Irónicamente, le corresponde al Defensor del Pueblo defender al Estado. Y aunque no pretendo usurparle atribuciones, yo también lo defiendo. Lo hago porque me indigna que la empatía hacia la Policía Nacional dependa de cuyo derecho a circular esté siendo preservado. Como los infortunios en Caranavi recayeron sobre rostros anónimos muy lejos de aquí, voces que solían clamar ponerle fin a la anarquía sindical, curiosamente se indignaron cuando el Estado garantizó el derecho ajeno a transitar.
A puertas cerradas la oposición se regocijó ante los sucesos en Caranavi; felices que el MAS pruebe una dosis de su propia medicina. Y si bien es cierto que Caranavi permite al Gobierno entrever la necesidad de imponer equitativamente la autoridad del Estado, ojalá deje también al descubierto otro gran bloqueo: nuestra incapacidad de obedecer principios imparciales.
Un principio básico es suspender todo juicio hasta que el debido proceso permita llegar a conclusiones fehacientes sobre lo acontecido. Lo fácil es cada quien asumir. Lo difícil es juntos definir la manera como queremos se aplique el monopolio de la violencia en manos del Estado. El Gobierno también deberá aprender a no hacer promesas demagógicas que crean falsas expectativas e inducen a la convulsión social; que luego obligan al Estado utilizar la fuerza. Las blancas palomas en la Plaza Murillo murmuran: “¡Haberle pedido antes otra planta procesadora de cítricos al padrino!”
Quien debió dar la cara no es Chávez, ni la policía nacional; es nuestro Presidente. En la corte de la opinión pública sus comentarios no demuestran sabiduría; en la corte del poder se rumora que su liderazgo es a punta de carajazos; en los sindicatos su encanto indigenista empieza a despintarse. La coyuntura se presta entonces para hacer a un lado un resentimiento de mozuelo achicopalado, para sacar a relucir un sentido dialéctico del devenir democrático: si Evo sale del Palacio Quemado, que sea el 2015, fruto de una derrota ante la corte del pueblo; no víctima de una nueva desestabilización.
El complot se ha convertido en Bolivia un arma política legítima, lo cual conduce al caos. Por ende, es hora de cerrarle el paso a las fuerzas extremistas y radicales. Qué mejor que los “enemigos de Bolivia”, aquellos que no dejan gobernar, sean desarticulados bajo el liderazgo de un sindicalista que subió al poder gracias a su capacidad de desestabilizar al Gobierno de turno. Y si bien imponer el orden no es licencia para matar, se debe investigar primero si las heridas de bala calibre 22 no fueron propinadas accidental o intencionalmente por sus propios compañeros. Todo puede ser; incluso esta madre de todas las ironías.
Los hechos deben ser investigados y una comisión multipartidaria luego hacer recomendaciones. Si se violaron normas o torturaron dirigentes, que se aplique la ley. Pero censurar por consigna el legítimo derecho del Estado de proteger derechos ciudadanos, sería bloquear nuestro tránsito hacia un centro más equilibrado. Y tal vez sea inocente asumir que el Gobierno aplicará imparcialmente principios de ley; creer que existe una “cultura del diálogo”; o imaginar que un sentido de responsabilidad histórica logre moverlo del extremo ideológico hacia un centro moderado. El hecho que la crisis fue producto de su inamovible arrogancia no permite soñar. Pero apuntarle a la institución del Estado que garantiza la ley y el orden, por simple reflejo “oposicionista”, sería atentar contra la posibilidad de algún día vencer – en base a principios – a las fuerzas radicales que tienen secuestrada a la nación.
viernes, 14 de mayo de 2010
lunes, 10 de mayo de 2010
Mutación Semántica
El Capitalismo de Estado evoluciona, por lo menos semánticamente: ahora se lo denomina “economía popular”. En teoría, en vez de la maraña burocrática del socialismo de antaño, esta vez se pretende convertir al Estado en facilitador de empresas populares. En vez de colocar los recursos de la nación en manos de transnacionales y oligarquías, la voluntad es avanzar negocios que beneficien al pueblo con bienes producidos en empresas socialistas diseñadas, financiadas e impulsadas desde arriba, pero administradas desde abajo.
En cualquier minibús urbano, más del 64% de los usuarios poseen un teléfono celular. Hace apenas diez años contar con esta herramienta de trabajo, integración y uso eficiente del tiempo, era un lujo. Hoy el celular es un bien ubicuo. La razón de su accesibilidad económica es la dinámica de competencia del mercado, que pone en movimiento fuerzas de innovación, inversión, distribución, mercadeo, investigación y desarrollo tecnológico, que presionan los precios hacia abajo.
Las dinámicas de las empresas populares, alimentadas por innovaciones socialistas, pretenden ser diferentes. Para muestra un botón: un gran invento bolivariano que fue entusiastamente alabado en una reciente alocución del Presidente Hugo Chávez. Es un compuesto químico inventado en Venezuela que podría “triplicar el rendimiento de la pintura comercial” utilizada en embellecer nuestras humildes moradas. Este invento revolucionario ha sido exaltado como un “ejemplo” del espíritu socialista, que contrasta con el mercantilismo capitalista que inunda el mercado de televisores, microondas y teléfonos celulares baratos y de alta calidad. Se supone que un producto que triplique el rendimiento de la pintura, con seguridad tendría éxito comercial.
Paradójicamente, el hecho que una innovación tecnológica mejore la calidad de vida del pueblo a precios razonables no es garantía que el producto tenga éxito en el mercado. Al igual que en una elección “se anota lo que se ve”, en el mercado el éxito “ganado” es gracias a la capacidad productiva y competitividad de la empresa. Un componente importante de esta ecuación es la capacidad de comercializar el producto, que es mucho más que producir bienes eficazmente: también se requieren redes de distribución y comercialización. En otras palabras, para mejorar la calidad de vida del pueblo no solo hay que innovar y producir, también hay que competir y vender en el mercado real; no el imaginario. Sin las dinámicas de comercialización de un invento revolucionario, el pueblo rural, que no goza de la masa crítica urbana, no podrá triplicar el rendimiento de una pintura (que, además, sigue siendo un lujo).
Las empresas populares, al igual que la industrialización del Estado, deben enfrentar paradojas. Las primeras porque deben establecer estrategias de comercialización a la cabeza de ejecutivos; el segundo porque necesita convencer a la población que el consumo inmediato de nuestros recursos financieros debe ser conmensurado con la necesidad de invertir en el bienestar de largo plazo; lo cual implica sacrificar hoy para cosechar frutos mañana. Bajo cualquier malabarismo lingüístico, la “economía popular” debe enfrentar las contradicciones propias de producir, invertir y vender en el contexto del caos de un comité sindical que conglomera miles de opiniones. La opción realista es establecer un orden ejecutivo que decida dónde construir una planta de cítricos, o si debemos seguir sacrificando nuestro consumo inmediato en aras de una Bolivia industrializada que – aparentemente - produce cada vez menos y empieza a tener problemas en vender su versión del socialismo.
En cualquier minibús urbano, más del 64% de los usuarios poseen un teléfono celular. Hace apenas diez años contar con esta herramienta de trabajo, integración y uso eficiente del tiempo, era un lujo. Hoy el celular es un bien ubicuo. La razón de su accesibilidad económica es la dinámica de competencia del mercado, que pone en movimiento fuerzas de innovación, inversión, distribución, mercadeo, investigación y desarrollo tecnológico, que presionan los precios hacia abajo.
Las dinámicas de las empresas populares, alimentadas por innovaciones socialistas, pretenden ser diferentes. Para muestra un botón: un gran invento bolivariano que fue entusiastamente alabado en una reciente alocución del Presidente Hugo Chávez. Es un compuesto químico inventado en Venezuela que podría “triplicar el rendimiento de la pintura comercial” utilizada en embellecer nuestras humildes moradas. Este invento revolucionario ha sido exaltado como un “ejemplo” del espíritu socialista, que contrasta con el mercantilismo capitalista que inunda el mercado de televisores, microondas y teléfonos celulares baratos y de alta calidad. Se supone que un producto que triplique el rendimiento de la pintura, con seguridad tendría éxito comercial.
Paradójicamente, el hecho que una innovación tecnológica mejore la calidad de vida del pueblo a precios razonables no es garantía que el producto tenga éxito en el mercado. Al igual que en una elección “se anota lo que se ve”, en el mercado el éxito “ganado” es gracias a la capacidad productiva y competitividad de la empresa. Un componente importante de esta ecuación es la capacidad de comercializar el producto, que es mucho más que producir bienes eficazmente: también se requieren redes de distribución y comercialización. En otras palabras, para mejorar la calidad de vida del pueblo no solo hay que innovar y producir, también hay que competir y vender en el mercado real; no el imaginario. Sin las dinámicas de comercialización de un invento revolucionario, el pueblo rural, que no goza de la masa crítica urbana, no podrá triplicar el rendimiento de una pintura (que, además, sigue siendo un lujo).
Las empresas populares, al igual que la industrialización del Estado, deben enfrentar paradojas. Las primeras porque deben establecer estrategias de comercialización a la cabeza de ejecutivos; el segundo porque necesita convencer a la población que el consumo inmediato de nuestros recursos financieros debe ser conmensurado con la necesidad de invertir en el bienestar de largo plazo; lo cual implica sacrificar hoy para cosechar frutos mañana. Bajo cualquier malabarismo lingüístico, la “economía popular” debe enfrentar las contradicciones propias de producir, invertir y vender en el contexto del caos de un comité sindical que conglomera miles de opiniones. La opción realista es establecer un orden ejecutivo que decida dónde construir una planta de cítricos, o si debemos seguir sacrificando nuestro consumo inmediato en aras de una Bolivia industrializada que – aparentemente - produce cada vez menos y empieza a tener problemas en vender su versión del socialismo.
lunes, 3 de mayo de 2010
Estratégica Sensatez
Es una lógica febril argumentar que un aumento salarial mayor al propuesto por el Gobierno “no afectaría al Estado”. Según la lógica, sería la empresa privada quienes asumirían la responsabilidad de un incremento del 12%. De cierta manera es cierto: incrementos en productividad del sector privado serán los que mejoren la calidad de vida de los bolivianos. El aspecto pernicioso de la lógica de “suma-cero” del sector fabril es ignorar que un aumento artificial sería una victoria pírrica, porque al disparar un efecto inflacionario, acabaría comiéndoselo. Actuar por consigna populista afectaría no solo el bolsillo del empresariado: afectaría el bolsillo de todos.
En un inusitado acto de auto-regulación, el Gobierno ha optado por invertir su capital político en contener las demandas de los trabajadores. La lógica en este caso es impecable: el Estado debe invertir los recursos de la nación en proyectos de largo plazo, para ir gradualmente mejorando nuestra calidad de vida, en vez de comérnoslos hoy. Esta posición contrasta con la postura manifestada en la Cumbre de los Pueblos sobre el Cambio Climático. Allí se condenó el “neoextractivismo”, una lógica de crecimiento económico permanente que – en teoría – atenta contra la Madre Tierra. Al margen de la lógica utilizada, la conclusión es que gobernar requiere de un equilibrio “orgánico” entre objetivos e intereses en permanente conflicto entre sí.
Tres grupos ahora se pugnan por superioridad política: desarrollistas, ecologistas y sindicales. Por el momento tienen el sartén por el mango quienes proponen invertir nuestro superávit en industrializar Bolivia. El sector trabajador deberá ahora elegir entre apoyar la estrategia del fundamentalismo ecológico, que pretende redistribuir los ingresos mediante “mecanismos de concertación, participación y consulta”; o apoyar a quienes quieren incrementar los ingresos mediante la “explotación intensiva de recursos naturales”; una estrategia de desarrollo que pude también ser ecológica y económicamente sensata. Las opciones son difíciles y las coaliciones por el momento se encuentran resquebrajadas.
A su vez, la lógica se encuentra secuestrada por el raciocinio de la lucha de clases. Cual nube que ofusca la luz, la mayoría supone que debemos arremeter siempre contra la empresa privada y su suicida lógica de la ganancia. En consecuencia, nadie escucha al Gobierno cuando intenta explicar la lógica detrás de su postura salarial. La retórica utilizada para alcanzar el poder parece haber devaluado no solo la legitimidad del “lucro”, sino incluso del concepto “racionalidad”. No obstante el deterioro semiótico de la palabra “lógica”, cada sector busca ciegamente defender su posición sectorial, bajo la racionalidad que gobierna su egoísta agenda político-existencial.
Por fortuna el Gobierno ha madurado en su comprensión de los factores que hacen el equilibrio sostenible de la economía. Ese equilibrio debe extenderse a la Madre Tierra y a la pobreza de un pueblo digno, que merece mucho más. Los trabajadores necesitan un mejor sueldo; la Madre Tierra tecnologías y políticas que velen por su integridad. Pero es sensato del Gobierno contener la impaciente furia de los sectores que conforman su columna vertebral, una decisión fría que evita caer en “inmediatismos”. Una política de largo plazo nos permitirá ganar a todos, incluyendo a la Pachamama. Sin mayor productividad, fruto de una visión e inversión estratégica, todo quedaría en buenos sentimientos.
En un inusitado acto de auto-regulación, el Gobierno ha optado por invertir su capital político en contener las demandas de los trabajadores. La lógica en este caso es impecable: el Estado debe invertir los recursos de la nación en proyectos de largo plazo, para ir gradualmente mejorando nuestra calidad de vida, en vez de comérnoslos hoy. Esta posición contrasta con la postura manifestada en la Cumbre de los Pueblos sobre el Cambio Climático. Allí se condenó el “neoextractivismo”, una lógica de crecimiento económico permanente que – en teoría – atenta contra la Madre Tierra. Al margen de la lógica utilizada, la conclusión es que gobernar requiere de un equilibrio “orgánico” entre objetivos e intereses en permanente conflicto entre sí.
Tres grupos ahora se pugnan por superioridad política: desarrollistas, ecologistas y sindicales. Por el momento tienen el sartén por el mango quienes proponen invertir nuestro superávit en industrializar Bolivia. El sector trabajador deberá ahora elegir entre apoyar la estrategia del fundamentalismo ecológico, que pretende redistribuir los ingresos mediante “mecanismos de concertación, participación y consulta”; o apoyar a quienes quieren incrementar los ingresos mediante la “explotación intensiva de recursos naturales”; una estrategia de desarrollo que pude también ser ecológica y económicamente sensata. Las opciones son difíciles y las coaliciones por el momento se encuentran resquebrajadas.
A su vez, la lógica se encuentra secuestrada por el raciocinio de la lucha de clases. Cual nube que ofusca la luz, la mayoría supone que debemos arremeter siempre contra la empresa privada y su suicida lógica de la ganancia. En consecuencia, nadie escucha al Gobierno cuando intenta explicar la lógica detrás de su postura salarial. La retórica utilizada para alcanzar el poder parece haber devaluado no solo la legitimidad del “lucro”, sino incluso del concepto “racionalidad”. No obstante el deterioro semiótico de la palabra “lógica”, cada sector busca ciegamente defender su posición sectorial, bajo la racionalidad que gobierna su egoísta agenda político-existencial.
Por fortuna el Gobierno ha madurado en su comprensión de los factores que hacen el equilibrio sostenible de la economía. Ese equilibrio debe extenderse a la Madre Tierra y a la pobreza de un pueblo digno, que merece mucho más. Los trabajadores necesitan un mejor sueldo; la Madre Tierra tecnologías y políticas que velen por su integridad. Pero es sensato del Gobierno contener la impaciente furia de los sectores que conforman su columna vertebral, una decisión fría que evita caer en “inmediatismos”. Una política de largo plazo nos permitirá ganar a todos, incluyendo a la Pachamama. Sin mayor productividad, fruto de una visión e inversión estratégica, todo quedaría en buenos sentimientos.
martes, 27 de abril de 2010
Ningún Nelson Mandela
Asociamos “dieta de pollo” con una dolencia física inducida por un virus. Tras debatir sobre cómo salvar al planeta y llegar a la conclusión que se lo salva destruyendo instintos, consumismos e intercambio comercial, nos enteramos que la dieta de pollo aflora nuestro lado femenino. ¡Qué bueno! Un equilibrio al ego masculino es lo que necesita este planeta. Lástima que nuestro líder espiritual no haya leído bien el manual anti-capitalista. De haberlo estudiado, se daría cuenta que salvar a la Pachamama requiere también desarrollar nuestro lado femenino. El comandante Hugo Chávez, por ejemplo, advierte que el actual superávit de testosteronas induce la egoísta tendencia masculina de someter la naturaleza, según los dictados del Antiguo Testamento.
Tal vez no nos salve del calentamiento global, pero seremos más humanos cuando dejen de cometerse vejaciones físicas y morales debido a la etnia, ideales, género u orientación sexual del otro; y condenar dichas vejaciones siempre, no solo en Sucre, cuando nos conviene. En algunas sociedades los homosexuales tienen los mismos derechos, entre los que se encuentran el derecho de defender a su patria, contraer matrimonio y adoptar a niños que han quedado sin hogar. En otras latitudes, los homosexuales son considerados seres iguales; y se celebra su capacidad de amar, producir y convivir moralmente con el resto de la sociedad. En las sociedades liberales se ha llegado a la conclusión que al ser humano se lo debería juzgar por su conducta, jamás por las características que definen su condición.
Es irónico entonces que en la mismísima reserva mundial de la humanidad, por un lado de la boca se condene el lado analítico-racional del cerebro humano, un hemisferio identificado con lo “masculino” y sinónimo de violencia, conquista y sed de sumisión; mientras que del otro lado de lampiños labios se mofen del lado femenino que pueda manifestarse en un macho-machote. Triste, además, es que con el poder político firmemente agarrado de ambos hemisferios cerebrales, no sean capaces siquiera de entender la dimensión o consecuencias de sus prejuiciados pronunciamientos.
Las consecuencias no se dejaron esperar y la prensa extranjera se dio un panzazo con la noticia. En contraste, las disculpas a la comunidad “gay” fueron muy tibias. Parece que el zeitgeist anti-capitalista exime a nuestro Mandatario de todo mal; que su histeria reemplaza a la historia (Bolivia ha luchado contra el imperio romano), y el gran poder le autoriza ser interprete de la voluntad divina, (el terremoto en Chile fue “castigo de Dios”). Parece también no existir límites a la capacidad de perdón y nula reflexión de un pueblo arrodillado ante sus nuevas deidades.
Una de las consecuencias parecerá banal para los re-volú-binarios del bien y el mal. Después de todos, gracias a su hegemonía, los maniqueos tienen potestad de declarar toda posición ajena siempre retrograda y reaccionaria; mientras que su líder espiritual es eterna e infaliblemente dueño de la verdad. Pero en los salones del Premio Nobel en Suecia, la noticia de su homofobia ha seguramente restado puntos en nuestra candidatura al codiciado galardón. Tampoco pasará desapercibida la atracción fálica a misiles rusos, un gasto insulso que tan solo hace evidente la mentalidad de guerra fría que aun impera en las cavernas de los cráneos que manejan nuestro destino. Gracias a un mal dado picotazo al mercado, el Premio Nobel de la Paz jamás llegará a este lado de los Andes. Insólito será que luego nos quejemos que nos negaron el premio por vil “discriminación”.
Tal vez no nos salve del calentamiento global, pero seremos más humanos cuando dejen de cometerse vejaciones físicas y morales debido a la etnia, ideales, género u orientación sexual del otro; y condenar dichas vejaciones siempre, no solo en Sucre, cuando nos conviene. En algunas sociedades los homosexuales tienen los mismos derechos, entre los que se encuentran el derecho de defender a su patria, contraer matrimonio y adoptar a niños que han quedado sin hogar. En otras latitudes, los homosexuales son considerados seres iguales; y se celebra su capacidad de amar, producir y convivir moralmente con el resto de la sociedad. En las sociedades liberales se ha llegado a la conclusión que al ser humano se lo debería juzgar por su conducta, jamás por las características que definen su condición.
Es irónico entonces que en la mismísima reserva mundial de la humanidad, por un lado de la boca se condene el lado analítico-racional del cerebro humano, un hemisferio identificado con lo “masculino” y sinónimo de violencia, conquista y sed de sumisión; mientras que del otro lado de lampiños labios se mofen del lado femenino que pueda manifestarse en un macho-machote. Triste, además, es que con el poder político firmemente agarrado de ambos hemisferios cerebrales, no sean capaces siquiera de entender la dimensión o consecuencias de sus prejuiciados pronunciamientos.
Las consecuencias no se dejaron esperar y la prensa extranjera se dio un panzazo con la noticia. En contraste, las disculpas a la comunidad “gay” fueron muy tibias. Parece que el zeitgeist anti-capitalista exime a nuestro Mandatario de todo mal; que su histeria reemplaza a la historia (Bolivia ha luchado contra el imperio romano), y el gran poder le autoriza ser interprete de la voluntad divina, (el terremoto en Chile fue “castigo de Dios”). Parece también no existir límites a la capacidad de perdón y nula reflexión de un pueblo arrodillado ante sus nuevas deidades.
Una de las consecuencias parecerá banal para los re-volú-binarios del bien y el mal. Después de todos, gracias a su hegemonía, los maniqueos tienen potestad de declarar toda posición ajena siempre retrograda y reaccionaria; mientras que su líder espiritual es eterna e infaliblemente dueño de la verdad. Pero en los salones del Premio Nobel en Suecia, la noticia de su homofobia ha seguramente restado puntos en nuestra candidatura al codiciado galardón. Tampoco pasará desapercibida la atracción fálica a misiles rusos, un gasto insulso que tan solo hace evidente la mentalidad de guerra fría que aun impera en las cavernas de los cráneos que manejan nuestro destino. Gracias a un mal dado picotazo al mercado, el Premio Nobel de la Paz jamás llegará a este lado de los Andes. Insólito será que luego nos quejemos que nos negaron el premio por vil “discriminación”.
martes, 20 de abril de 2010
Molinos de Viento
Erase una vez cuando el enemigo era la energía nuclear. El movimiento ecologista nacido en Alemania en la década de 1960 soñaba con un mundo sin columnas de humo, una vida sin el estrés de la vida urbana y -sobre todo- un mundo sin la energía derivada de la fisión nuclear. Apenas una generación más tarde, los verdes de antaño aceptan los avances tecnológicos que han convertido a los peligros de la Isla de Tres Millas y Chernóbil en una pesadilla de juventud. Es muy probable que en menos de una generación, una planta de energía nuclear segura, eficiente y bajo estándares de calidad mundial sea construida en suelo bolivariano. Sin ofender susceptibilidad ecologista alguna podemos, por ende, concluir que la tecnología del siglo XXI es la energía nuclear.
Si bien el peligro que aun pesa cual espada de Damocles sobre el planeta es la guerra nuclear entre naciones, también existe el dilema de los residuos radioactivos. Se estima que los reactores nucleares del mundo producen 12.000 toneladas métricas al año (no reprocesado). El almacenaje de estos desperdicios nucleares se ha convertido en un tema político, más que tecnológico. Francia, Alemania, Reino Unido, España, Suecia, Finlandia, Bélgica y Suiza, por ejemplo, han creado una plataforma tecnológica para analizar el problema del almacenamiento a largo plazo de los residuos radiactivos de alta actividad. Según la Fundación Vida Sostenible, “El objetivo es promover la creación de almacenes geológicos profundos donde depositar el combustible y residuos de alta actividad, que emiten radiación durante decenas de miles de años”.
Cuarenta y siete jefes de Estado y de Gobierno asistieron a la cumbre sobre seguridad nuclear organizada por la Casa Blanca. La agenda incluyó la continua seguridad del sistema capitalista. Una de las mayores amenazas al mercado internacional–irónicamente- es el mercado negro de uranio enriquecido. Se teme que solo sea cuestión de tiempo para que anti-capitalistas reunidos en las montañas de Afganistán logren adquirir – por el módico precio de 12 millones de dólares – suficiente conocimiento científico y uranio para construir una bomba atómica de 2 megatones. Si una bomba atómica “casera” llegase a explotar en Manhattan -centro financiero del planeta – (matando un estimado de 100,000 personas), los asustadizos mercados financieros pudiesen crear mucha más muerte, hambre y destrucción que los miles de rascacielos pulverizados en la Gran Manzana.
La energía nuclear es garantía de la supervivencia del ser humano, no solo del capitalismo. En la mente de algunos, el mal manejo de sus residuos radiactivos es el camino rápido hacia, de este último, su destrucción. Es cierto que las tecnologías limpias, desarrolladas a pasos agigantados, seguirán alimentando la consumista maquinaria. Por ende, cumbres diseñadas resolver los peligros que yacen detrás del manejo de desechos radioactivos pasarán desapercibidas, mientras que las cumbres que hablan de salvar al planeta se dan el lujo de ignoran por completo que su integridad depende también del buen uso de energías derivadas de la fisión nuclear.
Si bien el peligro que aun pesa cual espada de Damocles sobre el planeta es la guerra nuclear entre naciones, también existe el dilema de los residuos radioactivos. Se estima que los reactores nucleares del mundo producen 12.000 toneladas métricas al año (no reprocesado). El almacenaje de estos desperdicios nucleares se ha convertido en un tema político, más que tecnológico. Francia, Alemania, Reino Unido, España, Suecia, Finlandia, Bélgica y Suiza, por ejemplo, han creado una plataforma tecnológica para analizar el problema del almacenamiento a largo plazo de los residuos radiactivos de alta actividad. Según la Fundación Vida Sostenible, “El objetivo es promover la creación de almacenes geológicos profundos donde depositar el combustible y residuos de alta actividad, que emiten radiación durante decenas de miles de años”.
Cuarenta y siete jefes de Estado y de Gobierno asistieron a la cumbre sobre seguridad nuclear organizada por la Casa Blanca. La agenda incluyó la continua seguridad del sistema capitalista. Una de las mayores amenazas al mercado internacional–irónicamente- es el mercado negro de uranio enriquecido. Se teme que solo sea cuestión de tiempo para que anti-capitalistas reunidos en las montañas de Afganistán logren adquirir – por el módico precio de 12 millones de dólares – suficiente conocimiento científico y uranio para construir una bomba atómica de 2 megatones. Si una bomba atómica “casera” llegase a explotar en Manhattan -centro financiero del planeta – (matando un estimado de 100,000 personas), los asustadizos mercados financieros pudiesen crear mucha más muerte, hambre y destrucción que los miles de rascacielos pulverizados en la Gran Manzana.
La energía nuclear es garantía de la supervivencia del ser humano, no solo del capitalismo. En la mente de algunos, el mal manejo de sus residuos radiactivos es el camino rápido hacia, de este último, su destrucción. Es cierto que las tecnologías limpias, desarrolladas a pasos agigantados, seguirán alimentando la consumista maquinaria. Por ende, cumbres diseñadas resolver los peligros que yacen detrás del manejo de desechos radioactivos pasarán desapercibidas, mientras que las cumbres que hablan de salvar al planeta se dan el lujo de ignoran por completo que su integridad depende también del buen uso de energías derivadas de la fisión nuclear.
miércoles, 14 de abril de 2010
El Dedo en la Urna
El padrón biométrico resultó ser tan solo una monada de alta tecnología. La huella digital de mi vecino fue supuestamente cotejada contra toda y cada una de las huellas digitales de toda la nación. Hubo dudas, sin embargo, que la Corte Electoral logró utilizar las imágenes escaneadas del pulgar para constatar que cada registro electoral era “único” y perteneciente a un ciudadano que aun respira. La sociedad civil se alarmó ante la posibilidad de fraude, pero los jefes del Estado Plurinacional no se inmutaron. Cuando los candidatos “plurinacionales” obtuvieron el 64% del voto, en vez de rastrillar las actas en búsqueda de anomalías, los jefes celebraron.
Luego el padrón electoral en Pando creció más de 5% en tres meses y los “pluris” tampoco dijeron nada. Cuando la OEA objetó que no se haya utilizado tinta indeleble en la pasada elección, los “pluris” seguían mudos. Pero toda indiferencia “pluri” a las formas y maneras de la Corte Electoral murió cuando Tarija y Santa Cruz, joyas petroleras de la corona, fueron conquistadas electoralmente por la oposición. Recién entonces la maquinaria fiscalizadora del Gobierno, engrasada y sacramentada, empieza su ágil y arrolladora marcha para encontrar conexiones conspiradoras entre notarios, cortes departamentales, jurados electorales y delegados de mesa que corrupta (y supuestamente) vulneraron la voluntad de los pueblos de Beni, Tarija y Santa Cruz.
Debe preocuparnos las todavía afiladas y largas garras de la “derecha” separatista extienda su control al Altiplano, comprando la lealtad de angurrientos líderes locales en pueblos como Achocalla, Corocoro y Achacachi. Es una preocupación legítima. Pero aun más me preocupa la gran negligencia de un partido - en el poder más de cinco años - a la hora de fiscalizar el proceso electoral mediante delegados de mesa; una incapacidad que contrasta la gran eficiencia a la hora de investigar como les metieron votos en las urnas bajo sus mismísimas narices.
Todo partido político tiene el derecho y obligación de supervisar el proceso electoral mediante delegados de mesa, que son los testigos presenciales y garantía de un proceso transparente. El MAS ha tenido cinco años para organizar y capacitar a sus partidarios, de tal manera que eviten que en las urnas hagan trampa los “separatistas”. No obstante el poder y preparación, resulta que todo un ejército de “pluris” fue embaucado a firmar actas en “blanco”, una pelotudez más que dio lugar a las matufias de un puñado de (separa) “tistas”. Ante tanta ignorante pelotudez, es impresionante que – en apenas una semana- un puñado de “pluris” sean luego capaces de desenmarañar una compleja conspiración para cometer fraude. ¡Qué contraste en capacidad de gestión!
La inocencia de los delegados de mesa del MAS que firmaron actas en blanco es únicamente superada por la inocencia de quienes creen que, nuevamente cambiando las reglas de juego, el Gobierno pretende erradicar el fraude. Inocente también es suponer que las “revoluciones” nunca lo cometen. Algunas revoluciones pretenden imponerse con un dedo registrado varias veces. A dedazos y con gran arrogancia, la revolución “pluri” quiere imponerse comiéndose a sus propios hijos, empezando por ponchos rojos e ilustres descolonizadores e indigenistas del buen beber. Deslumbrados por el astro espiritual que los guía, siguen creyendo que poseen la suprema hegemonía. Con el dedo del poder fiscal firmemente en el ojo opositor - y su ojo oficialista en tinta - parece que observan fraude, polarización y regionalismo únicamente en el ojo ajeno.
Luego el padrón electoral en Pando creció más de 5% en tres meses y los “pluris” tampoco dijeron nada. Cuando la OEA objetó que no se haya utilizado tinta indeleble en la pasada elección, los “pluris” seguían mudos. Pero toda indiferencia “pluri” a las formas y maneras de la Corte Electoral murió cuando Tarija y Santa Cruz, joyas petroleras de la corona, fueron conquistadas electoralmente por la oposición. Recién entonces la maquinaria fiscalizadora del Gobierno, engrasada y sacramentada, empieza su ágil y arrolladora marcha para encontrar conexiones conspiradoras entre notarios, cortes departamentales, jurados electorales y delegados de mesa que corrupta (y supuestamente) vulneraron la voluntad de los pueblos de Beni, Tarija y Santa Cruz.
Debe preocuparnos las todavía afiladas y largas garras de la “derecha” separatista extienda su control al Altiplano, comprando la lealtad de angurrientos líderes locales en pueblos como Achocalla, Corocoro y Achacachi. Es una preocupación legítima. Pero aun más me preocupa la gran negligencia de un partido - en el poder más de cinco años - a la hora de fiscalizar el proceso electoral mediante delegados de mesa; una incapacidad que contrasta la gran eficiencia a la hora de investigar como les metieron votos en las urnas bajo sus mismísimas narices.
Todo partido político tiene el derecho y obligación de supervisar el proceso electoral mediante delegados de mesa, que son los testigos presenciales y garantía de un proceso transparente. El MAS ha tenido cinco años para organizar y capacitar a sus partidarios, de tal manera que eviten que en las urnas hagan trampa los “separatistas”. No obstante el poder y preparación, resulta que todo un ejército de “pluris” fue embaucado a firmar actas en “blanco”, una pelotudez más que dio lugar a las matufias de un puñado de (separa) “tistas”. Ante tanta ignorante pelotudez, es impresionante que – en apenas una semana- un puñado de “pluris” sean luego capaces de desenmarañar una compleja conspiración para cometer fraude. ¡Qué contraste en capacidad de gestión!
La inocencia de los delegados de mesa del MAS que firmaron actas en blanco es únicamente superada por la inocencia de quienes creen que, nuevamente cambiando las reglas de juego, el Gobierno pretende erradicar el fraude. Inocente también es suponer que las “revoluciones” nunca lo cometen. Algunas revoluciones pretenden imponerse con un dedo registrado varias veces. A dedazos y con gran arrogancia, la revolución “pluri” quiere imponerse comiéndose a sus propios hijos, empezando por ponchos rojos e ilustres descolonizadores e indigenistas del buen beber. Deslumbrados por el astro espiritual que los guía, siguen creyendo que poseen la suprema hegemonía. Con el dedo del poder fiscal firmemente en el ojo opositor - y su ojo oficialista en tinta - parece que observan fraude, polarización y regionalismo únicamente en el ojo ajeno.
miércoles, 7 de abril de 2010
La Ecuación Incompleta
Sin economía la vida es más pobre. Negar esta tautología es la mezquindad de moda. Ignorar las condiciones que permiten vivir bien en sociedad, sin embargo, no es ninguna novedad. La generación anterior, por ejemplo, se olvidó la valiosa lección de la Revolución de 1952: sin inclusión social no hay desarrollo. La economía – después de todo – es más que máquinas y billetes. También es seres humanos, cuya integración a la sociedad tiene una dimensión moral y productiva. Olvidar esta lección es un desliz conceptual de los poderosos de ayer que nos está costado caro.
El proceso de perfeccionamiento de la economía es delegado a cada generación. La mayor responsabilidad y contribución de la infraestructura legal, moral y científica es precisamente proteger, nutrir y mejorar el aparato productivo. Con el paso del tiempo, la premisa anterior se hace cada vez más compleja. El ecosistema, por ejemplo, no era considerado antes parte del “aparato productivo”. Hoy se entiende que la ecología es la economía. Y así sucesivamente, el concepto de “economía” se perfecciona, convirtiéndose en una ecuación integral que incorpora todo tipo de variable: sobre todo social.
En el pasado no se le brindo a la inclusión social el lugar que amerita en la ecuación del desarrollo. El hecho es que en Bolivia se creó una clase social desamparada, relegada a la discriminación y olvido. El Estado sirvió a la perfección para las ambiciones de una clase dominante que hizo de la política su mejor inversión. En consecuencia, invertir en la inclusión social – con la correspondiente mejora en el aparato productivo - no fue una prioridad. Es insensato, por ende, suponer que el horizonte de los nuevos poderosos sea construir el andamio que ni siquiera los “empresarios” de ayer se dignaron erigir.
La nueva generación deberá aprender que la inclusión social no puede ser legislada ni impuesta por decreto. Gracias a la visión del actual Gobierno - la nacionalización de los hidrocarburos y canalización de recursos a las regiones a través del IDH - las arcas de los municipios y prefecturas están llenas. Ahora corresponde una ejecución presupuestaria coherente con el propósito de mejorar el aparto productivo. La brecha de la desigualdad no puede cerrarse, ni la inclusión social lograrse, sin avances en la economía.
Este elusivo concepto “economía”, cada vez más integral y con rostro más humano, representa un sinfín de condiciones que hacen la vida en sociedad. Las exportaciones bolivianas forman parte de la ecuación y estas empiezan a caer. La inversión extranjera directa es otro componente importante. Atraerla no es fácil cuando ocupamos en lugar 146 en el Índice de Libertad Económica. No obstante, los demás fundamentos macroeconómicos por el momento son sólidos. Para ahora incorporar la inclusión social a la ecuación del desarrollo debemos superar la corrupta visión rentista de ayer, con una visión enfocada en invertir en el aparato productivo, que incluye infraestructura social. La inclusión es el camino y horizonte a la vez. Pero sin una buena y pujante economía, es tan solo un bonito estribillo.
El proceso de perfeccionamiento de la economía es delegado a cada generación. La mayor responsabilidad y contribución de la infraestructura legal, moral y científica es precisamente proteger, nutrir y mejorar el aparato productivo. Con el paso del tiempo, la premisa anterior se hace cada vez más compleja. El ecosistema, por ejemplo, no era considerado antes parte del “aparato productivo”. Hoy se entiende que la ecología es la economía. Y así sucesivamente, el concepto de “economía” se perfecciona, convirtiéndose en una ecuación integral que incorpora todo tipo de variable: sobre todo social.
En el pasado no se le brindo a la inclusión social el lugar que amerita en la ecuación del desarrollo. El hecho es que en Bolivia se creó una clase social desamparada, relegada a la discriminación y olvido. El Estado sirvió a la perfección para las ambiciones de una clase dominante que hizo de la política su mejor inversión. En consecuencia, invertir en la inclusión social – con la correspondiente mejora en el aparato productivo - no fue una prioridad. Es insensato, por ende, suponer que el horizonte de los nuevos poderosos sea construir el andamio que ni siquiera los “empresarios” de ayer se dignaron erigir.
La nueva generación deberá aprender que la inclusión social no puede ser legislada ni impuesta por decreto. Gracias a la visión del actual Gobierno - la nacionalización de los hidrocarburos y canalización de recursos a las regiones a través del IDH - las arcas de los municipios y prefecturas están llenas. Ahora corresponde una ejecución presupuestaria coherente con el propósito de mejorar el aparto productivo. La brecha de la desigualdad no puede cerrarse, ni la inclusión social lograrse, sin avances en la economía.
Este elusivo concepto “economía”, cada vez más integral y con rostro más humano, representa un sinfín de condiciones que hacen la vida en sociedad. Las exportaciones bolivianas forman parte de la ecuación y estas empiezan a caer. La inversión extranjera directa es otro componente importante. Atraerla no es fácil cuando ocupamos en lugar 146 en el Índice de Libertad Económica. No obstante, los demás fundamentos macroeconómicos por el momento son sólidos. Para ahora incorporar la inclusión social a la ecuación del desarrollo debemos superar la corrupta visión rentista de ayer, con una visión enfocada en invertir en el aparato productivo, que incluye infraestructura social. La inclusión es el camino y horizonte a la vez. Pero sin una buena y pujante economía, es tan solo un bonito estribillo.
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