La perfección existe en la naturaleza como proceso, jamás como resultado final. Las eternamente cambiantes condiciones materiales hacen que la vida sea posible únicamente mediante equilibrios ecológicos en dinámico fluir y movimiento. Los ciclos que acompañan el devenir de millones de organismos que coordinan sus existencias en una sinergia de intereses en conflicto, demandan de una casi infinita variedad de formas que resultan de dicha adaptación. Es asombroso observar como la muerte y violencia que acompaña la lucha por supervivencia culmina en una milagrosa cooperación, donde cada especie contribuye dentro de su propio hábitat a la perpetuación de la vida en el planeta.
Una constante y primitiva verdad es que los organismos jamás han dejado de adaptarse a entornos ecológicos que – debido a los ciclos planetarios – han atravesado unas 60 glaciaciones en los últimos 2 millones de años. Se estima que los avances y retrocesos glaciales suceden cada 11,000 años, en línea con la órbita natural de la tierra alrededor del sol. El último periodo glacial - durante el Pleistoceno - duró 0.1 millones de años y terminó hace 10,000 años, en línea con el desarrollo de la civilización humana.
El profesor Tzedakis, Universidad de Leeds, Inglaterra, argumenta que la cantidad de gases de invernadero (CO2) que el ser humano expulsa a la atmosfera – irónicamente – puede acelerar el advenimiento de una nueva era glacial. Esta por demás añadir que el hecho que la naturaleza tenga la capacidad de adaptación no es excusa para contaminar desalmadamente el planeta. Los humanos no tenemos el derecho de acelerar ciclos; menos ser cómplice en el exterminio de especies; mucho menos conducir al abismo ecológico a nuestro único hogar. Pero el objetivo compartido de revertir la demencial marcha hacia un desastre apocalíptico creado por la industrialización tampoco justifica inventarnos realidades que existen únicamente en mentes desquiciadas por el dolor existencial de observar el altísimo costo de adaptación y desarrollo de fuentes ecológicas de energía. Menos cuando el dolor existencial no les impide seguir lucrando del mercado de energía a base de carbono.
La adaptación demanda que no existan - biológicamente y culturalmente hablando - verdades absolutas. La adaptación requiere de una pluralidad de manifestaciones y diversidad. La anterior premisa no quiere decir que todo sea relativo. El conjunto de condiciones (y valores) que constituyen un momento específico sobre este planeta (y sociedad) componen una verdad coyuntural; que es relativa y absoluta a la misma vez. Una verdad es relativa en relación al futuro, pero es absoluta en relación al presente. Entre ambos “momentos” existe un proceso – a veces natural, otras veces social, siempre divino – que lentamente va adaptando verdades biológicas, científicas y culturales a nuevos entornos, descubrimientos y realidades, para repetir el círculo dialectico por toda la eternidad.
La moral es una de las pocas verdades absolutas. No es “relativo” – por ejemplo - el amor (por “instintivo” que sea) que profesa un progenitor por su retoño, una altruismo sin el cual la supervivencia de especies complejas (como ser los mamíferos) sería imposible. Sin el cuidado desprendido de incluso algunas especies de peces, que celosamente cuidan los huevos que prolongarán su herencia genética, no puede existir adaptación o vida posible. Otra “verdad absoluta” de la naturaleza, por ende, no es la supervivencia del más fuerte; es la supervivencia del más cooperador - una conducta moral hacia la siguiente generación cuyo substrato es el amor al otro.
Tampoco es “relativo” que la naturaleza, Dios, Gaia, o el cosmos, perpetúe el proceso que evolutivamente dio lugar y permite que trillones de diferentes tipos de ojos interpreten trillones de realidades relativas. Desde la mosca que observa una mano acercarse para darle una caricia, hasta la ecolocalización mediante la reverberación de sus chirridos que reproducen el entorno dentro del cerebro del murciélago, la visión existe. La visión no es relativa. Lo que es relativo es el producto de dicha visión, sobre todo en el entorno social del ser humano.
Tal vez sin visión la adaptación sigue siendo posible. Pregúntenle al topo. Pero sin el interés personal que motiva hasta las abejas luchar por la supervivencia de su panal (y no por el panal vecino), la adaptación sería imposible. El interés personal conduce algunos a querer convertirse en mártir (y disfrutar de una vida eterna), o ser un santo (y vanagloriarse en la gratitud eterna del Señor). Pero incluso aquellos que sacrifican sus vidas por un servicio a la patria y deseo de ayudar al prójimo, lo hacen porque encuentran en dicho sacrificio algún tipo de gratificación personal, un interés de velar por una vocación personal que es consistente con la constante de la naturaleza, no una verdad relativa.
El interés personal puede asumir millones de distintas formas. Cualquiera fuese su manifestación, es parte del proceso diseñado por la fuerza más grande y sabia del universo. A esa fuerza divina/natural pueden ponerle el nombre que quieran. Al concepto que debemos atravesar por un proceso de adaptación semántica es al concepto de “interés personal”. En el presente absolutista estamos utilizando “interés personal” como sinónimo de “egoísmo”, una confusión que ofusca la mente y causa gran daño económico. El satanizar el interés personal y lógica de incentivos personales no permite desarrollar un bien común y cooperación en base tanto a la solidaridad como a conflictos de intereses que – de estar las políticas, leyes e incentivos correctamente alineados y probamente diseñadas – ayudarían a mejor conducir el desarrollo moral, social y económico de nuestro único y glorioso hábitat andino. La opción es intentar crear siervos autómatas del Estado, seres sin un interés personal, lo cual es ir en contra de la naturaleza.
martes, 2 de marzo de 2010
lunes, 1 de marzo de 2010
Alianza Política Sobrenatural
Con el estribillo cubano-comunista “patria o muerte, venceremos”, el gobierno pretende del todo subordinar a las FFAA bolivianas, despojándolas por completo de toda imparcialidad ideológica, para que rindan lealtad al partido político que – por ahora- domina en la nación. A esa coalición de fuerzas institucionales – que incluye el Poder Judicial - ahora se suma la Madre Tierra, que supuestamente vierte sus votos desde las profundidades, aportando su granito de arena mediante la destrucción de cientos de vidas e infraestructura de nuestra hermana República de Chile. En lo que representa un invisible desastre intelectual, los bolivianos permanecemos impávidos ante las grandes contradicciones en esta madre de todas las alianzas. Parece que siglos de opresión han calado profundo, derrumbando el sentido común y sometiéndonos a la más cruenta de todas las calamidades: el oscurantismo.
Cuando un terremoto quitó la vida a casi medio millón de haitianos, el movimiento tectónico fue tildado parte de una conspiración militar-imperialista de EEUU. Ahora que un sismo 50 veces mayor, acompañado de un brutal tsunami, hace estragos en la nación mejor industrializada y mejor articulada económicamente de nuestro continente, resulta que es un castigo por parte de la Pachamama, que se enoja con los chilenos por - mayoritariamente - sostener un modelo de desarrollo que ni siquiera acabamos de entender.
Cuando el evangelista Pat Robertson declaró el terremoto en Haití un castigo de Dios, por un supuesto “pacto con el diablo”, voces de la sensatez inmediatamente catalogaron sus apreciaciones como “demenciales”. Después de todo, asumir saber cómo actúa y cómo piensa Dios (o madre-tierra) solo puede ser comentario de un cándido fundamentalista que – en nombre de su agenda – dice cualquier majadería. Ahora que Chile es la victima de las fuerzas de la naturaleza, asoma su cabeza una grosera doble moral, que condena los poderes sobrenaturales de interlocución con Dios de Robertson, mientras que semanas más tarde con su silencio socapa la supuesta alianza ideologica entre un movimiento político y la madre-tierra. Dilucidar esa antípoda es perder el tiempo. Mejor esclarecer las maneras que tiene Dios, el cosmos, Gaia, madre-tierra o Pachamama, de reproducir la vida en este planeta.
El ciclo global que mantiene el equilibrio de carbono entre la atmosfera, hidrosfera y litosfera es posible gracias a que las placas tectónicas están en permanente movimiento. El proceso de placas tectónicas remueve el CO2 en los márgenes de subducción de la corteza terrestre. Además de su importancia en equilibrar el ciclo del carbono, las colisiones entre placas elevan las cadenas montañosas, revirtiendo el proceso de erosión que – de no ser por colosales colisiones que forman montañas – arrastraría sedimentos a los océanos, elevando el nivel del mar. En los miles de millones de años que este ciclo ha funcionado a la perfección, se ha evitado hundir la tierra bajo los mares. La inevitable destrucción– lejos de ser castigo – es como se hace posible la vida terrestre.
¿Cómo se “hace” posible un modelo de desarrollo envidiable? El éxito chileno es una mezcla de una apertura comercial, promoción de exportaciones y estabilidad macroeconómica. Pero en Bolivia el dogma caudillista nos ciega, por lo que no podremos ni ser justos al comparar la capacidad de Chile de lidiar con su tragedia natural, ni entender el éxito económico de un modelo gobernado por una coalición de izquierda que gobierna Chile desde 1990, incluyendo socialistas como Michelle Bachelet. Ese oscurantismo metafísico no es producto de la doble moral que nos embarga. Si somos incapaces de entender cómo se construye una vida digna y desarrollo es porque nuestra infraestructura ideológica hace siglos está en ruinas; una catástrofe social de tal magnitud que se asemeja a un desastre natural. Afortunadamente nuestros gobernantes compensan su oscurantismo mesiánico con una esotérica alianza ideológica con la mismísima madre naturaleza.
Cuando un terremoto quitó la vida a casi medio millón de haitianos, el movimiento tectónico fue tildado parte de una conspiración militar-imperialista de EEUU. Ahora que un sismo 50 veces mayor, acompañado de un tsunami, hace estragos en la nación mejor industrializada y mejor articulada económicamente de nuestro continente, resulta que es un castigo por parte de la Pachamama, que castiga a los chilenos por - mayoritariamente - sostener un modelo de desarrollo que ni siquiera entendemos. Cuando el evangelista de extrema derecha Pat Robertson culpó a los haitianos de su tragedia por haber realizado un “pacto con el diablo”, voces de la sensatez inmediatamente catalogaron sus apreciaciones como “demenciales”. Después de todo, asumir saber cómo actúa y cómo piensa Dios (o madre-tierra) solo puede ser espetado por un cándido fundamentalista que – en nombre de su agenda – dice cualquier majadería.
Intentar dilucidar esta grosera doble moral, que condena los poderes sobrenaturales de interlocución con Dios de unos; mientras que semanas más tarde se socapa la alianza política entre un movimiento político y el poder destructor de la naturaleza, es perder el tiempo. Mejor dilucidar las maneras que tiene Dios, el cosmos, Gaia, madre-tierra o Pachamama de reproducir la vida en este paradisiaco planeta.
El ciclo global que mantiene el equilibrio de carbono entre la atmosfera, hidrosfera y litosfera es posible gracias a que las placas tectónicas están en permanente movimiento. El proceso de placas tectónicas remueve el CO2 en los márgenes de subducción de la corteza terrestre. Además de su importancia en equilibrar el ciclo del carbono, las colisiones entre placas elevan las cadenas montañosas, revirtiendo el proceso de erosión que – de no ser por colosales colisiones que forman montañas – arrastraría sedimentos a los océanos, elevando el nivel del mar. En los miles de millones de años que este ciclo ha funcionado a la perfección, se ha evitado hundir a la tierra bajo los mares. La inevitable destrucción– lejos de ser castigo – es como se hace la vida en la tierra.
¿Cómo se “hace” un modelo de desarrollo envidiable? El éxito chileno es una mezcla de una apertura comercial, promoción de exportaciones y estabilidad macroeconómica. Pero en Bolivia no podremos ni ser justos al comparar la capacidad de Chile de lidiar con su tragedia natural, ni entender el éxito económico de un modelo gobernado por una coalición de izquierda que gobierna Chile desde 1990, incluyendo socialistas como Michelle Bachelet. Ese oscurantismo metafísico no es producto de la doble moral que nos embarga. Si somos incapaces de entender cómo se construye una vida digna y desarrollo es porque nuestra infraestructura ideológica hace siglos está en ruinas; una catástrofe social de tal magnitud que se asemeja a un desastre natural. Por suerte tenemos de aliada a las fuerzas de la madre-tierra.
Cuando un terremoto quitó la vida a casi medio millón de haitianos, el movimiento tectónico fue tildado parte de una conspiración militar-imperialista de EEUU. Ahora que un sismo 50 veces mayor, acompañado de un brutal tsunami, hace estragos en la nación mejor industrializada y mejor articulada económicamente de nuestro continente, resulta que es un castigo por parte de la Pachamama, que se enoja con los chilenos por - mayoritariamente - sostener un modelo de desarrollo que ni siquiera acabamos de entender.
Cuando el evangelista Pat Robertson declaró el terremoto en Haití un castigo de Dios, por un supuesto “pacto con el diablo”, voces de la sensatez inmediatamente catalogaron sus apreciaciones como “demenciales”. Después de todo, asumir saber cómo actúa y cómo piensa Dios (o madre-tierra) solo puede ser comentario de un cándido fundamentalista que – en nombre de su agenda – dice cualquier majadería. Ahora que Chile es la victima de las fuerzas de la naturaleza, asoma su cabeza una grosera doble moral, que condena los poderes sobrenaturales de interlocución con Dios de Robertson, mientras que semanas más tarde con su silencio socapa la supuesta alianza ideologica entre un movimiento político y la madre-tierra. Dilucidar esa antípoda es perder el tiempo. Mejor esclarecer las maneras que tiene Dios, el cosmos, Gaia, madre-tierra o Pachamama, de reproducir la vida en este planeta.
El ciclo global que mantiene el equilibrio de carbono entre la atmosfera, hidrosfera y litosfera es posible gracias a que las placas tectónicas están en permanente movimiento. El proceso de placas tectónicas remueve el CO2 en los márgenes de subducción de la corteza terrestre. Además de su importancia en equilibrar el ciclo del carbono, las colisiones entre placas elevan las cadenas montañosas, revirtiendo el proceso de erosión que – de no ser por colosales colisiones que forman montañas – arrastraría sedimentos a los océanos, elevando el nivel del mar. En los miles de millones de años que este ciclo ha funcionado a la perfección, se ha evitado hundir la tierra bajo los mares. La inevitable destrucción– lejos de ser castigo – es como se hace posible la vida terrestre.
¿Cómo se “hace” posible un modelo de desarrollo envidiable? El éxito chileno es una mezcla de una apertura comercial, promoción de exportaciones y estabilidad macroeconómica. Pero en Bolivia el dogma caudillista nos ciega, por lo que no podremos ni ser justos al comparar la capacidad de Chile de lidiar con su tragedia natural, ni entender el éxito económico de un modelo gobernado por una coalición de izquierda que gobierna Chile desde 1990, incluyendo socialistas como Michelle Bachelet. Ese oscurantismo metafísico no es producto de la doble moral que nos embarga. Si somos incapaces de entender cómo se construye una vida digna y desarrollo es porque nuestra infraestructura ideológica hace siglos está en ruinas; una catástrofe social de tal magnitud que se asemeja a un desastre natural. Afortunadamente nuestros gobernantes compensan su oscurantismo mesiánico con una esotérica alianza ideológica con la mismísima madre naturaleza.
Cuando un terremoto quitó la vida a casi medio millón de haitianos, el movimiento tectónico fue tildado parte de una conspiración militar-imperialista de EEUU. Ahora que un sismo 50 veces mayor, acompañado de un tsunami, hace estragos en la nación mejor industrializada y mejor articulada económicamente de nuestro continente, resulta que es un castigo por parte de la Pachamama, que castiga a los chilenos por - mayoritariamente - sostener un modelo de desarrollo que ni siquiera entendemos. Cuando el evangelista de extrema derecha Pat Robertson culpó a los haitianos de su tragedia por haber realizado un “pacto con el diablo”, voces de la sensatez inmediatamente catalogaron sus apreciaciones como “demenciales”. Después de todo, asumir saber cómo actúa y cómo piensa Dios (o madre-tierra) solo puede ser espetado por un cándido fundamentalista que – en nombre de su agenda – dice cualquier majadería.
Intentar dilucidar esta grosera doble moral, que condena los poderes sobrenaturales de interlocución con Dios de unos; mientras que semanas más tarde se socapa la alianza política entre un movimiento político y el poder destructor de la naturaleza, es perder el tiempo. Mejor dilucidar las maneras que tiene Dios, el cosmos, Gaia, madre-tierra o Pachamama de reproducir la vida en este paradisiaco planeta.
El ciclo global que mantiene el equilibrio de carbono entre la atmosfera, hidrosfera y litosfera es posible gracias a que las placas tectónicas están en permanente movimiento. El proceso de placas tectónicas remueve el CO2 en los márgenes de subducción de la corteza terrestre. Además de su importancia en equilibrar el ciclo del carbono, las colisiones entre placas elevan las cadenas montañosas, revirtiendo el proceso de erosión que – de no ser por colosales colisiones que forman montañas – arrastraría sedimentos a los océanos, elevando el nivel del mar. En los miles de millones de años que este ciclo ha funcionado a la perfección, se ha evitado hundir a la tierra bajo los mares. La inevitable destrucción– lejos de ser castigo – es como se hace la vida en la tierra.
¿Cómo se “hace” un modelo de desarrollo envidiable? El éxito chileno es una mezcla de una apertura comercial, promoción de exportaciones y estabilidad macroeconómica. Pero en Bolivia no podremos ni ser justos al comparar la capacidad de Chile de lidiar con su tragedia natural, ni entender el éxito económico de un modelo gobernado por una coalición de izquierda que gobierna Chile desde 1990, incluyendo socialistas como Michelle Bachelet. Ese oscurantismo metafísico no es producto de la doble moral que nos embarga. Si somos incapaces de entender cómo se construye una vida digna y desarrollo es porque nuestra infraestructura ideológica hace siglos está en ruinas; una catástrofe social de tal magnitud que se asemeja a un desastre natural. Por suerte tenemos de aliada a las fuerzas de la madre-tierra.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Poder Depredador
Dos corrientes se desprenden con fervor anti-capitalista del comunismo cubano: el chavismo bolivariano y socialismo comunitario. Ambos modelos comparten una ventaja ideológica: su elevado nivel de abstracción del bien y el mal; que permite forjar un atractivo discurso antagónico y apocalíptico. Ahondar en la maquiavélica eficiencia del discurso quijotesco, que delinea con poético resentimiento al enemigo, es reiterar lo aparente. Evidencia de su éxito es que dos caudillos sostienen en los Andes y Orinoco absoluta y firmemente el poder. El haber despertado, manipulado y hábilmente encausado el vacío político y desasosiego popular, sin embargo, no es evidencia del éxito de sus respectivos modelos, que irónicamente hoy compiten entre sí por hegemonía mundial.
En su momento, en detrimento de su propio legado histórico e implícito reconocimiento del fracaso cubano, Fidel Castro había encomendado al presidente boliviano emular el modelo de Chávez. La propuesta de Fidel fue clara, “Evo, no me imites a mí, imita a Chávez”. Queda claro que García Linera hace caso omiso de dicho consejo. Dentro de esta pugna hegemónica por supremacía dentro del Socialismo del Siglo XXI no parece existir cohesión ideológica. A Bolivia no le gusta el desarrollismo industrial estatal venezolano; mucho menos el modelo chileno, que es un socialismo bastardo; menos aun el modelo brasilero, un socialismo “vende patria” que coopera con las grandes empresas nacionales en manos de la burguesía brasilera.
¿Cuál es la propuesta de Lineras? El socialismo comunitario es esencialmente reaccionario; en el sentido que busca destruir, en lugar de proponer. No quiere decir ello que el Jacobismo del siglo XXI sea huérfano de promesas. En contraste con el modelo chavista, que es un desarrollismo estatal que busca industrializar a Venezuela en aras de abandonar su dependencia en el petróleo, los lineamientos de Lineras son neta y profundamente filosóficos. En vez de pretender crear una nueva matriz productiva y eficiente, a manos de un ejército de jóvenes venezolanos que se capacitan en una revolución del conocimiento, en Bolivia se pretende crear un nuevo ser humano, bajo un yugo draconiano impuesto por un ejército de individuos cuya cohesión y espíritu combativo se basa en reivindicaciones étnicas. Es decir, la revolución ética- cultural comunitaria es un impulso hegemónico benevolente, encausado por una etnia prístina, que salvará al ser humano de los impulsos instintivo-suicidas que conducen al abismo ecológico.
La intención de crear un nuevo ser, destruyendo el egoísmo, es noble. Existen dos obstáculos: Uno se llama Constitución Política del Estado, el otro es la naturaleza humana. El primero es un contrato social, aunque endeble y continuamente violado, que garantiza ciertos derechos básicos al boliviano, prohibiendo el nivel de violencia que requiere reformar una mente corrompida por el imperativo instintivo de buscar primero el bienestar y seguridad de los seres más cercanos. En China y Rusia se ejecutaron sumariamente millones de burgueses y contra-revolucionarios, una revolución cultural lamentablemente truncada por la naturaleza humana. Pretender transformar al “comerciante interior” que llevamos dentro, que busca obtener una ganancia, ha de requerir de mucho más que alarmas sobre un “suicidio colectivo” a manos de la corrupta ética “capitalista”. Esa letra comunitaria solo ha de entrar con sangre.
Transformar o sacrificar a los egoístas en nombre de salvar el planeta es el tren del socialismo comunitario al que nos quieren hacer subir. Pero si bien ya va a partir el tren “caballero”, la draconiana transformación del ser; el forjar una nueva ética socialista; e incluso imponer leyes elementales que protegen la vida, como ser prohibir conducir un vehículo en estado de ebriedad, comprueba ser una pugna por el poder, más que una propuesta ideológica “hegemónica” que convenza siquiera a todos los protagonistas políticos dentro del partido con la actual hegemonía del poder.
El socialismo comunitario es - en teoría - una fragmentación económica en pequeños catos de trabajo que favorezcan el “desarrollo personal, armónico y comunitario”, por encima de la productividad y ganancia. Ello requiere la correspondiente concentración del poder en manos del Estado inquisidor, una desarticulación productiva en nombre de preservar la Pachamama e imponer igualdad brutal. En la práctica, el modelo apenas alcanza para someter bajo el yugo ideológico a dos estamentos que deberían estar por encima de pugnas políticas: la ley y economía. Las tribulaciones detrás de la renuncia de Feliz Patzi – un resquebrajamiento político dentro del MAS bajo líneas étnicas - es evidencia adicional que el único norte que crea el socialismo comunitario es un apetito insaciable por el bastón de mando; en detrimento de crear condiciones para el desarrollo industrial nacional. Someten exitosamente a la economía y poder judicial. Pero la vocación del poder y apetito por obtener una ventaja personal a favor de nuestra pequeña comunidad – sea familia, federación o provincia - permanece impune ante las arremetidas filosóficas. La primacía del interés personal es una constante cultural que data de eras ancestrales. Si esa es la promesa hegemónica del socialismo comunitario, temo que la promesa hace rato se cumplió.
En su momento, en detrimento de su propio legado histórico e implícito reconocimiento del fracaso cubano, Fidel Castro había encomendado al presidente boliviano emular el modelo de Chávez. La propuesta de Fidel fue clara, “Evo, no me imites a mí, imita a Chávez”. Queda claro que García Linera hace caso omiso de dicho consejo. Dentro de esta pugna hegemónica por supremacía dentro del Socialismo del Siglo XXI no parece existir cohesión ideológica. A Bolivia no le gusta el desarrollismo industrial estatal venezolano; mucho menos el modelo chileno, que es un socialismo bastardo; menos aun el modelo brasilero, un socialismo “vende patria” que coopera con las grandes empresas nacionales en manos de la burguesía brasilera.
¿Cuál es la propuesta de Lineras? El socialismo comunitario es esencialmente reaccionario; en el sentido que busca destruir, en lugar de proponer. No quiere decir ello que el Jacobismo del siglo XXI sea huérfano de promesas. En contraste con el modelo chavista, que es un desarrollismo estatal que busca industrializar a Venezuela en aras de abandonar su dependencia en el petróleo, los lineamientos de Lineras son neta y profundamente filosóficos. En vez de pretender crear una nueva matriz productiva y eficiente, a manos de un ejército de jóvenes venezolanos que se capacitan en una revolución del conocimiento, en Bolivia se pretende crear un nuevo ser humano, bajo un yugo draconiano impuesto por un ejército de individuos cuya cohesión y espíritu combativo se basa en reivindicaciones étnicas. Es decir, la revolución ética- cultural comunitaria es un impulso hegemónico benevolente, encausado por una etnia prístina, que salvará al ser humano de los impulsos instintivo-suicidas que conducen al abismo ecológico.
La intención de crear un nuevo ser, destruyendo el egoísmo, es noble. Existen dos obstáculos: Uno se llama Constitución Política del Estado, el otro es la naturaleza humana. El primero es un contrato social, aunque endeble y continuamente violado, que garantiza ciertos derechos básicos al boliviano, prohibiendo el nivel de violencia que requiere reformar una mente corrompida por el imperativo instintivo de buscar primero el bienestar y seguridad de los seres más cercanos. En China y Rusia se ejecutaron sumariamente millones de burgueses y contra-revolucionarios, una revolución cultural lamentablemente truncada por la naturaleza humana. Pretender transformar al “comerciante interior” que llevamos dentro, que busca obtener una ganancia, ha de requerir de mucho más que alarmas sobre un “suicidio colectivo” a manos de la corrupta ética “capitalista”. Esa letra comunitaria solo ha de entrar con sangre.
Transformar o sacrificar a los egoístas en nombre de salvar el planeta es el tren del socialismo comunitario al que nos quieren hacer subir. Pero si bien ya va a partir el tren “caballero”, la draconiana transformación del ser; el forjar una nueva ética socialista; e incluso imponer leyes elementales que protegen la vida, como ser prohibir conducir un vehículo en estado de ebriedad, comprueba ser una pugna por el poder, más que una propuesta ideológica “hegemónica” que convenza siquiera a todos los protagonistas políticos dentro del partido con la actual hegemonía del poder.
El socialismo comunitario es - en teoría - una fragmentación económica en pequeños catos de trabajo que favorezcan el “desarrollo personal, armónico y comunitario”, por encima de la productividad y ganancia. Ello requiere la correspondiente concentración del poder en manos del Estado inquisidor, una desarticulación productiva en nombre de preservar la Pachamama e imponer igualdad brutal. En la práctica, el modelo apenas alcanza para someter bajo el yugo ideológico a dos estamentos que deberían estar por encima de pugnas políticas: la ley y economía. Las tribulaciones detrás de la renuncia de Feliz Patzi – un resquebrajamiento político dentro del MAS bajo líneas étnicas - es evidencia adicional que el único norte que crea el socialismo comunitario es un apetito insaciable por el bastón de mando; en detrimento de crear condiciones para el desarrollo industrial nacional. Someten exitosamente a la economía y poder judicial. Pero la vocación del poder y apetito por obtener una ventaja personal a favor de nuestra pequeña comunidad – sea familia, federación o provincia - permanece impune ante las arremetidas filosóficas. La primacía del interés personal es una constante cultural que data de eras ancestrales. Si esa es la promesa hegemónica del socialismo comunitario, temo que la promesa hace rato se cumplió.
lunes, 25 de enero de 2010
Muro de Arlequín
En despliegue de las gónadas más grandes e inservibles de la historia, desafiaron dos veces seguidas el poderío militar combinado del resto del planeta. Siendo apenas pueblos bárbaros - antes de convertirse propiamente en “germanos” – habían a espada limpia enfrentaron al imperio romano. Más de mil años después, el pueblo más disciplinado, obstinado y patriota de toda la historia se abalanzó sobre Europa, África y Asia, para intentar someter a cientos de millones de enemigos armados hasta los dientes. Todos sabemos que los alemanes perdieron ambas guerras mundiales; pocos sabemos que una mitad de fascistas se volvieron bolcheviques cuando el imperio soviético se adueñó de mitad de su nación.
Después de la gran guerra, el oriente de Alemania (donde se encuentra su capital) quedó bajo control ruso. Los norteamericanos insistieron en dividir la ciudad en dos, obligando a los comunistas lidiar con un oasis del capitalismo dentro de su territorio soberano. Para evitar contaminarse con el “fascismo” consumista del tío Sam, los “demócratas” erigieron la barrera más inútil de la historia. Ese triste y brutal capítulo es parte del reciente pasado de la humanidad. No obstante, ningún bolivariano fiel al llanero trovador tendría la honestidad intelectual de responder: ¿Qué opina usted del muro de Berlín?
Devastados física y moralmente por la destrucción y humillación de la más terrible de todas las guerras, los alemanes orientales estoicamente soportaron dos generaciones de tiranía bolchevique. El 2010 se celebran 20 años de la caída de un muro que intentó lo imposible: doblegar el espíritu de la libertad. Habiendo vivido toda una vida amargamente divididos por una cortina de hierro, las dos naciones hermanas finalmente se reconciliaron y reunificaron. El rezago económico del oriente - una devastación socialista compartida por todo satélite soviético - todavía no ha sido del todo superada. Alcanzar la madurez política ha llegado a un muy alto precio para el pueblo alemán.
Todos sabemos que los alemanes fueron propensos a la impetuosidad que nace de una celebración étnica y nacionalista desmesurada. Su gran disciplina ahora es equilibrada con un nuevo sentido de propósito y lucidez. Pocos sabemos que el pueblo venezolano, a pasos agigantados, también está adquiriendo una consciencia superior. En apenas diez años, Venezuela aprendió a ejercer su democracia, a organizarse y entender el proceso político con un creciente nivel de sofisticación. Los retos son aun onerosos. Su psique colectiva sigue devastada por la corrupción de una oligarquía que se llevo a Miami los reales de la nación. Pero el pueblo venezolano está despertando.
Lacayos del nuevo ejército rojo intentaron lucrar ideológicamente del luto haitiano. Dudo, sin embargo, se dignen opinar del acoso político y legal que ha llevado al cierre “temporal” de RCTV, canal de televisión venezolano. Los bolcheviques han aprovechado el desgaste de siglos de una pesimamente ejecutada guerra contra la pobreza y discriminación, para endiosarse. En vez de Miami, envían los reales del pueblo a Cuba, Bolivia y Nicaragua. Ahora pretenden adueñarse del espectro mediático para maquillar la realidad. Los oligarcas son culpables de crear un clima de cinismo y desasosiego similar al que llevó a Hitler al poder absoluto. Los venezolanos ahora ven - a la fuerza - las cadenas del fracaso. Pero si los espacios de libertad no pudieron ser cerrados por el Führer, la Stasi y el Muro de Berlín, mucho menos lo seguirá haciendo un comandante apagón, disfrazado de arlequín.
Después de la gran guerra, el oriente de Alemania (donde se encuentra su capital) quedó bajo control ruso. Los norteamericanos insistieron en dividir la ciudad en dos, obligando a los comunistas lidiar con un oasis del capitalismo dentro de su territorio soberano. Para evitar contaminarse con el “fascismo” consumista del tío Sam, los “demócratas” erigieron la barrera más inútil de la historia. Ese triste y brutal capítulo es parte del reciente pasado de la humanidad. No obstante, ningún bolivariano fiel al llanero trovador tendría la honestidad intelectual de responder: ¿Qué opina usted del muro de Berlín?
Devastados física y moralmente por la destrucción y humillación de la más terrible de todas las guerras, los alemanes orientales estoicamente soportaron dos generaciones de tiranía bolchevique. El 2010 se celebran 20 años de la caída de un muro que intentó lo imposible: doblegar el espíritu de la libertad. Habiendo vivido toda una vida amargamente divididos por una cortina de hierro, las dos naciones hermanas finalmente se reconciliaron y reunificaron. El rezago económico del oriente - una devastación socialista compartida por todo satélite soviético - todavía no ha sido del todo superada. Alcanzar la madurez política ha llegado a un muy alto precio para el pueblo alemán.
Todos sabemos que los alemanes fueron propensos a la impetuosidad que nace de una celebración étnica y nacionalista desmesurada. Su gran disciplina ahora es equilibrada con un nuevo sentido de propósito y lucidez. Pocos sabemos que el pueblo venezolano, a pasos agigantados, también está adquiriendo una consciencia superior. En apenas diez años, Venezuela aprendió a ejercer su democracia, a organizarse y entender el proceso político con un creciente nivel de sofisticación. Los retos son aun onerosos. Su psique colectiva sigue devastada por la corrupción de una oligarquía que se llevo a Miami los reales de la nación. Pero el pueblo venezolano está despertando.
Lacayos del nuevo ejército rojo intentaron lucrar ideológicamente del luto haitiano. Dudo, sin embargo, se dignen opinar del acoso político y legal que ha llevado al cierre “temporal” de RCTV, canal de televisión venezolano. Los bolcheviques han aprovechado el desgaste de siglos de una pesimamente ejecutada guerra contra la pobreza y discriminación, para endiosarse. En vez de Miami, envían los reales del pueblo a Cuba, Bolivia y Nicaragua. Ahora pretenden adueñarse del espectro mediático para maquillar la realidad. Los oligarcas son culpables de crear un clima de cinismo y desasosiego similar al que llevó a Hitler al poder absoluto. Los venezolanos ahora ven - a la fuerza - las cadenas del fracaso. Pero si los espacios de libertad no pudieron ser cerrados por el Führer, la Stasi y el Muro de Berlín, mucho menos lo seguirá haciendo un comandante apagón, disfrazado de arlequín.
viernes, 22 de enero de 2010
De Risa al Llanto
En diciembre se elevaron materialistas plegarias a un barbón de rojo, llenando de ilusiones a los más pequeños burgueses. Con beneplácito de Papa Noel – deidad capitalista- los privilegiados estrenaron juegos electrónicos de muerte y destrucción. El estupor de la resaca decembrina recién vencida, el amargo sabor a discriminación presente aún, dioses andinos llegaron en enero también a celebrar. Su voz convertida en dulces zampoñas, Túpac Katari reencarnó en millones, bendiciendo el nuevo mandato de su reivindicación histórica. La suplica de igualdad ante la ley y justicia social fue por todos compartida. Y aunque dejarlo en puro deseo traicionaría por igual la utopía de proletarios y oligarcas; el espíritu de los tiempos parece limitarse a un llanto quejumbroso de “¡ojalá!”
La inocencia de un niño es - en teoría – el sentimiento más puro; porque únicamente elevados deseos habitan su diminuto corazón. Superado el egoísmo de sus primeros gritos primales, el niño adquiere un gran sentido de pertenencia y solidaridad. Pero al hacerse grande –recubierto su frágil ego de musculatura - la ternura se transforma en abusos del más débil; un baño de testosteronas que lo obstinan con trepar la jerarquía. Habiendo obtenido fuerza, pierde el niño su inocencia, para dar rienda suelta a su simio interior.
Las presiones de la piel adolescente luego también se desvanecen, recuperando de adulto el sentido de equidad; transformando en sindéresis una ingenuidad ya magullada. El inmaduro idealismo debe atravesar por el fuego de los instintos y múltiples contradicciones de la vida. Si el niño abandona su capricho y adquiere madurez, su deseo dejará de ser voluntad abstracta, para convertirse en férreo compromiso. La inocencia del adulto no será tan pura, pero es más elevada. Todos sufrimos múltiples caídas, todas ellas provocadas por la ley de gravedad. Pero si en vez de maldecirla o ignorarla, logramos equilibrar el ser, los tropiezos del pasado se convierten en trozos de sabiduría.
La ley de gravedad es cortesía de Dios; otras leyes son invento humano. Si a un niño se le otorgase la potestad de crear normas, plasmaría en papel sus deseos más elevados. Envestido del poder para aplicarlas, son muy pocos los niños capaces de someter su delicado ego a las reglas que pretenden imponer en los demás. Desde épocas remotas, toda ley que limita la discrecionalidad se vuelve odiosa ante los benévolos ojos del monarca. Un pequeño príncipe, con poder absoluto para hacer lo que le dé la gana, tiende a abandonar su inocencia, para pasar de oprimido a opresor. Pero la culpa no es del “Niño”; es una ley no escrita de la condición humana.
Dentro del vientre de una joven democracia se gesta lentamente nuestra madurez. Tres décadas de democracia son apenas un suspiro. Por ende, no podemos - ni sabríamos cómo - aceptar nuestra “inocente” perfidia; mucho menos entender que el equilibrio no es posible cuando ladeamos caprichosamente hacia extremos. Si la constitución fue antes traicionada por el racismo y corrupción; por encima de la ley dioses de la guerra están siendo ahora enarbolados. En vez de un férreo compromiso con cumplir la nueva Carta Magna, nuestra voluntad se ha limitado a una tierna obsesión con la muerte y destrucción: de la república, inversión privada y libre intercambio comercial. En vez de fatuos sincretismos, nuestro guía espiritual debió haber prometido abandonar el sectarismo étnico-social, gobernar para todos y obedecer sus propias reglas de juego. Al compás de alegres trompetistas, deidades de febrero burlonamente corean, “¡ojalá!”
La inocencia de un niño es - en teoría – el sentimiento más puro; porque únicamente elevados deseos habitan su diminuto corazón. Superado el egoísmo de sus primeros gritos primales, el niño adquiere un gran sentido de pertenencia y solidaridad. Pero al hacerse grande –recubierto su frágil ego de musculatura - la ternura se transforma en abusos del más débil; un baño de testosteronas que lo obstinan con trepar la jerarquía. Habiendo obtenido fuerza, pierde el niño su inocencia, para dar rienda suelta a su simio interior.
Las presiones de la piel adolescente luego también se desvanecen, recuperando de adulto el sentido de equidad; transformando en sindéresis una ingenuidad ya magullada. El inmaduro idealismo debe atravesar por el fuego de los instintos y múltiples contradicciones de la vida. Si el niño abandona su capricho y adquiere madurez, su deseo dejará de ser voluntad abstracta, para convertirse en férreo compromiso. La inocencia del adulto no será tan pura, pero es más elevada. Todos sufrimos múltiples caídas, todas ellas provocadas por la ley de gravedad. Pero si en vez de maldecirla o ignorarla, logramos equilibrar el ser, los tropiezos del pasado se convierten en trozos de sabiduría.
La ley de gravedad es cortesía de Dios; otras leyes son invento humano. Si a un niño se le otorgase la potestad de crear normas, plasmaría en papel sus deseos más elevados. Envestido del poder para aplicarlas, son muy pocos los niños capaces de someter su delicado ego a las reglas que pretenden imponer en los demás. Desde épocas remotas, toda ley que limita la discrecionalidad se vuelve odiosa ante los benévolos ojos del monarca. Un pequeño príncipe, con poder absoluto para hacer lo que le dé la gana, tiende a abandonar su inocencia, para pasar de oprimido a opresor. Pero la culpa no es del “Niño”; es una ley no escrita de la condición humana.
Dentro del vientre de una joven democracia se gesta lentamente nuestra madurez. Tres décadas de democracia son apenas un suspiro. Por ende, no podemos - ni sabríamos cómo - aceptar nuestra “inocente” perfidia; mucho menos entender que el equilibrio no es posible cuando ladeamos caprichosamente hacia extremos. Si la constitución fue antes traicionada por el racismo y corrupción; por encima de la ley dioses de la guerra están siendo ahora enarbolados. En vez de un férreo compromiso con cumplir la nueva Carta Magna, nuestra voluntad se ha limitado a una tierna obsesión con la muerte y destrucción: de la república, inversión privada y libre intercambio comercial. En vez de fatuos sincretismos, nuestro guía espiritual debió haber prometido abandonar el sectarismo étnico-social, gobernar para todos y obedecer sus propias reglas de juego. Al compás de alegres trompetistas, deidades de febrero burlonamente corean, “¡ojalá!”
martes, 19 de enero de 2010
Abogado del Pueblo
Injurias, hurtos, contratos violados. Mentimos con descaro, cometiendo hacia el prójimo desde las más triviales ofensas, hasta las que ocasionan gran dolor. En calles y avenidas, a plena luz del día, incontables incidentes de tránsito son rutina. Salvo casos excepcionales, que causan perpleja admiración, nadie admite su culpa. ¿Es posible que todos seamos inocentes? Salvo raras excepciones, en las múltiples transgresiones que cotidianamente se suscitan, alguien es culpable. Ante abusos e infracciones no hay inocentes. Lo que existe es impunidad.
La profesión más vilipendiada es encargada de interpretar la ley. Los abogados causan comprensible irritación entre la gente, porque deben defender incluso al asesino y ladrón. Defender al imputado de un delito requiere imaginarse aquello que posiblemente nunca ha sucedido, aceptar falsas interpretaciones, o manipular a quienes deben llegar a un veredicto. Por ende, alrededor del alma de un abogado mucho callo debe acumularse. Tal vez sean farsantes, pero sin ellos estaríamos perdidos. Los sofistas profesionales están conscientes que ejercen artimañas, gajes del oficio que los hace un tanto despreciables. No obstante, sin expertos en las reglas de juego que protejan al inocente de acosos e injusticias, incluso un mayor caos y cinismo se apoderaría de la sociedad.
Un abogado tiene el deber de ofrecer su mejor consejo legal. Si el caso especifico representa un conflicto ético, moral o personal insuperable, el abogado puede y debe recusarse. En la política sucede algo parecido. Un candidato a un puesto ejecutivo o legislativo es un sujeto también necesario para asumir la defensa de un pueblo inocente. Por muy noble su cometido, los políticos son – por lo general – ratas de dos patas: ávidos roedores de los corredores del poder. Solo los dignos de grandeza se recusan de abusar de su poder.
Un político profesional olfatea votos a varios meses de distancia. Sabe perfectamente por dónde soplan los vientos de la popularidad. Si ganar requiere cambiar de camiseta, lo hacen sin ningún pudor. Cuando Keynes alguna vez se contradijo a sí mismo y fue por ello por un periodista fustigado, respondió: “Cuando veo que estuve equivocado cambio de opinión. ¿Qué hace usted señor?”. Todos tenemos derecho a equivocarnos, o a cambiar de posición política y concepto económico cuando así la evidencia lo amerita. Eso se llama evolución del pensamiento. En contraste, los políticos - al igual que los abogados - defienden cualquier partido o argumento que le garantice ganar favores políticos.
Un político – en teoría – quiere ser elegido para defender los intereses del pueblo. Al principio es así. Con gran convicción, inexpertos candidatos se arrojan idealistamente a causas perdidas, sufriendo penurias en el escabroso sendero a la victoria. Una vez conquistada la cima, sin embargo, el poder se convierte en un elixir embriagante, apoderándose de la piel un afán de dormir siempre entre brazos del estatus amado. Una vez encimados en la jerarquía nacional, los elegidos empiezan a defender todo lo que sale de la boca, imaginación y capricho del jefe supremo. Ganar un escaño o posición ejecutiva requiere del candidato - sea del oficialismo o de la oposición - convertirse en lacayo de la versión oficial que impone la jerarquía del partido.
Un partido político no puede siempre tener la razón. Por histórico su mandato, errar es de humanos. Por muy honorable y sabia su cabeza, nadie es infalible; mucho menos un dogma que – por definición – permanece estático ante las cambiantes circunstancias. Pero la arrogancia del poder es cegador; su dominio sobre el ego del patriota implacable. Afortunadamente para Latinoamérica, dos de las más grandes figuras de principio de siglo se hacen a un costado, permitiendo que las fuerzas dialécticas de la sociedad sigan el inexorable camino a cada vez mayores y mejores síntesis entre modelos e intereses contrapuestos.
Con más de dos tercios del pueblo chileno aplaudiendo su excelente y digna gestión, Michelle Bachelet cedió el camino a la oposición. Luiz Inácio Lula da Silva, posiblemente el mejor presidente continental, también se recusa de seguir siendo reelegido. El pueblo comprensiblemente se enamora de sus personajes. Es por ello a veces difícil que una comunidad defienda sus propios intereses. Embriagados por el amor a un caudillo, a veces permitimos que impunemente se cometan las múltiples transgresiones propias del más fuerte. Aprender a defenderse del capricho del poder personal, por mucho que sea un poder por uno mismo delegado, parece ser - de todas - la más difícil elección.
La profesión más vilipendiada es encargada de interpretar la ley. Los abogados causan comprensible irritación entre la gente, porque deben defender incluso al asesino y ladrón. Defender al imputado de un delito requiere imaginarse aquello que posiblemente nunca ha sucedido, aceptar falsas interpretaciones, o manipular a quienes deben llegar a un veredicto. Por ende, alrededor del alma de un abogado mucho callo debe acumularse. Tal vez sean farsantes, pero sin ellos estaríamos perdidos. Los sofistas profesionales están conscientes que ejercen artimañas, gajes del oficio que los hace un tanto despreciables. No obstante, sin expertos en las reglas de juego que protejan al inocente de acosos e injusticias, incluso un mayor caos y cinismo se apoderaría de la sociedad.
Un abogado tiene el deber de ofrecer su mejor consejo legal. Si el caso especifico representa un conflicto ético, moral o personal insuperable, el abogado puede y debe recusarse. En la política sucede algo parecido. Un candidato a un puesto ejecutivo o legislativo es un sujeto también necesario para asumir la defensa de un pueblo inocente. Por muy noble su cometido, los políticos son – por lo general – ratas de dos patas: ávidos roedores de los corredores del poder. Solo los dignos de grandeza se recusan de abusar de su poder.
Un político profesional olfatea votos a varios meses de distancia. Sabe perfectamente por dónde soplan los vientos de la popularidad. Si ganar requiere cambiar de camiseta, lo hacen sin ningún pudor. Cuando Keynes alguna vez se contradijo a sí mismo y fue por ello por un periodista fustigado, respondió: “Cuando veo que estuve equivocado cambio de opinión. ¿Qué hace usted señor?”. Todos tenemos derecho a equivocarnos, o a cambiar de posición política y concepto económico cuando así la evidencia lo amerita. Eso se llama evolución del pensamiento. En contraste, los políticos - al igual que los abogados - defienden cualquier partido o argumento que le garantice ganar favores políticos.
Un político – en teoría – quiere ser elegido para defender los intereses del pueblo. Al principio es así. Con gran convicción, inexpertos candidatos se arrojan idealistamente a causas perdidas, sufriendo penurias en el escabroso sendero a la victoria. Una vez conquistada la cima, sin embargo, el poder se convierte en un elixir embriagante, apoderándose de la piel un afán de dormir siempre entre brazos del estatus amado. Una vez encimados en la jerarquía nacional, los elegidos empiezan a defender todo lo que sale de la boca, imaginación y capricho del jefe supremo. Ganar un escaño o posición ejecutiva requiere del candidato - sea del oficialismo o de la oposición - convertirse en lacayo de la versión oficial que impone la jerarquía del partido.
Un partido político no puede siempre tener la razón. Por histórico su mandato, errar es de humanos. Por muy honorable y sabia su cabeza, nadie es infalible; mucho menos un dogma que – por definición – permanece estático ante las cambiantes circunstancias. Pero la arrogancia del poder es cegador; su dominio sobre el ego del patriota implacable. Afortunadamente para Latinoamérica, dos de las más grandes figuras de principio de siglo se hacen a un costado, permitiendo que las fuerzas dialécticas de la sociedad sigan el inexorable camino a cada vez mayores y mejores síntesis entre modelos e intereses contrapuestos.
Con más de dos tercios del pueblo chileno aplaudiendo su excelente y digna gestión, Michelle Bachelet cedió el camino a la oposición. Luiz Inácio Lula da Silva, posiblemente el mejor presidente continental, también se recusa de seguir siendo reelegido. El pueblo comprensiblemente se enamora de sus personajes. Es por ello a veces difícil que una comunidad defienda sus propios intereses. Embriagados por el amor a un caudillo, a veces permitimos que impunemente se cometan las múltiples transgresiones propias del más fuerte. Aprender a defenderse del capricho del poder personal, por mucho que sea un poder por uno mismo delegado, parece ser - de todas - la más difícil elección.
miércoles, 6 de enero de 2010
¡Achtung!
Relativismo moral, tu nombre era Alemania. El pragmatismo político más barato del mundo ahora se construye en el dragón del Asia, sobre espaldas de otro pueblo-hormiga. El moderno realismo traiciona el romanticismo doctrinal de Mao, conduciendo a China a acostarse con capitalistas y abrir sus puertas bien grande a la inversión privada. El trabajo infantil y sueldos de miseria son parte de la fórmula de desarrollo a cualquier costo. Otro precio que los chinos están dispuestos a pagar es mancharse de sangre las manos, mediante cuantiosas inversiones en Sudán, cuyo gobierno es responsable en Darfur del mayor genocidio del siglo XXI.
El más amargo antecedente de un pragmatismo apaciguador es cortesía del Primer Ministro inglés, Neville Chamberlain, quien “cedió” Checoslovaquia a Hitler, con tal de evitar involucrarse en pleito ajeno. Aquel que ignora las consecuencias del apaciguamiento de Neville ha sido educado a medias; su frágil conocimiento histórico un obstáculo más al desarrollo de valores compartidos. No es suficiente, sin embargo, compartir en abstracto ciertos ideales, para luego dejarlos inermes, condenándolos a una existencia de boca para afuera. Es también necesario ser coherentes con el ideal. Antecedente de ese compromiso fue un público indignado, que presionó a sus empresas nacionales para que dejen de invertir en Sud África; evitando así que su dinero sustente un régimen racista.
El poder del bolsillo del ciudadano cobra cada vez mayor fuerza. Con su voto monetario, el pueblo empieza a forzar a empresas a no contaminar; a no robarles a niños el tiempo para ser inocentes; o criar carnes llenas de hormonas. Fue la billetera del ciudadano común que obligó a transnacionales a retirarse del último bastión del racismo constitucional. La amenaza de retirar inversiones personales de empresa que colaboren con el apartheid acabó forzando al gobierno sudafricano a abrir las rejas, dando lugar al pacto social de Nelson Mandela.
Otro programa que pretende subsanar asimetrías sociales, producto de siglos de esclavitud y racismo, es la acción afirmativa. Empresas y universidades de EE.UU. deben llenar con minorías étnicas un porcentaje de cupos de becas y empleos. En Bolivia, la acción afirmativa ha sido llevada a su extremo lógico, arrancando aplausos entre avergonzados herederos del colonialismo. Por ende, mientras más cambian las cosas, más siguen igual. Europeos con carga de conciencia ahora coquetean con la idea de otorgarle un Premio Nobel al responsable de imponer una Constitución cuyo cuoteo de poder étnico raya en racismo. Parece que cuando el pie esta en el otro zapato, es legítimo crear un híbrido constitucional que conjugue una versión “light” del apartheid-a-la-inversa con una política de “poder étnico afirmativo”.
Antes de concluir que europeos observan impasibles, porque nos ven como ratas de laboratorio, hay que otorgarles el beneficio de la duda. Es posible que, en vez de un pragmatismo “chino”, los otrora colonialistas hayan desarrollado una fórmula compleja, que encuentra el punto de equilibrio entre el fascismo tropical de Hugo Chávez y las mínimas libertades que necesitamos los tercermundistas. No obstante, una conducta por parte de un miembro de la Comunidad Europea idéntica a la que ejerce la espada de Bolívar, arrancaría allá inmediatas condenas. Otra opción, por ende, es que somos el equivalente sudanés ante intereses geopolíticos de China. Al igual que Chamberlain, son algunos europeos quienes le confieren al proyecto chavista un frágil, pero muy pragmático, beneficio de la duda.
El más amargo antecedente de un pragmatismo apaciguador es cortesía del Primer Ministro inglés, Neville Chamberlain, quien “cedió” Checoslovaquia a Hitler, con tal de evitar involucrarse en pleito ajeno. Aquel que ignora las consecuencias del apaciguamiento de Neville ha sido educado a medias; su frágil conocimiento histórico un obstáculo más al desarrollo de valores compartidos. No es suficiente, sin embargo, compartir en abstracto ciertos ideales, para luego dejarlos inermes, condenándolos a una existencia de boca para afuera. Es también necesario ser coherentes con el ideal. Antecedente de ese compromiso fue un público indignado, que presionó a sus empresas nacionales para que dejen de invertir en Sud África; evitando así que su dinero sustente un régimen racista.
El poder del bolsillo del ciudadano cobra cada vez mayor fuerza. Con su voto monetario, el pueblo empieza a forzar a empresas a no contaminar; a no robarles a niños el tiempo para ser inocentes; o criar carnes llenas de hormonas. Fue la billetera del ciudadano común que obligó a transnacionales a retirarse del último bastión del racismo constitucional. La amenaza de retirar inversiones personales de empresa que colaboren con el apartheid acabó forzando al gobierno sudafricano a abrir las rejas, dando lugar al pacto social de Nelson Mandela.
Otro programa que pretende subsanar asimetrías sociales, producto de siglos de esclavitud y racismo, es la acción afirmativa. Empresas y universidades de EE.UU. deben llenar con minorías étnicas un porcentaje de cupos de becas y empleos. En Bolivia, la acción afirmativa ha sido llevada a su extremo lógico, arrancando aplausos entre avergonzados herederos del colonialismo. Por ende, mientras más cambian las cosas, más siguen igual. Europeos con carga de conciencia ahora coquetean con la idea de otorgarle un Premio Nobel al responsable de imponer una Constitución cuyo cuoteo de poder étnico raya en racismo. Parece que cuando el pie esta en el otro zapato, es legítimo crear un híbrido constitucional que conjugue una versión “light” del apartheid-a-la-inversa con una política de “poder étnico afirmativo”.
Antes de concluir que europeos observan impasibles, porque nos ven como ratas de laboratorio, hay que otorgarles el beneficio de la duda. Es posible que, en vez de un pragmatismo “chino”, los otrora colonialistas hayan desarrollado una fórmula compleja, que encuentra el punto de equilibrio entre el fascismo tropical de Hugo Chávez y las mínimas libertades que necesitamos los tercermundistas. No obstante, una conducta por parte de un miembro de la Comunidad Europea idéntica a la que ejerce la espada de Bolívar, arrancaría allá inmediatas condenas. Otra opción, por ende, es que somos el equivalente sudanés ante intereses geopolíticos de China. Al igual que Chamberlain, son algunos europeos quienes le confieren al proyecto chavista un frágil, pero muy pragmático, beneficio de la duda.
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