del conflicto es alarmante, debido a que uno supondría que la proximidad entre las comunidades del Lago Titicaca haría entender a quienes hoy bloquean el turismo y desarrollo económico, que los métodos que están siendo utilizados tan solo pueden rezagar el progreso de todos.
Aprovechando que aun no es pecado, procedo a “suponer” que el conflicto entre regiones, clases y partidos que se ha encendido cual fuego forestal, aun puede ser apagado mediante la aplicación de cierta racionalidad a las posturas radicales asumidas por ambos bandos. La consideración más elemental del bien común debería ser suficiente para encaminar el conflicto hacia un terreno en el cual prime la cordura y el dialogo. Sin embargo, el lenguaje maniqueo que está siendo utilizado está determinando todo lo contrario, y pareciera que nos enfilamos hacia un abismo en el cual todos hemos de perder.
Cuando el proceder político se centra en deslegitimar la posición de otro, el encontrar un sendero democrático y pacífico que permita resolver las diferencias se torna arduo he innecesariamente laborioso. Pero es tal la polarización de la sociedad, que me cuesta suponer que aun existen ciudadanos cuya postura no esté alimentada ya sea por un racismo denigrante que tanto mal ha hecho a nuestra nación, o por un resentimiento social que está también creando nefastas condiciones para nuestro devenir. Razones para oponerse al otro siempre existen, pero la racionalidad del proceso deliberativo se pierde cuando la estrategia se basa en satanizar las intenciones y esbozar una caricatura que permita reducir al otro a la condición de enemigo.
No entiendo como se supone que hemos de entrar en un proceso deliberativo en la Asamblea Constituyente, cuando las posiciones ya han sido encontradas, y sobre todo cuando el juego político ha entrado en dinámicas de suma cero, en la cual una mitad debe ganar lo que la otra pierde. Si esa es la madurez política de nuestros líderes, si no podemos suponer la más mínima capacidad de forjar condiciones para la estabilidad de nuestra sociedad, y si el futuro está enmarcado en una lucha intransigente entre dos bandos que continuarán reduciendo y desligitimando la posición del otro, Copacabana es y seguirá siendo el modelo de nuestra capacidad política. Los ciudadanos que pronto estaremos entre fuego cruzado tenemos la responsabilidad cívica de hacer por lo menos un llamado a que las partes utilicen argumentos, basen sus posiciones en principios, y dejen de utilizar tácticas medievales de confrontación entre grupos sociales cuyos futuros están intrínsicamente relacionados. No debemos suponer que es obvio que la actual estrategia tan solo puede llevar a Bolivia al derrotero de la infamia común. Pero si suponemos que se entiende que el reducir nuestra deliberación a “ellos” contra “nosotros” tan solo puede desembocar en un estancamiento nacional, y por ende será una estrategia evitada por nuestro lideres, seguiremos pecando de inocentes y seremos merecedores del infierno que nos depara.
Aprovechando que aun no es pecado, procedo a “suponer” que el conflicto entre regiones, clases y partidos que se ha encendido cual fuego forestal, aun puede ser apagado mediante la aplicación de cierta racionalidad a las posturas radicales asumidas por ambos bandos. La consideración más elemental del bien común debería ser suficiente para encaminar el conflicto hacia un terreno en el cual prime la cordura y el dialogo. Sin embargo, el lenguaje maniqueo que está siendo utilizado está determinando todo lo contrario, y pareciera que nos enfilamos hacia un abismo en el cual todos hemos de perder.
Cuando el proceder político se centra en deslegitimar la posición de otro, el encontrar un sendero democrático y pacífico que permita resolver las diferencias se torna arduo he innecesariamente laborioso. Pero es tal la polarización de la sociedad, que me cuesta suponer que aun existen ciudadanos cuya postura no esté alimentada ya sea por un racismo denigrante que tanto mal ha hecho a nuestra nación, o por un resentimiento social que está también creando nefastas condiciones para nuestro devenir. Razones para oponerse al otro siempre existen, pero la racionalidad del proceso deliberativo se pierde cuando la estrategia se basa en satanizar las intenciones y esbozar una caricatura que permita reducir al otro a la condición de enemigo.
No entiendo como se supone que hemos de entrar en un proceso deliberativo en la Asamblea Constituyente, cuando las posiciones ya han sido encontradas, y sobre todo cuando el juego político ha entrado en dinámicas de suma cero, en la cual una mitad debe ganar lo que la otra pierde. Si esa es la madurez política de nuestros líderes, si no podemos suponer la más mínima capacidad de forjar condiciones para la estabilidad de nuestra sociedad, y si el futuro está enmarcado en una lucha intransigente entre dos bandos que continuarán reduciendo y desligitimando la posición del otro, Copacabana es y seguirá siendo el modelo de nuestra capacidad política. Los ciudadanos que pronto estaremos entre fuego cruzado tenemos la responsabilidad cívica de hacer por lo menos un llamado a que las partes utilicen argumentos, basen sus posiciones en principios, y dejen de utilizar tácticas medievales de confrontación entre grupos sociales cuyos futuros están intrínsicamente relacionados. No debemos suponer que es obvio que la actual estrategia tan solo puede llevar a Bolivia al derrotero de la infamia común. Pero si suponemos que se entiende que el reducir nuestra deliberación a “ellos” contra “nosotros” tan solo puede desembocar en un estancamiento nacional, y por ende será una estrategia evitada por nuestro lideres, seguiremos pecando de inocentes y seremos merecedores del infierno que nos depara.
Etiquetas:
poderes celestiales
Salvar a la Humanidad
El 12 de octubre ha sido nombrado “día de la liberación”, y en ese día el presidente de la República públicamente ha pedido mi sugerencia. Ante la noble misión que envuelve a nuestro mandatario, no puedo negar ser instrumento también del insospechado destino de nuestra nación: liberar a toda la humanidad. El propósito va más allá de negarles a Europa y a EEUU nuestra mano de obra, al reducir la migración boliviana mediante políticas de intercambio comercial que beneficien nuestra economía. Es el equilibrio ecológico el que está en peligro, y hay que actuar para liberar a la Pacha Mama Grande de la salvaje codicia y arrogancia de sus hijos.
El mundo occidental, y las potencias que sustentan su cosmovisión, han encontrado en el fundamentalismo islámico una excelente excusa para atropellar los derechos humanos, satanizar a la prensa (Bob Woodward), y crear una psicosis del “enemigo” que les permite justificar estrategias para mantener hegemonía política sobre el planeta. Una de las estrategias del fundamentalismo es precisamente crear un enemigo, porque cuando la gente vive con miedo, es más fácil imponerles una verdad absoluta, y deslegitimar su derecho a expresar su oposición. En este sentido, pareciera que Bush entiende que hay que pelear fuego con fuego, y en nombre de combatir al fundamentalismo, él es un fundamentalista también.
El problema es que somos incapaces de entender la realidad en otros términos que no sean los nuestros. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que podemos observar desde nuestra prejuiciada perspectiva. De esta manera, Bush nunca entendió a los iraquíes, ni entiende las razones, miedos, y esperanzas de palestinos, libaneses, chinos o bolivianos. Se aferra, al igual que el resto de la humanidad, a su verdad, y desprecia la “otroidad” - la posibilidad que la “verdad” del otro sea también legitima.
El mundo entero ve con preocupación que – en nombre de la democracia – se juzgue a las personas por lo que son (fundamentalistas islámicos), y no por lo que han hecho. Pero cuando se empieza a utilizar el miedo para justificar el aplastar a la oposición y restarle su derecho de defender su verdad, se está siendo igualmente terrorista. Usted, Señor presidente, tiene la autoridad moral a nivel mundial para hacer un llamado para que el Occidente deje de utilizar metodologías maniqueas y se desarrolle la capacidad de entender al mundo en su hermosa complejidad.
Usted habla de “justas ganancias” para quienes asumen riesgos de inversión. Esa es una excelente señal, y demuestra que usted entiende la necesidad de crear incentivos para la inversión en nuestro país. Sin embargo, luego ataca al capitalismo, como si fuese algo reducible a una esencia maléfica. Las palabras no pueden enunciarse a la ligera, y lo que usted dice impacta la manera del resto de nosotros de entender nuestra realidad. Por ende, si usted intenta satanizar al libre mercado, está siendo fundamentalista, y está enviando señal mezcladas, que permiten reducir todo a una verdad absoluta, pero incompleta. Otro ejemplo: En Televisión Boliviana “explicaron” los “verdaderos motivos” detrás de los sindicalistas que tienen diferencias políticas con el gobierno, mostrando sus foto y correspondiente afiliación partidaria. Es decir, se los juzga por lo que son (tronquistas, comunistas podemistas), y no por lo que dicen o hacen. En la Asamblea Constituyente el mejor argumento es “mentarle” al abuelo a la oposición, y juzgarlos por lo que hicieron sus antepasados. Una vez más, es juzgar por lo que uno es, y no por lo que uno hace, cree, o piensa.
Su propósito de salvar a la humanidad del fundamentalismo occidental es noble y necesario. Necesitamos del equilibrio. Pero si realmente desea ayudar al mundo, sugiero que empiece ayudando a su propio pueblo, manteniendo la credibilidad de su investidura, sin contradicciones, dándonos a todos el ejemplo de una posición que intenta entender al otro, y las otras realidades, en su complejidad, y no así bajo la perspectiva miope del prejuicio. Sugiero, con mucho respeto, ayude a derrotar una mala metodología, dando al mundo entero el ejemplo.
El mundo occidental, y las potencias que sustentan su cosmovisión, han encontrado en el fundamentalismo islámico una excelente excusa para atropellar los derechos humanos, satanizar a la prensa (Bob Woodward), y crear una psicosis del “enemigo” que les permite justificar estrategias para mantener hegemonía política sobre el planeta. Una de las estrategias del fundamentalismo es precisamente crear un enemigo, porque cuando la gente vive con miedo, es más fácil imponerles una verdad absoluta, y deslegitimar su derecho a expresar su oposición. En este sentido, pareciera que Bush entiende que hay que pelear fuego con fuego, y en nombre de combatir al fundamentalismo, él es un fundamentalista también.
El problema es que somos incapaces de entender la realidad en otros términos que no sean los nuestros. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que podemos observar desde nuestra prejuiciada perspectiva. De esta manera, Bush nunca entendió a los iraquíes, ni entiende las razones, miedos, y esperanzas de palestinos, libaneses, chinos o bolivianos. Se aferra, al igual que el resto de la humanidad, a su verdad, y desprecia la “otroidad” - la posibilidad que la “verdad” del otro sea también legitima.
El mundo entero ve con preocupación que – en nombre de la democracia – se juzgue a las personas por lo que son (fundamentalistas islámicos), y no por lo que han hecho. Pero cuando se empieza a utilizar el miedo para justificar el aplastar a la oposición y restarle su derecho de defender su verdad, se está siendo igualmente terrorista. Usted, Señor presidente, tiene la autoridad moral a nivel mundial para hacer un llamado para que el Occidente deje de utilizar metodologías maniqueas y se desarrolle la capacidad de entender al mundo en su hermosa complejidad.
Usted habla de “justas ganancias” para quienes asumen riesgos de inversión. Esa es una excelente señal, y demuestra que usted entiende la necesidad de crear incentivos para la inversión en nuestro país. Sin embargo, luego ataca al capitalismo, como si fuese algo reducible a una esencia maléfica. Las palabras no pueden enunciarse a la ligera, y lo que usted dice impacta la manera del resto de nosotros de entender nuestra realidad. Por ende, si usted intenta satanizar al libre mercado, está siendo fundamentalista, y está enviando señal mezcladas, que permiten reducir todo a una verdad absoluta, pero incompleta. Otro ejemplo: En Televisión Boliviana “explicaron” los “verdaderos motivos” detrás de los sindicalistas que tienen diferencias políticas con el gobierno, mostrando sus foto y correspondiente afiliación partidaria. Es decir, se los juzga por lo que son (tronquistas, comunistas podemistas), y no por lo que dicen o hacen. En la Asamblea Constituyente el mejor argumento es “mentarle” al abuelo a la oposición, y juzgarlos por lo que hicieron sus antepasados. Una vez más, es juzgar por lo que uno es, y no por lo que uno hace, cree, o piensa.
Su propósito de salvar a la humanidad del fundamentalismo occidental es noble y necesario. Necesitamos del equilibrio. Pero si realmente desea ayudar al mundo, sugiero que empiece ayudando a su propio pueblo, manteniendo la credibilidad de su investidura, sin contradicciones, dándonos a todos el ejemplo de una posición que intenta entender al otro, y las otras realidades, en su complejidad, y no así bajo la perspectiva miope del prejuicio. Sugiero, con mucho respeto, ayude a derrotar una mala metodología, dando al mundo entero el ejemplo.
Etiquetas:
12 de octubre,
dia de la raza,
salvar a la humanidad
Lamentables Juegos de la Mente
Lo lógica binaria debe, por diseño, ser draconiana cuando se aplica a las abstracciones de la mente. Sin embargo, en el mundo de las consecuencias humanas - que son concretas e inexorables – el obsesionarse con que la vida sea perfectamente simétrica y que exista absoluta certeza al definir relaciones de causa y efecto, puede tener consecuencias contrarias a nuestra mejor voluntad. Y aunque es cierto que “la ley es la ley”, también es cierto que hay que mantener cierta proporcionalidad en nuestros actos, hay que respetar el precepto legal de “debido proceso” que presupone inocencia, y hay que saber elegir nuestras batallas . No obstante, mientras sigue en vilo el tipo de Pacto Social que hemos de acordar todos los bolivianos, con un infantil afán de exclamar “pescotis”, la oposición descarga con furia su arsenal político para demostrar que en YPFB hubieron irregularidades administrativas al firmar un contrato con Iberoamérica Trading SRL.
Desplegando simétricos reflejos, el gobierno ahora se sacude de la arremetida contestando: “tu lo serás”. Y en lugar de entender las deficiencias del políticamente inexperto manejo de un informe que – lejos de ser un veredicto – simplemente señala “indicios” de responsabilidad administrativa, ahora se pretende sentar en el banquillo de acusados a la mismísima nacionalización, con las correspondientes amenazas de defenderla en la calle. De esta manera, se está politizando una investigación, se está malgastando capital político, y se están creando las condiciones para profundizar – esta vez posiblemente con manifestaciones perniciosas – la polarización de esta nación.
La democracia tiene como uno de sus objetivos precisamente fortalecer las instituciones que – representativamente – manejan los conflictos de la sociedad. Por otra parte, un Estado de Derecho debe garantizar que quienes actúen en representación del estado, lo hagan con probidad. Lo que pareciera se pretende – al hacer un ejemplo de Alvarado – es castigar antes de permitir siquiera se descarguen las pruebas, con el maquiavélico fin de atizar precisamente el conflicto social. Con su actitud papista e impulsividad desproporcionada, la oposición simplemente está haciendo evidente la inmadurez política que domina nuestro sistema democrático. Lo peor de todo es parece que estamos en manos de mocitos aprendices, en ambos lados de la valla.
En contraste a la lógica binaria, la lógica aymara va más allá del “si” (jisa) y el “no” (jani), del “verdadero” o “falso”, e incorpora una tercera posibilidad: inasa (capaz que si, capaz que no). Renato Aguirre explica, “Los opuestos pueden ser complementarios “por la buena” (yanani), como una pierna con la otra, o ser absolutamente irreconciliables (awqa), como el día y la noche. Los últimos se “complementan” turnándose (kuti) para evitar el enfrentamiento y mantener la armonía”. La lógica aymara tal vez no sea aplicable al imperativo legal de crear certeza en nuestra conducta, o al definir si hubo o no transparencia administrativa. Pero tal vez permita desarrollar una estrategia política cuyo objetivo vaya más allá de encontrarle tres pies al gato, y forjar así una estrategia que logre crear condiciones para institucionalizar conductas democráticas, no la menor de ellas la presunción de inocencia y el respeto al debido proceso.
Tenemos en frente una verdadera disyuntiva, un verdadero reto político, y es acordar el carácter de la Asamblea Constituyente, y luego definir la nación que ha de surgir del proceso. Nuestro enfoque debería estar en el plato de fondo, pero en vez estamos peleándonos por las migajas morales que caen del panero. El espíritu de la ley es también lograr conductas que avancen el bien común, y no idolatrar procesos administrativos con el objetivo de manchar reputaciones, o restarle credibilidad a un proyecto. Pero en el mundo del bien y el mal, nos empecinamos en definir (esta vez lo “transparente”), sin prever que – al hacerlo – tal vez estemos creando excusas para reacciones emotivas, que luego puedan manifestarse precisamente en contra del crear condiciones para por fin instituir en Bolivia un verdadero Estado de Derecho, y un verdadero apego a la ley.
Desplegando simétricos reflejos, el gobierno ahora se sacude de la arremetida contestando: “tu lo serás”. Y en lugar de entender las deficiencias del políticamente inexperto manejo de un informe que – lejos de ser un veredicto – simplemente señala “indicios” de responsabilidad administrativa, ahora se pretende sentar en el banquillo de acusados a la mismísima nacionalización, con las correspondientes amenazas de defenderla en la calle. De esta manera, se está politizando una investigación, se está malgastando capital político, y se están creando las condiciones para profundizar – esta vez posiblemente con manifestaciones perniciosas – la polarización de esta nación.
La democracia tiene como uno de sus objetivos precisamente fortalecer las instituciones que – representativamente – manejan los conflictos de la sociedad. Por otra parte, un Estado de Derecho debe garantizar que quienes actúen en representación del estado, lo hagan con probidad. Lo que pareciera se pretende – al hacer un ejemplo de Alvarado – es castigar antes de permitir siquiera se descarguen las pruebas, con el maquiavélico fin de atizar precisamente el conflicto social. Con su actitud papista e impulsividad desproporcionada, la oposición simplemente está haciendo evidente la inmadurez política que domina nuestro sistema democrático. Lo peor de todo es parece que estamos en manos de mocitos aprendices, en ambos lados de la valla.
En contraste a la lógica binaria, la lógica aymara va más allá del “si” (jisa) y el “no” (jani), del “verdadero” o “falso”, e incorpora una tercera posibilidad: inasa (capaz que si, capaz que no). Renato Aguirre explica, “Los opuestos pueden ser complementarios “por la buena” (yanani), como una pierna con la otra, o ser absolutamente irreconciliables (awqa), como el día y la noche. Los últimos se “complementan” turnándose (kuti) para evitar el enfrentamiento y mantener la armonía”. La lógica aymara tal vez no sea aplicable al imperativo legal de crear certeza en nuestra conducta, o al definir si hubo o no transparencia administrativa. Pero tal vez permita desarrollar una estrategia política cuyo objetivo vaya más allá de encontrarle tres pies al gato, y forjar así una estrategia que logre crear condiciones para institucionalizar conductas democráticas, no la menor de ellas la presunción de inocencia y el respeto al debido proceso.
Tenemos en frente una verdadera disyuntiva, un verdadero reto político, y es acordar el carácter de la Asamblea Constituyente, y luego definir la nación que ha de surgir del proceso. Nuestro enfoque debería estar en el plato de fondo, pero en vez estamos peleándonos por las migajas morales que caen del panero. El espíritu de la ley es también lograr conductas que avancen el bien común, y no idolatrar procesos administrativos con el objetivo de manchar reputaciones, o restarle credibilidad a un proyecto. Pero en el mundo del bien y el mal, nos empecinamos en definir (esta vez lo “transparente”), sin prever que – al hacerlo – tal vez estemos creando excusas para reacciones emotivas, que luego puedan manifestarse precisamente en contra del crear condiciones para por fin instituir en Bolivia un verdadero Estado de Derecho, y un verdadero apego a la ley.
Para descifrar y no discriminar
Es poco auspicioso que el 50% de la nueva tanda de los Diputados Nacionales fue incapaz de cumplir con los requisitos de la Corte Nacional Electoral. Si no fuera tan generalizada la improvisación con la que actuaron nuestros “líderes” para auto descalificarse, no faltaría quien acuse al sistema de una conspiración para obstaculizar una participación democrática. Pero no es una conspiración, es más bien un síntoma de la mediocridad de quienes han conducido y habrán de conducir el destino de nuestro país.
Pero, ¿acaso un Representante Nacional debe necesariamente ser inteligente, educado o carismático? La política no es un arte oculto que tan solo unos cuantos pueden descifrar, o peor aún, una ciencia a la cual solo unos cuantos están calificados para ser iniciados. La política – al igual que las leyes – es una manifestación de la racionalidad y sabiduría colectiva, y aunque los futuros Congresistas deberán estudiar y entender procedimientos y normas básicas, lo que deben llevar al hemiciclo, además de honestidad y voluntad de servicio, es el sentido común de los ciudadanos a quienes representan. Pensar que un candidato debe ser un “iniciado” en la ciencia o “arte oculto” de la política, o para ser un poco más contundente en el argumento, de cumplir siquiera con la condición de saber leer o escribir, es discriminar contra los derechos de una vasta población que es analfabeta.
Habiendo dicho esto, tampoco existe una manera democrática de obligar a la población a aceptar ciertas deficiencias - reales o subjetivas - en sus representantes, y la población tiene absoluta prerrogativa de emitir un voto utilizando la condición que mejor le parezca. Existen sociedades muy democráticas donde un católico difícilmente puede ser electo, y otras en las cuales la infidelidad matrimonial de un candidato no es aceptada como argumento electoral. Los bolivianos, recientemente hemos sido categorizados como una de las sociedades menos tolerantes. Estas elecciones pondrán nuestra tolerancia y diversidad a prueba con dos candidatos de un origen étnico diferente al grupo étnico que siempre ha aportado uno de los suyos para el sillón presidencial, uno con padres nacidos en Japón, y el otro nacido en el ayllu Sulca. Ser diferente no debe ser un factor discriminante, pero tampoco es condición suficiente para ejercer el poder.
La historia no tiene derechos u obligaciones, y por ende es difícil argumentar en contra del “derecho” de las fuerzas de la historia a “espontáneamente” emerger para enmendar las omisiones de quienes mal utilizan el poder. Pero un candidato si, por lo menos si quiere obtener nuestro voto, y lo que dice es la primera responsabilidad que ejerce como aspirante a nuestro mandato. Sin embargo, por un lado escucho la facilidad con la que se intenta deslegitimar candidaturas apelando a si se recibirá o no la bendición imperial. Por el otro escucho como se atiza el fuego del descontento, y en lugar de revalidar el proceso democrático mediante una actitud investida de serenidad presidencial, prefieren quitarle brillo con una retórica incendiaría. Decía yo hace poco que me “estaba quedando sin amigos”. No era lo que necesariamente deseaba, pero lo decía. Ahora que por fin se ha cumplido mi subconsciente anhelo, me doy cuenta que no solo hay que tener cuidado con lo que uno desea, sino con lo que uno dice. Existen males y existen malos, pero también existen medios y maneras, y si el pueblo ya no cree en ellos porque han demostrado ser corruptos e ineficientes y se levanta espontáneamente, que así sea. Pero no creo que sea muy presidenciable – o democrático - convertirse en comentarista o portavoz de una posible violenta rebelión.
Pero, ¿acaso un Representante Nacional debe necesariamente ser inteligente, educado o carismático? La política no es un arte oculto que tan solo unos cuantos pueden descifrar, o peor aún, una ciencia a la cual solo unos cuantos están calificados para ser iniciados. La política – al igual que las leyes – es una manifestación de la racionalidad y sabiduría colectiva, y aunque los futuros Congresistas deberán estudiar y entender procedimientos y normas básicas, lo que deben llevar al hemiciclo, además de honestidad y voluntad de servicio, es el sentido común de los ciudadanos a quienes representan. Pensar que un candidato debe ser un “iniciado” en la ciencia o “arte oculto” de la política, o para ser un poco más contundente en el argumento, de cumplir siquiera con la condición de saber leer o escribir, es discriminar contra los derechos de una vasta población que es analfabeta.
Habiendo dicho esto, tampoco existe una manera democrática de obligar a la población a aceptar ciertas deficiencias - reales o subjetivas - en sus representantes, y la población tiene absoluta prerrogativa de emitir un voto utilizando la condición que mejor le parezca. Existen sociedades muy democráticas donde un católico difícilmente puede ser electo, y otras en las cuales la infidelidad matrimonial de un candidato no es aceptada como argumento electoral. Los bolivianos, recientemente hemos sido categorizados como una de las sociedades menos tolerantes. Estas elecciones pondrán nuestra tolerancia y diversidad a prueba con dos candidatos de un origen étnico diferente al grupo étnico que siempre ha aportado uno de los suyos para el sillón presidencial, uno con padres nacidos en Japón, y el otro nacido en el ayllu Sulca. Ser diferente no debe ser un factor discriminante, pero tampoco es condición suficiente para ejercer el poder.
La historia no tiene derechos u obligaciones, y por ende es difícil argumentar en contra del “derecho” de las fuerzas de la historia a “espontáneamente” emerger para enmendar las omisiones de quienes mal utilizan el poder. Pero un candidato si, por lo menos si quiere obtener nuestro voto, y lo que dice es la primera responsabilidad que ejerce como aspirante a nuestro mandato. Sin embargo, por un lado escucho la facilidad con la que se intenta deslegitimar candidaturas apelando a si se recibirá o no la bendición imperial. Por el otro escucho como se atiza el fuego del descontento, y en lugar de revalidar el proceso democrático mediante una actitud investida de serenidad presidencial, prefieren quitarle brillo con una retórica incendiaría. Decía yo hace poco que me “estaba quedando sin amigos”. No era lo que necesariamente deseaba, pero lo decía. Ahora que por fin se ha cumplido mi subconsciente anhelo, me doy cuenta que no solo hay que tener cuidado con lo que uno desea, sino con lo que uno dice. Existen males y existen malos, pero también existen medios y maneras, y si el pueblo ya no cree en ellos porque han demostrado ser corruptos e ineficientes y se levanta espontáneamente, que así sea. Pero no creo que sea muy presidenciable – o democrático - convertirse en comentarista o portavoz de una posible violenta rebelión.
Oda a lo que pudo Ser
Luz pura y celestial, surca el cosmos con la esperanza de transformarse en neuronas, proteínas, oxígeno, y así celebrar enaltecidamente el milagro de existir. Mientras no encuentre la luz aquellas condicione ambientales – como las que brinda éste planeta azul – para luego brotar agua y vida, su fuerza vital seguirá siendo tan solo una ilusión. Es difícil establecer cuál nutriente o elemento es superior, pero podemos concluir que la luz por sí sola, es simplemente la voluntad divina de lo que puede ser.
En el planeta tierra existe otro nutriente imprescindible, por lo menos por ahora, que moviliza la industria, aceita la economía, cuya existencia permite a los pueblos obtener el pan de cada día, y permite al ser humano trascender. Sin hidrocarburos viviríamos la utopía ecologista, pero nuestro espíritu jamás hubiese alcanzado el nivel evolutivo actual, y aunque tal vez seríamos más felices en nuestra inocencia, nuestra apacibilidad sería como la de otros primates, al igual que nuestro desarrollo social. Pero no fue así, y la industrialización y el comercio – tan perniciosos para el clima – escupen bienes de consumos que, a la vez de hacer nuestra vida más cómoda, nos reduce a autómatas que gozan de tener más que el vecino, mientras que gente muere de hambre, desdichados millones que han sido olvidados por el progreso y la justicia terrenal.
Mientras nos vanagloriamos de los alcances de la libertad y el individualismo, el ser orgánico que conforma a la sociedad sufre debido a que existen hermanos que no pueden brindar a sus familias las necesidades básicas. El sistema que se ha globalizado impone como elementos vitales a la educación, la iniciativa, la disciplina económica, el ahorro y la inversión. De esta manera, millones de personas mueren de hambre cada año, mientras otras tantas mejoran su capacidad de generar riqueza, y superar su condición. Es un enigma complejo, pero esas son las reglas de juego del capital. Para el colmo, Dios ha complicado aún más el péndulo entre el libre mercado y la autocracia estatista, al darle a naciones con tendencias autocráticas y organicistas el poder de controlar el destino de la humanidad. El control de la energía mundial está en manos de Rusia, Arabia Saudita, Irán, Nigeria, y Venezuela, todas naciones que exaltan el valor del Estado paternalista, y otros fundamentalismos que coartan la iniciativa individualista y la libertad.
Pero la libertad, el libre comercio, la competencia, el ahorro, la meritocracia y otros instrumentos imperialistas sirven para hacer jardines allí donde solo hay tierra árida, condiciones que nosotros los países que heredamos nuestras fortunas no necesitamos crear. Somos los afortunados que podemos darnos el lujo de construir un Estado paternalista que alimente nuestras familias, y al esfuerzo e iniciativa individual los podemos por fin enterrar. De aquí a cincuenta años, cuando la tecnología desarrolle otra fuente de energía, bueno, ese día, que se preocupen nuestros nietos de hacer de Bolivia una nación ingeniosa y competitiva, ese día que se preocupen ellos por competir por inversiones y penetrar mercados con productos del maldito individualismo privado demencial. Nosotros no tenemos que preocuparnos por la sobre-valorada libertad e iniciativa privada, herramientas diabólicas de la opresión burguesa. ¡Tenemos gas! Y aunque no les guste a los gringos, vamos a crear un jardín utópico donde impere la solidaridad y la armonía. Mientras tanto debemos utilizar el doble discurso, y dejar entrever que apoyamos a la empresa privada. Después de todo, en el corto plazo necesitamos de los empleos que ellos crean. Pero a la larga, cuando el Estado sea una vez más fuerte y protagonista de la economía, solo apoyaremos a nuestros “patriotas”, y arrinconaremos ideológicamente a quienes su única bandera es la ganancia y la recompensa individual. Así, gota a gota aislaremos a los egoístas, para que se evaporen las aguas del empresariado vende patria, y regaremos nuestros sueños con el rocío bendito de nuestro sagrado gas.
En el planeta tierra existe otro nutriente imprescindible, por lo menos por ahora, que moviliza la industria, aceita la economía, cuya existencia permite a los pueblos obtener el pan de cada día, y permite al ser humano trascender. Sin hidrocarburos viviríamos la utopía ecologista, pero nuestro espíritu jamás hubiese alcanzado el nivel evolutivo actual, y aunque tal vez seríamos más felices en nuestra inocencia, nuestra apacibilidad sería como la de otros primates, al igual que nuestro desarrollo social. Pero no fue así, y la industrialización y el comercio – tan perniciosos para el clima – escupen bienes de consumos que, a la vez de hacer nuestra vida más cómoda, nos reduce a autómatas que gozan de tener más que el vecino, mientras que gente muere de hambre, desdichados millones que han sido olvidados por el progreso y la justicia terrenal.
Mientras nos vanagloriamos de los alcances de la libertad y el individualismo, el ser orgánico que conforma a la sociedad sufre debido a que existen hermanos que no pueden brindar a sus familias las necesidades básicas. El sistema que se ha globalizado impone como elementos vitales a la educación, la iniciativa, la disciplina económica, el ahorro y la inversión. De esta manera, millones de personas mueren de hambre cada año, mientras otras tantas mejoran su capacidad de generar riqueza, y superar su condición. Es un enigma complejo, pero esas son las reglas de juego del capital. Para el colmo, Dios ha complicado aún más el péndulo entre el libre mercado y la autocracia estatista, al darle a naciones con tendencias autocráticas y organicistas el poder de controlar el destino de la humanidad. El control de la energía mundial está en manos de Rusia, Arabia Saudita, Irán, Nigeria, y Venezuela, todas naciones que exaltan el valor del Estado paternalista, y otros fundamentalismos que coartan la iniciativa individualista y la libertad.
Pero la libertad, el libre comercio, la competencia, el ahorro, la meritocracia y otros instrumentos imperialistas sirven para hacer jardines allí donde solo hay tierra árida, condiciones que nosotros los países que heredamos nuestras fortunas no necesitamos crear. Somos los afortunados que podemos darnos el lujo de construir un Estado paternalista que alimente nuestras familias, y al esfuerzo e iniciativa individual los podemos por fin enterrar. De aquí a cincuenta años, cuando la tecnología desarrolle otra fuente de energía, bueno, ese día, que se preocupen nuestros nietos de hacer de Bolivia una nación ingeniosa y competitiva, ese día que se preocupen ellos por competir por inversiones y penetrar mercados con productos del maldito individualismo privado demencial. Nosotros no tenemos que preocuparnos por la sobre-valorada libertad e iniciativa privada, herramientas diabólicas de la opresión burguesa. ¡Tenemos gas! Y aunque no les guste a los gringos, vamos a crear un jardín utópico donde impere la solidaridad y la armonía. Mientras tanto debemos utilizar el doble discurso, y dejar entrever que apoyamos a la empresa privada. Después de todo, en el corto plazo necesitamos de los empleos que ellos crean. Pero a la larga, cuando el Estado sea una vez más fuerte y protagonista de la economía, solo apoyaremos a nuestros “patriotas”, y arrinconaremos ideológicamente a quienes su única bandera es la ganancia y la recompensa individual. Así, gota a gota aislaremos a los egoístas, para que se evaporen las aguas del empresariado vende patria, y regaremos nuestros sueños con el rocío bendito de nuestro sagrado gas.
Miedo a los medios
El poder absoluto cumplió con su promesa, y los partidos tradicionales escabullen el juicio colectivo disfrazando el despecho que sienten al haber perdido la mamadera. El equilibrio político se vislumbra, y ojalá sirva para crear un país de leyes que prevean un justo castigo para quienes contradigan con dolo su deber de servir no solo a sus correligionarios, sino a todo nuestro país. Este equilibrio no vendrá sin un costo, y el más probable será el empobrecimiento de la ciudadanía en nombre de la voluntad abstracta de querer “vivir bien” sin crear las condiciones para lograrlo.
La vida tiene sus mecanismos para regresar al equilibrio, y se dará ahora mediante el voto democrático de la población. Lamentablemente estos mecanismos aun no existen para lidiar con un poder que se ha salido de la norma elemental de imparcialidad y objetividad, y que peca hoy de la arrogancia e ignorancia que ha sacudido a nuestro sistema político, y me refiero a ciertos evangelistas de la televisión. Estos “comentaristas” opinan impunemente lo que dicta la agenda del sector más cansado con el fracaso y la pobreza, de los menos esperanzados, y de los más cínicos y agitados críticos del “sistema”. No sé si la ética profesional de ser ecuánime ha sucumbido a la mentalidad de turba porque es más fácil opinar lo que, se cree, los demás quieren escuchar, o porque la ignorancia de algunos comentaristas es inocente y simplemente no pueden a aspirar a una postura imparcial porque ello requiere de un criterio más formado.
Los demás quedamos silenciosos, aferrados a la esperanza que se mantenga la estabilidad económica en el país, y que el sistema democrático y de libre mercado pueda ser perfeccionado y exorcizado de sus fracasos y de su deficiente aplicación. Y ante los agitadores de la irracionalidad económica no nos queda más que mirar aterrados como se menosprecia a la inversión extrajera, se sataniza a quienes – aunque deficientemente – han luchado por desarrollar la infraestructura productiva de nuestra nación. Lo más triste es ver que ningún candidato se atreve a defender la estabilidad de un sistema que necesita ser perfeccionado, y no destruido y desechado por quienes se sienten con el derecho de empobrecer aun más. Y la razón es para mi sencilla, la arrogancia sin poder se convierte en displicencia, y como el sector de la población que quiere se le garantice que ha de existir estabilidad y orden, que quiere que se defienda fehacientemente nuestro derecho de transitar, y que exige un proyecto de nación que atraiga inversiones y crecimiento económico, ha de votar – hasta hace poco yo incluido – con el miedo que la “fuerza dialéctica de la historia” arrase con todo, incluida nuestra democracia, los candidatos tímidamente siguen el guión que impone la televisión.
Al vacío político se le suma ahora el vació ideológico, y estas elecciones vamos a definir quien se hará cargo de nuestro destino, pero difícilmente sabremos exactamente cual es el proyecto por el cual vamos a apostar. Pero si los candidatos son culpables de ser retraídos al hablar de la libertad en democracia y de equilibrar los imperativos sociales con las leyes universales del mercado y la necesidad de la iniciativa privada, por miedo de ser fustigados por el nuevo gran Leviatán, algunos televangelistas serán culpables de crear una atmósfera en la cual impere la desinformación, se imponga el análisis cómodo y vengativo, se logre tal vez un equilibrio social y político, pero al precio de que en nuestra economía triunfe la irracionalidad.
La vida tiene sus mecanismos para regresar al equilibrio, y se dará ahora mediante el voto democrático de la población. Lamentablemente estos mecanismos aun no existen para lidiar con un poder que se ha salido de la norma elemental de imparcialidad y objetividad, y que peca hoy de la arrogancia e ignorancia que ha sacudido a nuestro sistema político, y me refiero a ciertos evangelistas de la televisión. Estos “comentaristas” opinan impunemente lo que dicta la agenda del sector más cansado con el fracaso y la pobreza, de los menos esperanzados, y de los más cínicos y agitados críticos del “sistema”. No sé si la ética profesional de ser ecuánime ha sucumbido a la mentalidad de turba porque es más fácil opinar lo que, se cree, los demás quieren escuchar, o porque la ignorancia de algunos comentaristas es inocente y simplemente no pueden a aspirar a una postura imparcial porque ello requiere de un criterio más formado.
Los demás quedamos silenciosos, aferrados a la esperanza que se mantenga la estabilidad económica en el país, y que el sistema democrático y de libre mercado pueda ser perfeccionado y exorcizado de sus fracasos y de su deficiente aplicación. Y ante los agitadores de la irracionalidad económica no nos queda más que mirar aterrados como se menosprecia a la inversión extrajera, se sataniza a quienes – aunque deficientemente – han luchado por desarrollar la infraestructura productiva de nuestra nación. Lo más triste es ver que ningún candidato se atreve a defender la estabilidad de un sistema que necesita ser perfeccionado, y no destruido y desechado por quienes se sienten con el derecho de empobrecer aun más. Y la razón es para mi sencilla, la arrogancia sin poder se convierte en displicencia, y como el sector de la población que quiere se le garantice que ha de existir estabilidad y orden, que quiere que se defienda fehacientemente nuestro derecho de transitar, y que exige un proyecto de nación que atraiga inversiones y crecimiento económico, ha de votar – hasta hace poco yo incluido – con el miedo que la “fuerza dialéctica de la historia” arrase con todo, incluida nuestra democracia, los candidatos tímidamente siguen el guión que impone la televisión.
Al vacío político se le suma ahora el vació ideológico, y estas elecciones vamos a definir quien se hará cargo de nuestro destino, pero difícilmente sabremos exactamente cual es el proyecto por el cual vamos a apostar. Pero si los candidatos son culpables de ser retraídos al hablar de la libertad en democracia y de equilibrar los imperativos sociales con las leyes universales del mercado y la necesidad de la iniciativa privada, por miedo de ser fustigados por el nuevo gran Leviatán, algunos televangelistas serán culpables de crear una atmósfera en la cual impere la desinformación, se imponga el análisis cómodo y vengativo, se logre tal vez un equilibrio social y político, pero al precio de que en nuestra economía triunfe la irracionalidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)