martes, 10 de febrero de 2015

Clase de Ingeniería

No toda ingeniería social es creada igual, ni todo ímpetu de transformar la conducta es un lavado de cerebro. En el conductismo orwelliano el Estado dicta lo que todo ciudadano debe aceptar como el “bien superior”. En el imperio de la ley se impone la supuesta racionalidad de la sociedad, fruto de la sabiduría colectiva. En ambos casos el esfuerzo es por controlar, castigar o transformar la conducta humana. No obstante, a la hora de implementar una ley (o voluntad del Estado), el demonio está en el detalle.

Una ley fruto de la sabiduría colectiva es la Ley 45, Contra el racismo y Toda Forma de Discriminación. En medio de controversias sobre nuestro patrimonio cultural, enmarcado en fiestas “religiosas”, y justo cuando la pureza ideológica del proyecto revolucionario parecía contaminarse por la cotidianidad en el ejercicio del poder, aparece una noble causa que obliga a reconsiderar el escepticismo que reinaba antes de la última versión del carnaval.

La defensa de nuestra tradición artístico/cultural se concentra en los danzas del carnaval. Una de estas tradiciones es la danza de tundiqui o Negritos, que muestra a afro-bolivianos encadenados. Según Félix Cárdenas, “El tundiqui no expresa la identidad cultural del pueblo afro por el contrario lo deforma, lo degenera, haciendo gala de la humillación y el sufrimiento de afrodescendientes”.

La campaña mediática para prohibir el tunduqui tiene el apoyo del Concejo Nacional Afroboliviano. El hecho que en su mayoría sus líderes pertenezcan al poder oficialista no justifica una “respuesta-reflejo” por parte de detractores de la revolución cultural. Automáticamente suponer que la campaña no puede ser sincera, efectiva o ética es pecar del mismo dogmatismo ideológico de la que acusa al otro.

El maniqueísmo afecta a moros y cristianos y todos solo pueden ver la paja en el ojo ajeno. Por ende, un ejercicio algo más productivo sería evaluar la efectividad de las herramientas utilizadas para promover valores de convivencia, sin racismo, violencia y discriminación. Una campaña mediática, después de todo, a veces puede estar del lado correcto de la historia.

Prohibir una danza racista me parece un objetivo loable. No obstante, el acertar en unos de los designios de una ingeniería social no quiere decir que debamos tragarnos enterita toda una agenda política, incluyendo cambiar de nombre a la Plaza Murillo. Tampoco quiere decir que una campaña mediática de concientización y correspondiente ramillete de leyes necesariamente avance sus nobles objetivos.

Una campaña loable es aquella contra la violencia intrafamiliar. Pero por grande el consenso y recursos lanzados contra el mal, los incidentes de la violencia contra las mujeres han incrementado notablemente. Ni castigos ejemplares, ni programas de concientización parecen menguar el apetito patriarcal de sometimiento y vejación. ¿Dónde queda entonces la efectividad de la revolución cultural?

Prohibir, castigar e intentar concientizar no necesaria o automáticamente transforma la conducta. A su vez, bajo el manto de “usos y costumbres”, defendemos  nuestras formas y maneras como si fuesen patrimonio patriarcal. La Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro, por ejemplo, saca a relucir la naturaleza “religiosa” de las danzas folklóricas (supongo se refiere a Levítico 25:44) para argumentar que prohibir una de ellas (tundiqui) pone en peligro la declaración de nuestras danzas como patrimonio universal por parte de la UNESCO.


Sentir repulsión por una caracterización de la esclavitud es lo natural. Idealmente no hace falta campaña mediática o ley para fomentar/obligar esa sensibilidad básica. Lo que preocupa es que bajo el manto de prohibir la violencia intrafamiliar, racismo o corrupción moral, el Estado se convenza que puede moldear la conducta del pueblo mediante leyes, propagandas y discursos. Lo “marxista”, después de todo, no es deambular en el ámbito de la consciencia, sino transformar las estructuras que determinan los valores; que en Bolivia reproducen una cultura hedonista, frívola y consumista.  

martes, 4 de noviembre de 2014

Simón

¿Qué haría Bolívar? Si en vez de Marcelo Claure fuese el Libertador quien tiene que cambiar la estrategia del club que lleva su nombre, ¿qué haría en su lugar? El escenario hipotético sería el siguiente: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco ha prometido a sus tropas un territorio. La oferta la hizo tiempo atrás, cuando ese territorio estaba hipotecado para pagar, entre otras, deudas a tropas extranjeras.

Ahora que ese territorio ha sido saneado y en su superficie se eleva una sólida estructura, en el horizonte de Bolívar se avista conquistas más ambiciosas. Entonces, en vez de darles a las tropas un territorio donde originalmente prometió (lo cual no cumple un fin estratégico), el Libertador les ofrece otra comarca; una que les permita proyectarse a nivel internacional.

La realidad es que en una asamblea celebrada el 2011 en el coliseo del Colegio Don Bosco el Presidente de Baisa habría prometido darle al Club Bolívar oficinas en el edificio a ser erigido en el lugar donde estaba el Gran Centro Mario Mercado. Eso fue antes de que todas y cada una de las piezas de la estrategia estuviesen claras. La estrategia ahora debe adaptarse a las necesidades concretas. Una necesidad real es que las oficinas del Club Bolívar estén en el lugar donde se planea construir un club social y deportivo, además de una urbanización y centro de alto rendimiento.

Evidentemente, Baisa no es dueño del Club Bolívar. Tan solo fue su Libertador (de deudas). Pero la historia nos enseña la moneda con la que pagaron a Simón Bolívar por su excelente gestión. Otro caso similar se gesta al interior del Partido Demócrata Cristiano, siglas que el 2013 abarcaban menos de cinco mil personas. Ahora que el PDC conquista a casi medio millón de sufragistas, los “verdaderos” dueños del partido saltan a la cancha, para hacer usufructo de una gestión que no les pertenece.

Más allá de la astucia criolla, el meollo del asunto es nuestra capacidad de adaptación. La receta keynesiana de activar la economía en el corto plazo, incrementando el gasto presupuestario del Estado, para crear un efecto multiplicador mediante el incremento en la demanda agregada, no es una estrategia sostenible. Utilizar la política fiscal para reactivar una economía en recesión es una estrategia coyuntural. El keynesianismo populista, sin embargo, pretende convertir el gasto público en una estrategia de largo plazo.  

Cuando un periodista increpó a Keynes por cambiar de posición, él le contestó: “Cuando mi información cambia, yo altero mi conclusión. ¿Qué hace usted, señor?” Existe gran presión social sobre Morales para seguir implementando en políticas públicas la retórica socialista con la que se catapultó al poder. En realidad, nubes en el horizonte señalan la necesidad de conducir la nave del Estado hacia mayor responsabilidad fiscal y reglas de la economía de mercado.

El liderazgo de Evo, Marcelo y Tuto requiere ser flexible a la hora de modificar estrategias y definir objetivos. Las tropas, sin embargo, responden a intereses personales, mezquinos y de corto plazo. El líder, por ende, debe ultimar su capacidad de conquistar la visión egoísta de aquellas huestes incapaces de entender que las condiciones en el terreno a veces cambian.

Keynes solía decir que los mercados pueden mantenerse irracionales más tiempo de que pueden mantenerse solventes. Si el Club Bolívar prefiere “pájaro en mano”, su solvencia de largo plazo podría verse comprometida. Dudo que Claure premie una actitud cortoplacista e irracional inyectando al club más de su propio dinero. Lo propio puede suceder con el PDC, donde el afán de protagonismo de unos cuantos puede lograr que el partido retroceda a su nivel normal el 2019.


Si la economía nacional se contrae, pero seguimos derrochando tesoro en gallinazo, la solvencia de Bolivia también podría sufrir. Si conquistar una crisis requiere hacer a un lado el dogmatismo, ¿debe el líder decepcionar a las tropas al cambiar de estrategia? ¡Simón!  

lunes, 3 de noviembre de 2014

Segunda Serpiente

A un militar le enseñan a matar. No obstante su objetivo mortal, la institución castrense se rige bajo estándares de ética que norman el acto de quitarle la vida al otro en el marco de un conflicto armado. Por muy violenta su profesión, los soldados deben rendir cuentas ante la sociedad cuando actúan fuera del marco establecido y acordado por la comunidad de naciones.

Otro marco ético controversial es aquel que rige al mundo de los negocios. Para triunfar en el mercado, algunos empresarios sienten la necesidad de pisotear al otro. Si bien esa relación obrero-patronal lentamente se transforma a una relación basada en la interdependencia (y no la explotación), el mandamás debe ser capaz de conciliar el sueño sabiendo que sus subordinados apenas satisfacen las necesidades básicas en su hogar.

Aquel soldado o empresario a quien le tiemble el pulso a la hora de conquistar, matar o eliminar la competencia, posiblemente sea quien muerda el polvo.

La ética en la medicina es otro tema con el cual la sociedad boliviana parece no dar pie con bola. Al igual que el soldado, el médico debe convivir con la muerte, por lo que desarrolla un grueso callo en las paredes de su corazón. La diferencia, sin embargo, es que este último no está en el negocio de eliminar a nadie.

Un médico ve mucha muerte y sufrimiento. Al principio el dolor ajeno tal vez invade su alma y cause insomnio. Es comprensible que adquirir cierto grado de indiferencia sea importante para cumplir con su labor. De hecho, en algunos países las normas le prohíben operar a un familiar cercano. Pero una cosa es forjar insensibilidad en nombre de su voto hipocrático y otra muy diferente es ser hipócrita con su voto de velar por el bien de los enfermos

Nuevas generaciones entienden el vacío normativo como justificativo para practicar la medicina como si fuesen mecánicos. En Bolivia existe un nivel de impunidad hacia los médicos que raya en el escándalo. Cuando un individuo no tiene un incentivo para sacrificar su tiempo y esfuerzo, difícilmente va a invertir su juventud estudiando. Pero cuando no existe un desincentivo que obligue a sostener una conducta ética, con seguridad que ese individuo también hará lo que le da la gana.

El marco normativo que rige la conducta de un médico en Bolivia es precario, por decir poco. La indiferencia que ejercen algunos médicos raya en el maltrato. Si bien la ley no debería solo encontrar culpables y es necesario mejorar las condiciones laborales de nuestro médicos y sus herramientas de trabaja, y si bien no se trata de favorecer al Colegio de Abogados e incrementar el costo de la medicina, tampoco debería existir absoluta impunidad.

El símbolo de la medicina es el bastón de Esculapio, uno de los dioses de la medicina, que practicó la medicina con profundo sentido humanista. La serpiente enrollada supuestamente manifiesta la relación desinteresada de un médico con los pacientes. En otros países se ha agregado una segunda serpiente, desvirtuando la simbología original. Las dos serpientes en un bastón (caduceo) representan a Mercurio o Hermes, considerado en la mitología romana el dios del comercio, tráfico y comercio en general, 

El Colegio Médico de Bolivia luce un escudo con solo una serpiente enrollada. La mayor parte de sus miembros honran su profesión con una ética y espíritu de servicio impecable. Pero en la medida que siga existiendo un vacío legal y persista la impunidad hacia las malas prácticas, los malos hábitos y conductas extraviadas de ética seguirán enrollándose en camas de hospitales, cual segunda serpiente.


No se trata de criminalizar la profesión médica, se trata de normar un voto hipocrático que - en demasiados casos - parece solo enrollarse en palabras que salen de su mal remunerada lengua el día que por fin se gradúan. Su servicio y sacrificio es invaluable. Pero aquellos que juegan con la vida y dolor ajeno también deberían rendir mínimas cuentas a la sociedad. 

lunes, 6 de octubre de 2014

Misa Crítica

Cuando un mono lavó su camote en una isla japonesa, dio lugar a una revolución cultural. Sucedió en 1958, durante un experimento científico que consistía en arrojar camotes en la arena. De pronto, a un macaco se le ocurrió lavar el tubérculo. Su conducta fue imitada por otro mono, luego por otro, hasta llegar a la masa crítica. Cuando varios macacos de la isla de Koshima entendieron que lavar el camote era una forma más sabrosa de engullir calorías, la conducta pasó a formar parte de su arsenal cultural.

Después del centésimo macaco que lavo su comida, todos empezaron a degustar camotes dulces sin retrogusto a trocitos rocosos de sal. En el caso de los seres humanos, repetimos conductas destructivas sin importar el resultado. Para nuestra especie, la “masa crítica” funciona bien en el mercado de consumo, donde aprendemos rápidamente a degustar de la última moda. Pero cuando se trata de conductas que contribuyan al bien común, nuestra cultura milenaria se convierte fácilmente en individualista, egoísta e irresponsable.

¿Cooperar no botando basura? Para qué, ¡si es solo un pedacito de papel! Cuando millones tiran un pequeño papelito, se transforma en un gran tapón que, de darse una tormenta de granizo como la del 2002, puede causar otra tragedia. Tal vez sea un residuo del neoliberalismo pero, sin importar las consecuencias, el citadino se niega a cooperar con los demás. De boca para afuera es un ser comunitario. Su conducta, sin embargo, demuestra que se avoca a su interés personal.

En la isla de la zona sur de La Paz, barrio de todo estrato social, la Alcaldía ha creado (sin pensar) su propio experimento. Debido al reordenamiento vehicular recientemente implementado, una de las salidas de Achumani es a través de la calle 20 de Calacoto, donde se instaló un semáforo para que el tráfico pueda cruzar de Este a Oeste la avenida Ballivian.

Los transportistas protestaron que el semáforo de la calle 20 les perjudica. Cediendo al chantaje sindical, la regulación tecnológica del tráfico fue cancelada. No obstante la actual libertad de transitar por esa intersección de manera irrestricta, se observa choferes que disminuyen la velocidad, permitiendo que los que vienen de Achumani crucen delante de ellos.

Al igual que los macacos aprendieron a lavar sus camotes, es posible que los conductores aprendan a cooperar, para así agilizar el tráfico. Reemplazar el semáforo de la calle 20 con la cortesía de permitir que fluya el tráfico, es una manera de aportar al bien común. Porque cuando se bloquea una intersección para ganar 20 segundos, aquellos coches que pretenden cruzar dicha intersección pierden minutos. Y cuando vamos sumando los minutos, el bloquear intersecciones causa un círculo vicioso.

La “ventajita” de bloquear la intersección hace creer que ganamos 20 segundos. La mezquindad, sin embargo, resulta inútil. Al igual que el pedacito de papel que tiramos se acumula, cuando todos bloquean su respectiva intersección, construimos un tapón en todas las calles, lo cual nos hace a todos perder horas.

Bloquear una intersección es egoísmo; un acto mezquino, irracional y cortoplacista. No bloquear una intersección es un acto de interés personal, porque promueve la cooperación y aporta al bien común. Muchos hablan en contra el egoísmo, como si estuviesen en una cruzada medieval. A la hora de ejercer su “patriotismo”, sin embargo, tiran basura a la calle y bloquean intersecciones. Con seguridad no entienden la diferencia entre egoísmo e interés personal.   


Muchos fieles del poder disfrutan la moda del “comunitarismo”. Pero cuando actúan, piensan solo en ellos. Afortunadamente la necesidad es la madre de la colaboración. Cuando la urbe crece, se necesita de más que rituales cristianos o demagogia socialista; se requiere ejercer las bondades de la cooperación. Lo fácil es llenarse la boca de votos de hermandad y solidaridad; lo difícil es ejercer en las calles (y por interés personal) el compromiso de colaborar con los demás.

martes, 23 de septiembre de 2014

Bien Vivo

Un buen barómetro de la evolución social es el trato a los animales. Mientras más primitiva una cultura, mayor el grado de crueldad ejercido cotidianamente sobre indefensas criaturas. Rasgarse las vestiduras, sin embargo, no cambia nada. La evolución es lenta. Es por ello que recién el año 2114 se estudiará en el Congreso Nacional la creación de una Unidad de Protección de Animales, dotada de un buen presupuesto y autoridad legal para enjuiciar casos de abuso y descuido negligente de mascotas.

Leyes que protejan a los animales no se aplican. Leyes que hagan responsables a dueños de mascotas que infligen daños a terceros también quedaron en la anécdota. Más allá de gran indignación ocasionado por Rosalia, una niña destrozada por unos rottweilers, el marco legal y aplicación de la norma sigue casi igual. Vivimos en un limbo de rabia intermitente, piojos viajeros y un coro de ladridos que acurrucan la Plaza Murillo.

Nos parecerá hasta ridículo que el ADN (código genético) de un sabueso deba estar registrado en una base de datos, que permita identificar el propietario del cachorro que dejó en la calle un fétido recuerdo vaporoso. En otras latitudes, en cambio, si un perro se sienta y el dueño no levanta, un agente recogerá y analizarán las heces, encontrarán al dueño, y éste recibirá una multa por ensuciar la vía pública. En sociedades capitalistas, el Estado regula la tenencia y trato de animales domésticos (a la vez que permite torturar gallinas enjauladas y vacas en el matadero).

De vuelta al rancho, en la ciudad de La Paz, allá donde los límites de la urbe se tropiezan con huertas y granjas, hay quienes lucran a costa de los vacios legales en los que habitan nuestros animales. Cuenta la anécdota que un granjero que cría chanchos tiene un corral cerca a un camino cuyo tráfico se ha multiplicado en los últimos años. Cuando pasa a pie un individuo de perfil urbano, el granjero amenaza con matar a un perro, que junto a los cerdos retoza impávidamente dentro el corral.

Al perro se lo acusa de haberse comido un chancho. No falta un amante de los animales que se apiada del perro y paga su rescate (según la leyenda, de hasta Bs. 2.000). Lo que el insospechado humanista no sabe es que el perro es propiedad del granjero, quien lo utiliza de carnada para extorsionar a filántropos con ingresos disponibles.

Moraleja: mientras criticamos el neoliberalismo ajeno, en Bolivia hay libre mercado no solo para ropa usada, autos chutos, coca inmasticable, mercados informales y partes robadas. El neoliberalismo boliviano también aplica a esa otra propiedad privada, con la que podemos hacer lo que nos venga en gana, libres de toda regulación: nuestros animales. Aquí matar un perro es casi un derecho a la libre  expresión.

Hablando de vacios legales, en el mundo de las finanzas se debate hasta qué punto la regulación bancaria evita que codiciosos especuladores pongan en jaque al sistema una vez más vendiendo bonos chatarra, y hasta qué punto las regulaciones sofocan la recuperación económica global. El tema es uno de equilibrio, o efecto “la sopa de Ricitos de Oro”: ni tan caliente que queme la lengua, ni tan fría que pierda su sabor.

La conducta del granjero, en todo caso, tiene algo en común con la del banquero: obedece a incentivos/desincentivos. El granjero (al igual que el banquero) es bien vivo: identifica una oportunidad de hacer dinero. Si su amenaza de matar a su propio perro no encuentra obstáculo alguno en normas legales o una Unidad de Protección de Animales, entonces le mete no más.


Los valores son importantes, pero no son la única herramienta para transformar la conducta. El individuo actúa de manera racional, por lo que también obedece a castigos por parte del Estado e incentivos por parte del mercado. Pero en vez de buscar equilibrios entre estatismo y economía de mercado, es más popular rasgarse las vestiduras. Con razón que en vez de crear complementos, preferimos seguir no más viviendo bien felices con este y con el otro animal.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Secuela de Escuela Patriarcal

Todos odian y reproducen a la vez el patriarcado. Suponen que su génesis es la Revolución Industrial, cuando la sociedad se liberaba del yugo de reyes. El patriarcado, sin embargo, data de mucho tiempo atrás. Solamente en la maquinita productora de demagogia populista (que algunos confunden con cerebro), es concebible promulgar que el patriarcado es producto del capitalismo.

La diosa de la fertilidad, de fases lunares y buenas semillas, fue reemplazada por el dios de la guerra. De vivir en pequeñas comunidades agrarias, las tribus entraron en una vorágine de acumulación territorial. La comprensión de ciclos y don de dar a luz femenina, fue opacada por la capacidad masculina de quitarla. Las sociedades de la antigüedad eran equilibrios inestables, en las que la disciplina, obediencia y verticalidad era cuestión de supervivencia. Las crisis políticas eran el pan de cada día: no había lugar para la intriga o traición.

Sin grabadoras para desprestigiar al oponente político (ni medios para socializarla), las jerarquías en la antigüedad se mantenían al precio de sangre. Con el tiempo, el caudillo (patriarca) se hizo más sofisticado. En vez de cabezas sobre una estaca, perfeccionó los mecanismos de control social. De esa manera, de ser una institución diseñada para imponer orden en la familia (y control de la sexualidad femenina), el patriarcado evolucionó a una institución que impone orden social. El padre se convirtió en Estado.

El patriarcado es una forma adicional de imponer orden social. Hoy resulta difícil diferenciar entre las relaciones sociales sexo–políticas (que marcan jerarquía de género), de relaciones de poder (que marcan jerarquía, pura y simple). El Estado (patriarca) se adscribe el monopolio al uso de la violencia, es quien cobra impuestos y quita nuestra libertad por transgresiones a la ley.

El miedo a la traición de eras pasadas se ha convertido en el miedo al engaño ciudadano. Naciones verticales, tierra de caudillos, intentan disuadir la evasión del deber mediante una maraña de leyes. La burocracia debe controlar la conducta y limitar la capacidad del ciudadano de alterar el orden político. Juicios eternos y leyes antiterroristas, vigilancia a las transacciones financieras, secuestro de tuiciones del Poder Judicial para controlar contratos privados; todas son maneras de ejercer la paranoia patriarcal, cortando tan solo figurativamente cabezas.

La diferencia entre una sociedad de patriarcas, vertical y proto-fascista, y una sociedad democrática, de iguales y horizontal, es la cantidad de normas, leyes y represión necesaria para que el ciudadano actúe idóneamente. Cuando el Estado no confía en sus ciudadanos, debe sofocar la iniciativa personal, controlar las transacciones, escudriñar sus conductas. Cuando los principios básicos permiten el marco de valores esenciales, el individuo puede actuar con mayor grado de libertad en su afán de contribuir al bien común.

En Estados proto-fascistas, el gobernante usa una maraña de normas constitucionales para imponer su concepto de justicia, aquello que merece castigo y valores que todos debemos enarbolar. En un Estado liberal, la Constitución establece principios básicos y el individuo debe obedecer el espíritu de la ley (no el discrecional antojo del patriarca).

En ambos casos, el Estado debe imponer castigos a quienes violan la ley. En el primer modelo el marido se permite bailar bolero con la esposa del amigo, pero luego le recrimina a la esposa por bailar sola frente al espejo. En el segundo modelo, ambos son libres de expresarse al son de la música: lo que importa es el compromiso entre ellos de no lastimar ni portarse mal.

Cualquiera sea el modelo político, los principios, normas y valores se vuelven con frecuencia una excusa para ejercer dominio sobre los demás. Lo único predecible es la doble moral de hijos e hijas del patriarca; secuela de ser parte de una misma escuela. Pero en cuanto a un Estado machista se refiere, temo que el modelo estatista es más machista que la democracia liberal.


martes, 2 de septiembre de 2014

Inversión de Roles

El rey de la hamburguesa es Jorge Paulo Lemann, un brasileño, co-fundador de 3G, el holding dueño de Burguer King. La sede de esta cadena de restaurantes abandona EE.UU y se muda al Canadá. El éxodo que emprenden empresas norteamericanas de su propia patria, supuestamente suelo über-capitalista, es la nueva forma de evadir impuestos; una estrategia que el Presidente Obama ha llamado “anti-patriótica” (“vendepatria” en nuestro argot).

En EE.UU., el código fiscal obliga a Burguer King pagar impuestos sobre ingresos por ganancias obtenidas en Bolivia. Por ende, los 18.000 restaurantes en 100 naciones – con sede ahora en Canadá – tendrían que pagar más impuestos si su sede todavía fuese Florida, en vez de Ontario. La actual regulación fiscal conduce a muchas empresas norteamericanas a buscar refugio en el extranjero. 

El rol de vecino cuasi-socialista, con un régimen fiscal poco atractivo, solía ser para Canadá. Los papeles se han invertido y ahora EE.UU. es el vecino que desincentiva la creación de empleos. En los últimos 3 años, 22 empresas norteamericanas se han mudado al exterior. Otra reversión de roles es la que intenta realizar el nuevo primer ministro de India, Narendra Modi quien, como gobernador del estado de Gujarat durante 12 años, logró instituir un clima de negocios atractivo para la inversión privada.

La economía India sufre de una estanflación, producto de altos niveles de burocracia, corrupción e incompetencia, lo cual llevó a las empresas privadas a reducir sus inversiones a la mitad. La infraestructura en India está décadas detrás de la China; casi 90% de la economía es informal y su sector industrial de manufactura tan solo aporta el 11% del empleo. Las finanzas del Gobierno indio sufren del hecho que solamente el 3% pagan impuestos. El reto es grande y Modi ha decretado el rumbo: “India necesita menos gobierno y más gobernanza”.

El renacimiento indio de Modi requiere sanear las finanzas públicas e incentivar el intercambio comercial con sus vecinos, incluyendo su enemigo histórico, Paquistán. Los japoneses y coreanos tienen su vista puesta en India, donde prefieren invertir, en lugar de China. En vez de incrementar impuestos y desincentivar la inversión, India pretende (al igual que Canadá) expandir la base de empresas e individuos que contribuyan con sus tributos al desarrollo nacional.

Mientras los indios y canadienses invierten su rol cuasi-socialista, en Bolivia el sector industrial, empresarial y energético empieza a sentir las consecuencias de la ausencia de inversión privada. Los actuales paliativos tan solo retrasarán las inevitables reformas, que llegarán solo cuando el agua llegue al cuello. Al comunismo europeo, después de todo, le tomó más de 50 años entender las limitaciones del estatismo. Pero en lugar de alentar una reforma a las políticas de subsidio a los hidrocarburos, la oposición se deleita con acosar al Gobierno por su gradual “sinceramiento” de la economía.

A un par de meses de elecciones nacionales, el debate en Bolivia se enfoca en el “machismo”, un mal compartido a lo largo y ancho de clases, etnias, políticos y hombres con y sin poder. Entretenidos todos los políticos  con desprestigiar al oponente, el sutil acoso a pequeños empresarios, actualmente asfixiados con leyes y regulaciones, pasa desapercibido. Ignoramos el hecho que, en cuanto a clima de negocios, Bolivia ocupa en el mundo el puesto 162 (apenas dos por encima de Afganistán).


La alevosa doble moral no resuelve un problema estructural: una alarmante incidencia de violencia contra la mujer. Y si debatir sobre el machismo y sus fatales vicisitudes es fundamental, tampoco debemos olvidar el acoso a bolivianas, que sufren de la maraña burocrática; empresarias que quieren vivir de su trabajo honesto, pero que deben ceder al sector informal su rol como motor del empleo. El Estado tal vez quiere asumir el rol de la empresa más grande. Pero es al sector informal a quien se le permite - libre de impuestos y regulación - ejercer a su antojo el papel de nuestro mayor patrón.