viernes, 11 de abril de 2014

La Gran Historia

Símbolo del colonialismo salvaje, la explotación minera del Cerro Rico de Potosí bañó de sangre y dolor el extractivismo español. Siglos después, continúa nuestra lucha por liberarnos de capitales extranjeros que – en posible contubernio con cooperativistas – pretenden seguir  extrayendo riquezas del subsuelo. Resulta difícil sacudirnos del yugo foráneo cuando la inversión extranjera interpone su feo antifaz capitalista a nuestros mejores deseos revolucionarios de autosuficiencia.

Los medios de comunicación internacional también arremeten contra nuestra psique, al contar una benevolente historia de la explotación foránea de metales escupidos por volcanes andinos. En una desfachatada narrativa impregnada de colonialismo cultural, History Channel intenta purgar pecados occidentales al vender a nuestra juventud la idea que Bolivia fue percutor del proceso de globalización. Con un optimismo que seguramente ofenderá a los detractores del proceso de integración de los mercados, la narrativa purifica de sus atrocidades la ocupación colonial de naciones asiáticas por parte de potencias occidentales al pintar el comercio entre España y China como antesala necesaria para romper con las barreras que dividían a Oriente y Occidente.

El documental La Gran Historia muestra que las condiciones de intercambio comercial en el siglo XIX eran impuestas por buques de guerra. En la Guerra del Opio, por ejemplo, buques de guerra ingleses arremetieron contra ciudades chinas para castigar el intento de imponer soberanía en esa gran nación. Pero para History Channel pareciera que la sangre derramada por culturas ancestrales valió la pena, con tal de permitir hoy meter más dinero en bolsillos los llamados Tigres del Asia.

No podemos ignorar las injusticias del colonialismo del siglo XIX. Tampoco podemos ignorar el hecho que China es nuevamente una potencia militar y económica. Lejos han quedado las épocas cuando la diplomacia del cañón podía intimidar a este ancestral Dragón. Las condiciones en las cuales se lleva a cabo el intercambio comercial indudablemente han cambiado. Al igual que es necesario recordar el cruel precio de la historia, debemos reconocer los grandes avances en materia económica del siglo XXI.

Hoy emergen nuevas asimetrías y maneras de explotar a los más débiles. El colonialismo asume formas más sutiles: hay menos buques de guerra, más inversión extranjera. El mundo cambia, la lucha por la plata se vuelve más civilizada. Para tomar ventaja de las nuevas reglas de juego, los países adaptan sus estrategias de desarrollo. Por ejemplo, en vez de estancar el psique el sometimiento del ayer, Perú se abre a la industrialización e intercambia agresivamente el producto de su sudor con economías del Pacífico. En contraste, pareciera que nosotros preferimos lamentar la sangre derramada en Potosí y pillaje de nuestra plata por España, para despertar un repudio visceral a la inversión extranjera mediante nuestra propia manipulada narrativa de la globalización.

Una herramienta es útil, como lo es potencialmente peligrosa a la vez. El intelecto puede conducir al ser humano objetivar la existencia; el sexo a denigrar a la psique; la tecnología a contaminar el medio ambiente. Pero el intelecto puede coadyuvar la cooperación entre hermanos, el sexo puede sublimarse en amor y la tecnología libera al ser humano de la esclavitud de la subsistencia.

El dinero es una herramienta. La estabilidad de los mercados, por ejemplo, obliga a Rusia y EE.UU. a extenuar esfuerzos para evitar un potencial conflicto bélico. El intercambio comercial y de inversiones conduce a Japón y EE.UU., Alemania y Francia, China y Taiwán cerrar el pasado cruel y llevar el presente a foja cero. A su vez, empresas que usufructúan de la mano de obra de niños son castigadas en las redes sociales. Las que contaminan, desenmascaradas. Las que corrompen a gobiernos castigadas por la ley. El sistema necesita seguir perfeccionándose y aun existe impunidad. Pero el dinero, aquella herramienta que puede ocasionar tanto mal, también obliga a ser humano a crear condiciones de justicia. Aquellos incapaces de ver el potencial para el bien de esta herramienta tal vez han sido cegados por demasiada ideología y esoterismo medieval.

Un niño que hereda una fortuna sin arriesgar o ensuciar su colorida camisa puede darse el lujo de despilfarrar la fortuna familiar, a la vez que condena la avaricia de sus burgueses antepasados. Cuando le toca al niño dirigir el destino de la familia, el facilismo de su sueldo rentista le permite derrochar monedas, a la vez que menosprecia los factores que permitieron acumular su actual riqueza.  Observamos como naciones que heredan de la Pachamama grandes riquezas se comportan de manera diferente de aquellas menos agraciadas, que deben crear condiciones para que su pueblo tenga acceso a trabajo, educación y salud. Crear condiciones para la inversión extranjera, por ejemplo, es un ejercicio diferente que empecinarse con espantarla. Incluso Cuba hoy entiende que debe transformar su economía para recibir capitales extranjeros.

España conquistó América. Los incas conquistaron a los aimaras. El circulo vicioso de colonialismo y conquista mediante la violencia gradualmente da lugar a un intercambio y  competencia un poco más civilizada. Ello no quiere decir que se haya eliminado la injusticia, o que grandes potencias no puedan todavía imponer condiciones a la fuerza. Hay que legislar un marco que impida futuros abusos. Pero estigmatizar en la mente del pueblo a la inversión extranjera no coadyuva a eliminar la pobreza y es arma de doble filo.

El precio de la historia ha sido cruel. Cruel, sin embargo, también es postrar a un pueblo a las dadivas de un Estado extractivista, simplemente porque la psique de los poderosos  es incapaz de  entender que el capital también trae beneficios, incluso cuando es extranjero. Los cooperativistas deben pagar un impuesto justo, no deben contaminar, explotar a los mineros o imponer legislación antojadiza. Ese no es el punto.


La gran historia es que por razones electorales algunos operadores políticos pretenden complicar el avance de una seguridad jurídica, factor elemental para crear empleos a través de la inversión. Obstaculizar les resulta fácil, porque aquellos que satanizan la acumulación del capital, seguridad jurídica e inversión extranjera reciben jugosos sueldos por su arte de “pensar”, dinero que proviene del sudor del pueblo. La explotación, después de todo, tiene más de un antifaz. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Proceso de Cambio Climático


La hueste de empresarios paceños que migran a Santa Cruz es bastante más nutrida que la que llegó de esa región a La Paz. Pocos empresarios cruceños hacen de La Paz su nuevo hogar. Tal vez se deba a que prefieren climas más benignos o a que el clima de negocios en La Paz no es muy amistoso hacia los de estirpe ambiciosa, sin importar la proveniencia del mercenario del capital. Hay sanas excepciones, pero mientras no tengamos evidencia empírica tan sólo podemos especular.


Precisamente, para evitar la especulación, en Venezuela se implementan medidas draconianas diseñadas para revertir la espiral inflacionaria en la cual cae su economía. Con firmeza y convicción estatista/revolucionaria, el presidente Maduro declaró que en Venezuela se impondría "un nuevo orden económico para invertir las divisas de nuestra patria en el desarrollo socioeconómico y en el crecimiento de la economía real”.

Ahora se desdoblarán los dólares que provienen de las exportaciones de petróleo para evitar que los empresarios adquieran dólares del Estado a un precio por debajo del mercado, para luego jugar inescrupulosamente a la oferta y la demanda.

Otra nación que debe lidiar con los cambios climáticos en su economía es Argentina, también víctima de la racionalidad corrupta de aquellos que primero velan por su propia economía. Nuestros vecinos se ven obligados a devaluar su moneda como única opción para frenar una crisis en deterioro.

Y mientras economistas, politólogos y toda estirpe de pensadores bien intencionados intentan encontrar justificaciones y soluciones para salir del atolladero, existe una certeza: en 2014 tendremos evidencia empírica irrefutable de los alcances del modelo socialista del siglo XXI para salir de una crisis fiscal.

En contraste con las lluvias que arremeten contra el continente debido al cambio de clima, el cambio de clima de negocios resulta en una sequía de inversión directa de capitales extranjeros. Si bien la supuesta autosuficiencia de nuestra economía se vende como un gran logro revolucionario, necesitamos más empresarios que paguen impuestos, contraten trabajadores y compren insumos necesarios en un proceso productivo. Aquellos empresarios que asumen la carga fiscal con la que se pagan nuevos puestos de trabajo creados por la burocracia estatal están al límite de su capacidad de esgrimir recursos.


En ese sentido, se discute una Ley de Inversiones que habrá de dictar el futuro clima de negocios que tendrá nuestro país. Por el momento, la retórica oficial y algunas prácticas políticas han cambiado el clima de negocios en Bolivia en uno inestable. Esta ambigüedad contrasta con la estabilidad político-institucional del modelo que impresiona incluso a sus críticos más neoliberales. La pregunta que los capitalistas se harán al decidir invertir en un clima lleno de sorpresas es si seguiremos recetas estatistas, que pocos resultados han traído a Argentina y Venezuela, o si mantenemos un curso equilibrado que evite extremos climáticos.

En unos meses los ojos del mundo estarán sobre nuestra economía, cortesía de G-77 más China. La retórica oficialista, con seguridad, habrá de arremeter contra los extremos ocasionados por el cambio climático.

Esperemos que el discurso no caiga en contradicciones a la hora de crear para nuestra economía idéntica imprevisibilidad y extremos en el clima para la inversión. Pero si Venezuela y Argentina pueden solventar su tormenta inflacionaria sin necesidad de cambiar su clima de negocios, entonces no tendríamos razón para preocuparnos del clima que creamos con leyes bien intencionadas. El año 2014 nos lo dirá.

jueves, 24 de octubre de 2013

La Paz, Libia

Es ilegal conspirar para derrocar un gobierno electo constitucionalmente. Por lo menos es ilegal en democracia. En Washington D.C., sin embargo, hay un llamado apasionado para gestar la “segunda revolución Americana”. Los esfuerzos del Presidente Obama de ofrecer seguridad médica a los más necesitados (Obamacare) han despertado los más enraizados instintos capitalistas en una pequeña, pero muy vocifera minoría derechista, que son cotidianamente acusados por el oficialismo de “talibanes”, “fundamentalistas” y “terroristas”.

Debido a reivindicaciones democráticas conquistadas en revolución, un extremista de derecha (Larry Klayman) puede utilizar el pulpito de la minoría intransigente para demandar que (Obama) “deponga el Corán, salga con las manos en alto y abandone la ciudad”. Decir que Obama es musulmán es mentir,  pero es también ejercer un derecho constitucional a la libertad de expresión. Klayman tal vez ejerza un sarcasmo de mal gusto. Lo que no hace es violar la ley. Algunas libertades en  democracia amenazan nuestras sensibilidades. Ese parece ser el precio de la libertad.

El pueblo norteamericano también tiene la libertad de polarizarse al extremo de poner en peligro el bienestar del resto del planeta. En ese sentido Xinhua, la agencia de prensa estatal china, hizo un llamado a crear un mundo "desamericanizado". Si bien el Congreso norteamericano ha dado un respiro a la inminente crisis hasta el 7 de febrero de 2014, ello no resuelve el antagonismo congénito entre dos visiones contrastantes en el seno de la mayor economía del planeta.

La manzana de la discordia en el epicentro del capitalismo es precisamente el papel que debe jugar el Estado en el complejo papel de crear condiciones básicas para la productividad (redistribuir la riqueza/socializar la salud) que, según los fundamentalistas del “Tea Party” es una responsabilidad del individuo, que debe ser resuelta exclusivamente por el mercado. Obama fue elegido por una mayoría para reformar el sistema de salud; para que mediante la intervención estatal millones de ciudadanos actualmente sin seguro puedan participar -a un precio razonable- del cuidado médico.

A su vez, Obama fue elegido para poner fin a dos guerras que lograron acabar cualquier remanente de un apetito imperial por controlar las fuentes energéticas, en nombre de imponer la democracia. En ambos proyectos Obama ha encontrado dificultades a la hora de cumplir con sus promesas electorales.
En el primer caso, las normas democráticas han permitido a la vocifera minoría anti-socialista enmarcar el proyecto de reforma al sistema de salud de Washington como si EE.UU. estuviese a punto de convertirse en Cuba. En el segundo caso, el mundo árabe ha entrado en un proceso histórico que -una vez el sangriento trámite revolucionario y millones de litros de sangre apaguen fuegos autoritarios- se destronará en esa región viejas dictaduras militares.

Lo irónico de la democracia es que – casi universalmente – necesitó de sangrientas confrontaciones entre hermanos. Aquellas que recuentan las heroicas campañas que derrocaron regímenes totalitarios en el Caribe y América Latina se celebran. También se celebra la primavera de 1968, cuando una generación idealista y cansada de una modernidad al servicio de un consumismo estupefaciente y conservadurismo político, se lanzó a las calles en París, para invocar un futuro que supere las cadenas tecnológicas de una democracia funcional a las economías de escala y grandes empresas transnacionales. En ambos casos fácilmente se despierta en la juventud maravillosa un sentido de indignación hacia sistemas opresivos e intolerantes.

Pero no todas las revoluciones están de moda. La primavera árabe, por ejemplo, no ocasiona igual indignación hacia el monopolio del poder por parte de tribus que relegan a las mayorías a un poder político basado en el terror y yugo de la supremacía militar. En la indiferencia hacia la primavera árabe se observa el mismo relativismo moral que condujo incluso a las más ardientes feministas a volcar la mirada ante la agenda talibán de relegar a la mujer a su rol de madre, con su rostro cubierta de trapos, su mente inmersa en ignorancia, su inocencia arrebatada en matrimonios forzados con hombres muchos mayores. Esa indiferencia se manifiesta ahora en la indiferencia que ocasiona el ímpetu revolucionario árabe de deshacerse de gobiernos totalitarios.

Cuando la condición de la mujer en algunos resabios del más cruel patriarcado no provoca indignación moral, es comprensible que seamos incapaces de evaluar la actual situación en Libia (o Siria) con un mínimo de desprendimiento de las agendas geopolíticas que parecen dictar el contenido de nuestra conciencia. Ese territorio africano, alguna vez apéndice del colonialismo fascista italiano, tuvo cortos periodos de una monarquía constitucional. Pero después de lograr su independencia, se vio sometida al mandato de un solo hombre, que gobernó con mano dura desde una carpa beduina que transitaba errabundamente el desierto.

Ahora que la revolución Libia (apoyada por un cerco aéreo de la OTAN) ha finalmente destronado al dictador, sufre los dolores de parto que conlleva moverse de un régimen autoritario, a una incipiente democracia. En ese sentido, Libia comparte con EE.UU. algunos hitos. Este último, por ejemplo, también tuvo ayuda extranjera (Francia) cuando en 1775 luchó por abolir el yugo del monarca inglés, también tuvo épocas en la que vasta extensiones de su territorio no contaban con la presencia del Estado (viejo Oeste), incurrió en una guerra civil que costó la vida del equivalente a 7,5 millones de norteamericanos (2,5% de la población) y sufre de una polarización que induce a una minoría a tomar como rehén a la economía.

Obviamente también hay diferencias. Libia, por ejemplo, “aun no existe como Estado” (Ali Zeidan, Primer Ministro de Libia). Por ende, suponer que en Libia se puede establecer una democracia de inmediato es una ilusión. Libia no tiene experiencia democrática alguna. No obstante las diferencias, existen también coincidencias, que deberían llamar a la reflexión, incluso en este contexto de polarización que conlleva una paralización moral, donde los poderosos definen que constituye una indignación o preocupación legítima.

Debería preocuparnos que en EE.UU., al igual que en Libia, pequeños grupos fundamentalistas pongan en peligro la estabilidad nacional en nombre de sus intereses ideológicos y sectoriales. Debería preocuparnos que, incluso en la economía más poderosa del planeta, la democracia siga siendo un proyecto inconcluso, en el cual todavía se está perfeccionando los mecanismos que permiten dirimir conflictos entre grupos antagónicos dentro de un marco constitucional que respete los derechos de todos, incluyendo minorías.


La democracia no es juego fácil. En un extremo existe el peligro de una dictadura de las mayorías; en el otro, que un pequeño grupo tome de rehén la convivencia y estabilidad. Al margen de la construcción de un mundo multipolar y economía mixta, también debería preocuparnos que la democracia sucumba; o a la hegemonía de los que ganaron (con votos o fusiles), o al ímpetu de una minoría vocifera y bien organizada. Vivir en democracia, después de todo, es dirimir diferencias entre grupos e intereses antagónicos, en un marco de legalidad y civilidad, sin caer en hegemonías o anarquismos. Las naciones son una amalgama de diferentes etnias, visiones, regiones, religiones e intereses. Siempre habrá diferencias que se deben reconciliar. Por ende, ni mayorías ni minorías deben tener la prerrogativa de secuestrar la convivencia pacífica y democrática de una nación. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Jalar la Cadena

Sobre resbaladizos eslabones de la cadena de mando se desploma una estructura vertical que supuestamente brinda institucionalidad a decisiones que toma la jerarquía. Subalternos despiadados, sin embargo, conspiran, maquinan y vulneran esa cadena; para avanzar sus truculentas patrañas personales. ¡Qué frágil eres, cadena de mando!

Cuando una periodista le preguntó al Presidente de Siria el 2011 si no consideraba que sus fuerzas militares habían utilizado demasiada fuerza para reprimir a mujeres y niños que marchaban en una protesta contra su gobierno, Bashar al-Assad le contestó: “No son mis fuerzas, son fuerzas militares que pertenecen al gobierno… No me pertenecen a mí. Yo soy el Presidente. Yo no soy dueño del país, por lo tanto no son mis fuerzas”. En otras palabras, el Presidente sirio no dio la orden de masacrar a los marchistas. No hubo cadena de mando, hubo militares despiadados.

En esa entrevista (2011), al-Assad comparó el puñado de muertes de aquel entonces (aún no empezaba la guerra civil) con errores que cometen incluso sus enemigos occidentales. Como ejemplo, el presentó el caso de Guantánamo, donde militares norteamericanos cometieron actos de tortura que, argumentaba al-Assad, son actos de entusiastas individuos que no representa una política oficial del gobierno de Obama. En otras palabras, aquellos encargados de combatir el cáncer terrorista que atentan contras moros y cristianos  a veces se extralimitan en sus estrategias, lo cual constituye un error individual, no una política de Estado.

Siria hoy es el ojo del huracán y sus vientos amenazan con destruir los cimientos de una inestable paz en Oriente Medio. Una proliferación de ese conflicto pudiese tener consecuencias desestabilizadoras a nivel global. La situación en la región es un caldero de tempestades que tiene el potencial de sumir al planeta entero en una crisis cuyo desenlace nadie puede predecir. Bajo el manto de la amenaza de un petit-apocalipsis, alguien utilizó armas químicas, asesinando más de 400 niños y 1.000 adultos, cuyos últimas horas de vida fueron de dolor infernal.

Pero volviendo a la cadena de mando: No pasa desapercibido el hecho que – al romperse la cadena- se ocasionan casos de violaciones a los derechos humanos e incluso genocidio con armas químicas. El asesinato en masa de ciudadanos de cualquier rincón del planeta constituye un crimen de lesa humanidad. Difícilmente alguien se hará responsable de un acto tan cruel y despiadado. Tan solo un grupo de desquiciados podrían ufanarse de utilizar armas químicas contra niños, mujeres y ancianos.

Los auto-atentados existen. A veces un gobierno fabrica complots para descabezar al adversario. Otras veces son los grupos insurgentes los que ocasionan muertes para culpar al gobierno que pretenden derrocar. Incluso es posible que el ataque químico haya sido un “accidente”. La verdad es que es difícil comprobar quien utilizó las armas químicas en Damasco. De lo que no queda duda es que tal ataque sí ocurrió y que mujeres, niños y ancianos agonizaron durante horas, para morir de una manera inimaginablemente dolorosa. Pero ellos no son las únicas víctimas de este conflicto: victima también es nuestro compás moral.

El recién electo Presidente de Irán, por ejemplo, no tuvo tal confusión e inmediatamente condenó los ataques. En su cuenta de Twitter, Hassan Rouhani dijo que su gobierno “condena categóricamente el uso de armas químicas en Siria” y urgió a las Naciones Unidas a “utilizar toda su fuerza” para evitar nuevos ataques. El Presidente iraní no estaba criticando a su aliado sirio; tan solo expresaba el sentimiento de su pueblo, que fue también atacado por armas químicas cuando Saddam Hussein desató una guerra infernal contra Irán en una guerra que costó más de un millón de vidas. Esa experiencia permite al pueblo iraní apuntar su brújula moral hacia la indignación, una experiencia  tangible de estos horrores que el resto de los mortales lamentablemente no tenemos.

Aquellos que no hemos visto a un hermano, hija o esposo retorcerse en espasmos, su boca espetando espuma y sus pulmones ardiendo de dolor, debemos remitirnos a abstracciones que limitan nuestro grado de indignación. Antes de activar nuestro sentido de empatía, parece que debemos realizar cálculos geopolíticos, que nos permita dar prioridad a nuestro sentido de indignación que nos provoca la existencia de una “policía global”, por encima del crimen cometido.

El auto-proclamado juez-policía del planeta puede interpretar mal la evidencia cuando condena a Siria a una represalia militar. Las Naciones Unidas pueden quedar atadas de manos por consideraciones políticas de algunos miembros del Consejo de Seguridad. También es posible que nunca sepamos quien cometió el crimen, que jamás se aplique la ley internacional y que los culpables se beneficien de una burlesca impunidad. Pero ese no es el punto. El punto es que alguien ha asesinado cruelmente a más de 1.400 personas y -ante este horror- nuestro sentido de indignación se mantuvo durante una semana en suspenso, sin que el horror de lesa humanidad active inmediatamente nuestra condena moral ante el acto (sin acusar a nadie). 

No somos culpables de una doble moral; somos víctimas de un software prehistórico (afinado en la era medieval). Somos víctimas de una cosmovisión binaria, maniquea, reduccionista; que se especializa en entender el mundo en blanco y negro; a dividir el mundo en “amigos”-“enemigos”. El software no respeta ideología o clase social: moros y cristianos, oficialistas y oposición, todos utilizamos el mismo lente; utilizamos una manera de procesar la información  que somete a nuestro espíritu a los dictados de una cultura 2.0.

La cultura universal 2.0 tiene mil manifestaciones, pero en el fondo sigue atrapada en un estadio (etapa evolutiva) arraigado en el pasado tribal de la cultura 1.0. Nuestro sentido de indignación, por lo tanto, primero sopesa las consecuencias políticas y calcula como nos afectaría la aplicación de un principio cuando el supuesto criminal es un “amigo”. Si el criminal es enemigo, entonces la indignación se activa inmediatamente (sin necesidad de evidencia); pero si el sospechoso de una brutal fechoría pudiese ser un “amigo”, entonces la indignación se suspende en un aire de inmoral indiferencia.


Las cadenas de mando se quiebran cuando así lo considera funcional la jerarquía. Pero son las cadenas de una mente tribal - una mente politizada y sumida a las dinámicas del poder - las que debe romper una humanidad 3.0. La humanidad 2.0 se encuentra en el umbral de una cosmovisión integral, cuyo futuro compás moral se fundamentará en principios, no intereses personales o sectoriales. La mente, sin embargo,  sigue encadenada a una visión tribal e ideológica  que solo puede ver “buenos” y “malos” y le corresponderá a la próxima generación por fin jalar esa cadena.

viernes, 26 de julio de 2013

Imperialismo Feminista

En la era colonial, hombres obligados a aceptar su inferioridad eran encadenados con lazos invisibles. Sus mentes atadas por el miedo y la superstición, los invasores prohibieron a nuestros antepasados recibir una educación. La lucha contra un poder sustentado en la ignorancia es hoy celebrada por casi toda la humanidad. Todavía existen, sin embargo, quienes añoran el privilegio de someter millones negándoles la libertad de educarse. La lucha en contra la igualdad de la mujer de los talibanes, por ejemplo, es una lucha declarada. Los talibanes celebran abiertamente haberle disparado a Malala, una niña de 14 años, cuya cabeza se cubrió de sangre por el atrevimiento de predicar que las mujeres tienen el mismo derecho de asistir a una escuela.

Un año después, su cabeza cubierta por la misma manta que uso en vida Benazir Bhutto,  Primer Ministro de Paquistán asesinada por terroristas, Malala habló en una reunión de las Naciones Unidas: “Declaremos entonces nuestra gloriosa lucha en contra del analfabetismo, pobreza y terrorismo – levantemos nuestros libros y nuestros lápices, que son nuestras armas más poderosas”. El terrorismo, aquel cáncer que colocó una bomba en frente de la casa de un cardenal boliviano, creando un pánico que hasta hoy perdura, ha cegado cientos de vidas de niñas inocentes simplemente por su descaro de querer leer y escribir. Al declarar una lucha en contra del terrorismo, la voz de Malala se une a la voz de más de un pueblo que combate aquellos que pretenden imponer sus valores y agendas a base del miedo.

El terrorismo es un tema complejo; las tácticas que utilizan algunos Estados para combatirlo a veces cuestionables y en contrasentido del Estado de Derecho. En Siria, por ejemplo, el Gobierno de Bashar al-Assad se ve obligado a torturar y asesinar a niños y mujeres en nombre de su lucha en contra el terrorismo. Al no unir nuestra voz de protesta al de la comunidad internacional, el pueblo boliviano implícitamente acepta como legitimas las prácticas anti-terroristas utilizadas por una minoría chiita contra la mayoría suni. Aplicar algoritmos a bases de datos de llamadas telefónicas (sin escuchar su contenido) para determinar patrones de llamadas posiblemente relacionadas a complots terroristas, sin embargo, nos parece una violación de la privacidad, lo cual nos ocasiona profunda indignación.

Bashar al-Assad, presidente de Siria, aplaudió el golpe de Estado en Egipto como una caída del “islam político”. El gobierno islámico de Morsy, aliado del gobierno islamista de Turquía, había realizado un llamado para la unidad de la oposición siria. Paralizado nuestro sentido ético de defender siempre principios democráticos, no pudimos pronunciarnos sobre el golpe de Estado asestado en contra de un enemigo (Morsy) de un amigo (Siria) de nuestro amigo (Irán); de igual manera que durante una década hemos suspendido nuestro sentido de indignación en contra de la agenda de los talibanes, porque debemos primero obedecer el principio de no censurar al enemigo de nuestro enemigo.

La afgana Sahar  Gul fue forzada a sus 12 años a desposar un hombre mucho mayor. Su inocencia fue interpretada como un acto de provocación. En represalia, la familia la golpeó al borde de la muerte y arrancó sus pequeñas uñas. La semana pasada un juez de la Corte Suprema Afgana puso en libertad a los tres familiares que habían sido sentenciados por intento de asesinato, después de cumplir apenas un año de su condena. Los derechos de Sahar parece serán nuevamente mancillados si el parlamento afgano pasa una legislación que limita los testimonios de testigos en casos de violación y violencia domestica.

En una sociedad patriarcal que menosprecia el aporte de la mujer, prácticas ancestrales conducen a muchos padres a asesinar a niñas recién nacidas en Afganistán. Tal pudo haber sido el caso de Fawzia Koofi. Cuando Fawzia era un bebé, sus padres la abandonaron bajo un sol ardiente. Afortunadamente, los padres recapacitaron y no la dejaron morir. Fawzia - ahora miembro del parlamento afgano - se preocupa por sus compatriotas mujeres, que posiblemente serán abandonadas a los caprichos políticos y culturales de los talibanes cuando las fuerzas internacionales abandonen Afganistán el 2014.

Resabios medievales de un fundamentalismo represivo empieza a cobrar fuerza en una nación indómita, que supo expulsar fuerzas coloniales del imperio británico, soviético y norteamericano. Millones de afganos murieron en su lucha contra el comunismo secular que su poderoso vecino del norte (URSS) quiso imponerles a finales del siglo XX. Ahora los talibanes se proponen combatir a la democracia liberal y derechos humanos que pretenden imponerles la comunidad internacional, al mando de los EEUU.

Si los EEUU utilizaron el ataque terrorista en su suelo (Torres Gemelas) orquestado desde Afganistán para hacer un “business”, hicieron un muy mal negocio. Habiendo derrochado mucha sangre y tesoros en páramos inhóspitos, los norteamericanos levantan las manos ante la dinámica patriarcal local. Bajo el dictamen que guía su política exterior (“¿Es en el interés de los EEUU?”), Washington ha perdido el apetito de seguir invirtiendo vidas y dólares en construir naciones o dictar (imponer) principios democráticos. Ante el vacío de poder que será creado en Afganistán una vez abandonen ese territorio sus fuerzas militares, existe el temor que la mujer afgana verá un dramático retroceso en las reivindicaciones políticas, sociales y legales que han ganado, gracias a los lances militares del imperialismo norteamericano, en la última década.

Le preocupará a nuestro pueblo, vigilante ante imposiciones culturales por parte de naciones industrializadas, que el gobierno norteamericano financie las escuelas, refugios y servicios legales que permitan defender los derechos de la mujer.  Las tácticas anti-terroristas de Siria son consideradas prácticas soberanas. Lo que nos indigna es el hecho que Fawzia Koofi pretenda que USAID se entrometa en asuntos internos de Afganistán, avanzando proyectos cuyo objetivo es salvaguardar los derechos de la mujer usando valores occidentales, para contrarrestar la arremetida talibán, que desea regresar el estatus quo de la mujer a una era ancestral. Como reserva moral de la humanidad tal vez tengamos que destapar el feminismo, esta nueva máscara del imperialismo, para defender el absolutismo patriarcal universal, usando nuestra arma favorita: el relativismo cultural, que enarbola tradiciones, usos y costumbres. A diferencia de la indignación que nos ocasiona el hecho que a los indígenas bolivianos se les haya negado una educación, denunciar la intromisión de Malala en asuntos internos y negarle ese mismo derecho a Sahar parece ser cuestión de defender la soberanía nacional afgana. 

viernes, 12 de julio de 2013

América Encuentra su Rival

En su infancia, con el fuego volcánico aun ardiendo en entrañas compartidas y unidas por el ombligo ecuatorial, los continentes de Bolívar y Mandela eran uno solo. Millones de años después, hermanas separadas por movimientos en sus placas tectónicas deben competir por galardones concedidos a quienes supuestamente mejor avanzan la capacidad de alimentar a su pueblo (FAO).  Más importante aún, África y América deben competir  por el capital que empresarios de todo rincón del planeta invierten en tierras fértiles.     

A diferencia de Asia y Europa, continentes cuya capacidad de atraer inversión se nos adelantó una generación, compartimos con África un pasado empañado por el yugo colonial; un pasado de explotación que ha dificultando el proyecto de vivir bien. Empapados en calor humano y un espíritu bastante más festivo que el de los nórdicos, ambos continentes ahora deben ahondar esfuerzos por lograr índices de crecimiento económico sostenibles en el tiempo.

América, de raíces cada vez más diversas, tal vez– por ahora – sea un lugar más atractivo para invertir que el mercado africano. No obstante, grandes capitales lentamente se dirigen hacia el continente madre; hacia aquellas tierras originarias de la humanidad, que paulatinamente abandona su dependencia en la explotación de recursos no renovables, para producir valor agregado a través de la educación, inversión, tecnología y manufactura.

No todos los recursos que permitirá a África abandonar la dependencia llegan en la forma de capitales extranjeros; algunos son transferencias de tecnología, otros son las temidas donaciones para educación, salud y construcción de institucionalidad democrática. En su último viaje al continente donde nació Barack padre, el afroamericano Barack hijo anunció que Washington incrementa el número de becas ofrecidas por el programa de Becas para Jóvenes Líderes Africanos, un programa que ofrece educación  superior en universidades norteamericanas a miles de las más brillantes mentes africanas.

Durante la visita del Presidente norteamericano a Sud África, jóvenes de diferentes naciones del continente le realizaron preguntas en un foro estudiantil a nivel continental (vía satélite). Las susceptibilidades no estuvieron ausentes. Algunos estudiantes acusaron a EE.UU. de tener interés en África solo porque el continente es una prioridad en la política exterior de la China. Otros se lamentaron que Obama no visitara Kenia, su patria ancestral, porque Kenia se ha acercado demasiado al Gran Dragón asiático.

La siguiente fue la respuesta de Obama:

“En primer lugar, nuestro compromiso con África está basado en que creemos en la promesa de África y el futuro de  África, y queremos ser parte de ese futuro. En segundo lugar, creo que todos deberían estar involucrados en África.” En ese sentido, Obama consideró positivo que África cuente con inversiones de China, India, Brasil y Singapur. “Todos, vengan a África, porque 6 de las 10 economías de mayor crecimiento en el mundo están justo aquí en África”, dijo, en medio de risas, el primer Presidente afroamericano que gobierna desde la Casa Blanca.

El Presidente norteamericano no ocultó que detrás del maquiavélico plan de ayudar a jóvenes talentos africanos a desarrollar habilidades de liderazgo cívico, administración pública y capacidades empresariales, existe un interés nacional. En su retorcida lógica capitalista, Obama está apostando por un futuro en el cual las naciones africanas lleguen a un nivel de desarrollo institucional, social, político y económico que permita un mayor consumo de servicios y productos producidos  en China, India, Brasil, Singapur y (egoístamente) los EE.UU.

La población de África excede los mil millones de habitantes. La edad promedio de los africanos es de 19.7 años. Se estima que para el año 2050, habrá tres africanos por cada europeo. McKinsey Global Institute estima que para el año 2035, África tendrá la masa laboral más grande del planeta. No obstante estas cifras, que la convierte en un mercado atractivo, África también padece grandes males. El 58% de la mano de obra se emplea en el sector agrícola y la mayoría de los otros trabajos son en sectores informales y auto-empleo. De las diez naciones más corruptas del mundo, nueve se encuentran en África. Los niveles de libertad política, representatividad democrática y abertura comercial del continente aun siguen siendo bajos. 

Habiendo lentamente ha superado los escollos de la guerra, 11 de las 20 naciones que crecen más rápido en el mundo son africanas. Nokia, Nestlé e IBM están invirtiendo grandes capitales en esas fértiles tierras del Sahara. En el 2010, Sud África se sumo a Brasil, India, China y Rusia como una de las economías emergentes con mayor éxito en el mundo. En el otro extremo del péndulo africano se encuentra Zimbabue, con una tasa de desempleo que ha llegado al 95%, un sector agrícola en las ruinas después de una corrupta reforma agraria que - en nombre de enmendar las injusticias de la era colonial – la obliga a revertir una galopante hiperinflación mediante la dolarización de su economía.

En una entrevista reciente, el Presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, criticó a Nelson Mandela por su actitud conciliadora con los blancos. "Ha ido un poco demasiado lejos en su buen trato a las comunidades no negras, algunas veces a costa de los negros", dijo Mugabe, lamentando a su vez el hecho que Mandela no haya despojado a los blancos de sus propiedades. El modelo de Mugabe, una especie de jihad económico, pretende imponer justicia social enarbolando los valores medievales del “honor” y la “venganza”. En contraste, Mandela supo dirigir a su nación a un proceso de reconciliación, después de los horrores del apartheid, instituyendo una serie de valores un tanto más modernos y positivos.

El contraste entre las dos naciones solo se le puede escaparse a ojos viciados por tintes ideológicos. Mientras que en Zimbabue la producción de oro cayó en veinte años de 27 toneladas en 1998, a tan solo 7 (una reducción de 75%) a raíz de una ley que prohíbe a extranjeros invertir en ese sector, la economía de Sud África sigue atrayendo inversiones, a pesar de haber desacelerado el 2013 de un crecimiento esperado del 3.2% a tan solo 2.5%. El ingreso per cápita de $ 11.000 dólares en Sud África, comparado con $ 780 de Zimbabue, debería – en sí - hablar volúmenes.

Las naciones africanas, antiguas vecinas nuestras, tierra originaria de nuestras tortugas, caimanes, monos y alpacas, deberán elegir entre desarrollar una economía de mercado, como la que Mandela heredó a su pueblo, y el jihad económico de Mugabe. Con una economía de mercado, naciones como Brasil, Rusia y China han sacado a millones de la pobreza. Con el modelo de jihad económico, que enarbola el discurso anti-colonialista por encima de la inversión, no es un convencido fundamentalista quien se inmola en nombre de un concepto abstracto del “bien”, sino que se martiriza el empleo y desarrollo de la siguiente generación.


En las próximas décadas los índices de crecimiento y el bien vivir del continente más joven del planeta dependerá de cómo se despojan de su pasado colonialista, para incorporarse de lleno a la economía global. Los  bolsillos, que dependen de empleos a ser creados mediante la productividad, educación e inversión extranjera directa, tendrán la última palabra; no así los delirios vengativos de caudillos que insisten en arremeter su burocrático caballo contra molinos de viento. Los resultados en el largo plazo tendrán la última palabra. 

jueves, 11 de julio de 2013

Medios Libres

La libertad siempre ha sido relativa. En la dialéctica entre socialismo y capitalismo, por ejemplo, se debate las luces y sombras de la libertad positiva y negativa. La primera es una libertad para avanzar una visión del bien; por lo general una voluntad colectiva que guíe al individuo por el camino que (en teoría) conduce a una sociedad mejor. La segunda es libertad de la opresión que ejerce el Estado sobre el individuo, por lo que establece los límites a la interferencia de terceros en la vida privada. La libertad positiva es colectiva, la negativa es individual. Para  evitar que el Estado se convierta en un déspota intolerante, o que la masa caótica de hedonistas enarbole un sinfín de caprichosas banderas personales, la sociedad requiere de un vigoroso debate entre diversas ideas sobre lo que es la libertad.

Otra libertad que motiva un tímido debate es la libertad de prensa. En un medio profundamente politizado, algunos creen que un periodista no puede desprenderse de su partidismo o ideología, por lo que su reportaje será necesariamente parcializado. Otros opinan que la información se ha convertido en mercancía, al mismo tiempo que asignan vastos recursos en la compra de espacios de publicidad política. Una de las funciones del Cuarto Poder es fiscalizar al poder político, independientemente del color de su camiseta. Por ende, es una falta de ética solo fiscalizar a unos y permitir que los otros gocen de impunidad. Monopolizar o tergiversar la información también atenta contra un principio básico de la democracia. Muchos son los posibles pecados de los medios de comunicación.

Existe una salvaguarda para la manipulación: la credibilidad. Un medio que pierde credibilidad, pierde clientes y – por ende – pierde dinero. A su vez, si un régimen aplica métodos autocráticos del siglo XX, ese régimen corre del riesgo de seguir los pasos de la Primavera Árabe. En su libro, “*La Curva de Aprendizaje del Dictador*”, William Dobson argumenta que en contraste con los regímenes autocráticos de antaño, los modernos son más sofisticados, por lo que – en vez de una represión abierta – ahora utilizan los medios de comunicación social e internet para reforzar su autoridad. Por ende, incluso un medio subvencionado por las arcas del Estado deberá ejercer cierta ecuanimidad a la hora de informar, si quiere ser efectivo en su rol propagandístico.

Otra salvaguarda para la manipulación mediática es la activa participación del pueblo en el debate político. En este sentido, existe una herramienta indispensable: la libertad de conciencia. Cuando observamos el caos y muerte en Siria, Irak y Afganistán, es evidente que en esas tierras no existe un debate político; existe una confrontación entre etnias y religiones. No puede existir libertad de pensamiento cuando lo que está en juego (en la mente del individuo) es la supervivencia (o supremacía) de su tribu. En otras palabras, no somos totalmente libres, ni puede entrar en juego un debate de ideas, cuando lo que existe es un empate catastrófico entre dos bandos antagónicos que – trágicamente - ocupan un mismo territorio.

En Bolivia, la libertad de prensa es una libertad relativa. Debido al gran vacío ideológico (nota: las “consignas” no conforman una ideología; son herramientas que conforman estrategias de comunicación) y ante la ausencia de un verdadero debate de ideas, lo que florece en nuestro medio es un ramillete de “*opinologos*”. Los medios de comunicación prestan sus espacios para que “*librepensantes*” de cada grupo político o movimiento social viertan allí sus agravios, desagravios y revisionismos. Entonces, en vez de un ejercicio democrático, que encamine a la sociedad a enfocarse en los grandes debates que habrán de decidir el destino compartido (intercambio comercial, responsabilidad fiscal, estrategias de desarrollo, sustentabilidad ecológica y contradicciones que emanan de una incipiente industrialización), lo que tenemos es un avispero de aguijones verbales destinados a trivializar las opiniones expuestas por el otro.

El actual contexto político-económico (la “estructura” del marxismo) no conduce a un vigoroso debate de ideas, conduce a un ímpetu por controlar el mensaje. En una democracia de apenas tres décadas, con una población nacional del tamaño de una gran ciudad china o mexicana, e ingresos millonarios producto de extraer riqueza del subsuelo, la cultura política (o “superestructura”) está determinada por el mismo rentismo que enriqueció a una oligarquía parasitaria. En vez de unos cuantos que vivían a costillas del Estado, ahora tenemos una creciente masa de empleados públicos cuya visión ideológica se limita a defender reivindicaciones que llegan cada mes en papel moneda. Se puede concluir, entonces, que el debate de ideas en la actualidad es aquel que corresponde a la madurez posible dentro del actual momento histórico; un momento caracterizado por la bonanza fácil y triunfalismo inmediato.

Los medios de comunicación posiblemente aspiren a jugar un papel dentro del próximo proceso electoral, un papel que se acerque al ideal del periodismo. Aquel papel de supuesto guardián, que fiscaliza a los poderosos y  proporciona al pueblo información imparcial, sin embargo, seguramente se ve obligado a moderar su voz en pos de su sustentabilidad económica. En juego hoy no está debatir sobre modelos de desarrollo, conceptos de libertad o maneras de asegurar la sustentabilidad de largo plazo de la estabilidad económica. Lo que está en juego una porción de la torta de la publicidad que pueden pagar los poderosos, que se disputan espacios y control del tono del mensaje. Cuando un medio de enfrenta el peligro de los números en rojo (déficit), el imperativo de credibilidad debe pasar al asiento trasero.

Si los medios tienen limitaciones a la hora de informar, ¿somos totalmente libres a la hora de debatir y pensar lo que queramos? Lo dudo. Las limitaciones impuestas por valores que gobiernan la mente e intereses que imponen su propia voluntad son las que determinan los parámetros del debate de ideas. Es decir, por encima de la construcción de alternativas y mejoras a los avances de los últimos diez años, lo que predomina la subjetividad e intereses encontrados.

La mayoría de ciudadanos votan sin importarles un comino el contenido del plan de Gobierno, resultados o debilidades de su partido político (el llamado “voto duro”). Una minoría sopesa  los diferentes argumentos y visiones, para reflexionar sobre las consecuencias, peligros y bondades que ofrece cada candidatura. Este reducido caudal de pensantes independientes podría decidir una elección cerrada. Considerando ésta lejana posibilidad, ¿qué temas son los que tal vez volcaría la opinión de los indecisos en una dirección u otra? Una evaluación de los temas fundamentales (no coyunturales) que están actualmente sobre la mesa, a meses de una elección presidencial, demuestra lo pobre que es nuestro debate político.


Vivimos un momento en el cual los medios que dependen de su credibilidad compiten con que los que dependen de capacidad de vender publicidad política. La coyuntura actual hace que, en vez de un debate de ideas, los medios se presten a avanzar la ilusión que hemos llegamos a la libertad, bienestar y desarrollo (tareas que siempre estarán incompletas, por grande el avance de una generación). Si bien todos parecen abogar por medios libres, pocos reconocen que todos (incluyendo los medios) somos medios libres a la hora de avanzar un debate político usando nuestra relativa libertad.