lunes, 9 de marzo de 2009
Dejad de Jihad
Haciendo a un lado exquisiteces históricas, Anne Norton le ha dado un giro radical al concepto “anti-semita”, para describir la política exterior del gobierno de George W. Bush: una política alimentada por un desprecio de los valores del mundo del Islam. Debido que árabes también son semitas, según Norton una política de Estado basada en la premisa que el Islam es una religión retrograda y su militancia peligrosamente violenta es, por lo tanto, también “anti-semítica”. El Presidente Bush llegó al extremo de llamar el despliegue de sus tropas una “cruzada”, una expresión de intenciones que manifiesta o una abismal falta de tacto, o un diabólico propósito de enfrentar a balazos a la “otra” civilización.
El choque entre civilizaciones, entre Oriente y Occidente, entre fe y ciencia, está históricamente enmarcado en un conflicto por Jerusalén. La Guerra en Iraq tuvo (además del petróleo y geopolítica) la justificación de pretender democratizar el Oriente Medio para garantizar la seguridad nacional, entre otros, de Israel, quien forma parte de las familias de naciones de Occidente. Según Norton, reconocer que el geist de la guerra contra el terrorismo fue alimentado por una aversión al fundamentalismo islámico, que logró cegar a la administración de Bush al punto de la demencia, “nos obligaría a considerar la vergonzosa manera como hemos utilizado la oposición a una forma de anti-semitismo (contra judíos) como licencia para otra (contra árabes), y reconocer que hemos convertido a la intolerancia en piedra angular no reconocida de la política exterior norteamericana.”
El judaísmo es considerado la religión de la razón, una herramienta del cerebro humano que hace siglos sufre de una muy mala imagen pública; una herramienta que (no obstante el desprecio que incita) no puede ser abandonada. La supuesta batalla entre el intelecto y la religión, entre la fe y la ciencia, es una estúpida hostilidad contra nuestra propia sombra, que lo único que logra es el subdesarrollo de nuestro verdadero potencial. La ciencia no es otra cosa que la investigación de las leyes de Dios; la fe la otra cara de una misma moneda. Estar en contra de la ciencia es – en efecto – estar en contra de las maneras que Dios ha diseñado para gobernar el universo. El intelecto y la emotividad son igual dos caras de una misma energía, que debe cruzar de un hemisferio cerebral al otro, en una danza sagrada de la cual emerge la consciencia. Pretender que es posible “elegir” a una fuerza de nuestro ser por encima de la otra es pretender amputar la mano izquierda por considerarla “impura”.
La razón está siendo equilibrada por una manera de procesar la información que, en lugar de satisfacer apetitos inmediatos extrayendo cada vez más de la Madre Tierra, nutre la racionalidad del largo plazo con la afectiva comprensión de la total interdependencia, un sentimiento que esperemos logre restaurar un equilibrio ecológico. En lugar de la racional codicia que ha desatado una tempestad financiera en nombre de la acumulación material, ahora se empieza a cultivar una virtud cívica que equilibre al individualismo desenfrenado con un sentido de responsabilidad hacia la comunidad. Necesitamos tanto la disciplina del padre y el alimento de la madre, y somos Logos y Eros a la misma vez. El equilibrio a la razón emerge de un método que busca también acariciar al entorno, en lugar de obsesionarse con explotarlo o apropiarse de él. Por falta de mejor término llamemos este complemento un acercamiento femenino a la realidad.
El contraste de método entre Bush y Obama no podría ser más radical, ni mejor ilustración del proceso evolutivo de la consciencia humana. Mientras que Bush pretendió resucitar la virtud cívica atizando un militante patriotismo imperialista, Obama pretende crear un entorno de tolerancia que permita integrar diferentes herramientas ideológicas bajo la premisa de utilizar aquello que funciona. La metodología de Obama privilegia al proceso por encima del valor. La tendencia humana de caer en la idolatría de verdades absolutas – como ser la libertad - es equilibrada mediante el uso de la herramienta femenina de escuchar al otro. En lugar de imponerse por la fuerza de la razón, Obama pretende desarrollar un dialogo que hilvane en la narrativa hilos comunes compartidos entre Oriente y Occidente. El propósito de Obama será enfrentar fuerzas que pretenden asesinar en nombre de una causa, pero no enfrentar Sharia, por retrograda que sea su implementación local. Que no le extrañe a nadie si en Afganistán se empieza a forjar alianzas entre fuerzas de la OTAN y fuerzas “talibanes”.
Cuando se trata del mundo del Islam, es difícil ser tolerante de un puñado de prácticas culturales ancestrales que rayan en barbáricas. Espero que nadie intente justificar arrojar acido en el rostro de una niña por atreverse desafiar los usos y costumbres de tribus afganas, al intentar obtener una educación. En este sentido Fareed Zakaria ofrece un consejo que Obama ha tomado; diferenciar entre aquello que uno no puede aceptar como un valor legítimo, de aquello que uno necesita a la fuerza enfrentar. Cuando se trata de diferencia culturales, tal vez sea legítimo utilizar la fuerza de la opinión pública para criticar la implementación valores que violan los derechos de la mujer, u cualquier otra exquisitez occidental llamada “derechos humanos”; pero no se debe jamás utilizar la fuerza militar para transformar una cultura. Lo que propone Zakaria es básicamente saber elegir las batallas; reservando nuestra intolerancia para quienes pretenden destruirnos, no para quienes son intolerantes con los suyos. Es decir, vive y deja vivir. Si pretenden matarte defiéndete. Pero si de valores se trata, permite que el lento proceso evolutivo demuestre cuales valores mejor resuelven los predicamentos de la modernidad.
Aunque profesan dos muy distintas ideologías, cuando se trata de procesar la información, el presidente Morales ha resultado tener el mismo modelo de cerebro del ex-presidente Bush. Ambos no cargan los mismos valores dentro de sus respectivos cerebros, sino que utilizan un mismo método; tanto Bush como Morales comparten un cerebro tribalista. Valga la aclaración que llamar al cerebro de Bush “tribalista” no es insultar su inteligencia o humanidad; todo lo contrario, es celebrarla. Si no fuésemos “tribalistas” seriamos incapaces de forjar los lazos afectivos que hacen a la comunidad, que nos impele a defender a los nuestros, un instinto básico sin la cual no hubiésemos podido sobrevivir. El tribalismo forma parte de las herramientas que Dios ha conferido al ser humano para asegurar su supervivencia, al igual que nos ha conferido un cerebro reptiliano, un sistema límbico y más recientemente la neocórteza. Al igual que con el intelecto, el problema surge cuando pretendemos utilizar un solo módulo cognitivo para enfrentar una crisis. El problema surge cuando el mundo cambia, pero seguimos reaccionando utilizando predominantemente el substrato de nuestro cerebro intelectual o reptiliano.
Al igual que Bush pretendió utilizar un anti-semitismo para combatir otro anti-semitismo, en Bolivia se pretende combatir el racismo mediante la implementación del racismo; luchar contra la corrupción justificándola; democratizar imponiendo el poder del Poder Ejecutivo. Pero en lugar de elegir una batalla y demostrar como el accionar del gobierno profundiza la crisis, la oposición en Bolivia ha preferido enfrentar al oficialismo con la misma ingenuidad con la que George W. Bush pensó podía transformar un continente utilizando tecnología militar. Los tiempos han cambiado y es menester aprender a elegir nuestras batallas. Tal vez sea preocupante observar como la discrecionalidad de la justicia comunitaria puede salirse de control, u observar como hemos sido secuestrados por la agenda política de un llanero solitario con mucho petróleo en el bolsillo. La batalla que debemos preparar ahora es en el terreno de valores, estoy de acuerdo. Pero en lugar de proponer coherentemente una alternativa que supere en efectividad y mejor avance la agenda actual de inclusión social, tolerancia y fin al racismo, la oposición al gobierno del presidente Morales pretende agarrarse de la cotidianidad política para desarrollar un “anti-aymarismo” igual de intolerante y racista.
El ser humano tiende siempre a ir a extremos. Lo hicimos con la racionalidad y ahora necesitamos equilibrarla. EE.UU. lo hizo con el capitalismo y ahora necesita una dosis de intervención del Estado. Cuba lo hizo con el socialismo, y ahora apuesta a una gradual apertura comercial. Cualquier expresión extremista, que ignora la necesidad de complementariedad, está destinada a ser eventualmente equilibrada. La siguiente generación de bolivianos se asegurará que ello suceda. Por el momento, deberíamos observar con preocupación cómo – con complicidad del subterfugio moderno del internet - se quiere declarar una guerra santa contra el aymarismo, como si un anti-aymarismo fuese el camino para crear una alternativa política incluyente, o una alternativa política que ofrezca una visión equilibrada entre libre mercado y justicia social. El vice Presidente Cárdenas lamenta que se desconozca al mundo aymara. La agresión a la integridad física y moral de su familia traiciona un espíritu de diálogo y principio de propiedad privada que amenaza el bienestar de toda etnia. Más importante, representa una oportunidad para despertar de nuestro letargo racista, el mayor obstáculo que enfrentamos para revertir nuestro descalabro social y económico. Pero parece que no podemos contener los prejuicios que han sido plantados en nuestro cerebro y corazón.
En lugar de elegir nuestras batallas y ofrecer una alternativa coherente con el momento que vivimos, el Cucús Clan de una minoría racista está profundizando el clima de intolerancia, obligando al pueblo a elegir con las vísceras, en lugar de la razón. Los únicos argumentos que se presentan son para justificar una polarización étnica. Si el odio de la racionalidad “judía” nos ha llevado a ese extremo, Dios se apiade del pueblo boliviano y su nuevo geist. Intentar derrotar una expresión de fundamentalismo con mayor fundamentalismo “k’hara” es estúpido y contraproducente. Necesitamos una oposición coherente, propositiva, que atraiga a bolivianos al margen de su etnia o región natal. Para ello, deben dejar la intolerancia, elegir mejor las batallas y abandonar su desquiciado “jihad” ideológico y racial.
Flavio Machicado
miércoles, 4 de marzo de 2009
Nihilismo Económico
Dos guerras mundiales fueron lanzadas el siglo pasado para llenar el gran vacío de poder en Occidente. Luego se suscitó una pugna por hegemonía geopolítica, apuntándose mutuamente con armas de destrucción masiva. Si bien el consumismo sepultó en “stuff” el avance comunista de Moscú, el socialismo una vez más está de moda y su marca favorita es “Obama”. La batalla del siglo XXI es diferente, porque el vacío es mental. El conflicto es sobre ideas, sobre todo por aquellas que funcionan. Curioso que la herramienta de comunicación masiva utilizada para avanzar el nuevo nihilismo económico es la misma: el radio. En la era del Internet, es del radio que emerge el enemigo mortal de Keynes y Obama. La voz pertenece al trágicamente cómico comentarista conservador Rush Limbaugh, líder de facto del partido Republicano.
Un vacío político naturalmente sucede cuando una generación pasa la batuta. Gracias a la burlona e inmensa figura de “Rush”, para llenar ese vacío se ha desatado una guerra civil en la derecha norteamericana. Se suponía que las nuevas caras del partido Republicano pertenecían al guapísimo mormón (Romney), la guapísima cazadora de caribús (Palin), el simpático hijo de inmigrantes de la India (Jindal) y un gobernador elegido a sus 42 años (Pawlenty). Menos Romney, todos menores de cincuenta años. Menos Pawlenty, todos con un carisma en el frívolo estilo de Hollywood. Ninguno con grandes las luces intelectuales, mucho menos el gravitas, de Barak Obama. Fue precisamente la sagacidad maquiavélica de Obama que inició la guerra civil. La chispa fue detonada cuando Obama proclamó como líder de la oposición – no a las caras “bonitas” - sino a “Rush”, un tosco matón verbal que viste con la gracia de mafioso ruso y proyecta una imagen no apta para la televisión.
Rush Limbaugh lanzó públicamente una maldición a la presidencia de Obama, deseándolo el fracaso. El Presidente Obama no titubeo en convertirlo la cara de la oposición. Su estrategia ha funcionado con maléfica precisión. Los detalles son de telenovela y serán proporcionados como telón de fondo. Detrás del drama de Obama hay una lección. Pero empecemos por la morbosidad, una chacota que empezó cuando el afroamericano D.L. Hughley (abiertamente fanático de Obama) invitó a su programa en CNN a nada menos que el flamante líder del opositor Comité Nacional Republicano (RNC). El RNC es la organización afiliada al partido republicano más importante y su principal generador de fondos. Su actual líder es Richard Steele, el primer afroamericano elegido a esa posición y supuestamente un rostro importante dentro de la oposición.
Dos afroamericanos discutiendo los ataques al primer presidente afroamericano por parte del guasón de la derecha no proporciona gran controversia, a menos que la función de uno de los dos afroamericanos sea precisamente derrotar electoralmente al Presidente Obama. Fiel a la estrategia de su líder, Hughley lanzó la carnada cuando - en medio de la conversación con Steele - llamó a Limbaugh “el líder de facto del partido Republicano”. Steele no solo mordió la carnada, sino que se trago caña y anzuelo cuando espetó, “No. No lo es. Yo soy el líder de facto del partido Republicano”. Si tal innecesario exabrupto no fue suficientemente polarizador para el partido Republicano, sin duda alguna Steele logró llamar la atención cuando se refirió a Rush como un “artista”; tildando el deseo de Limbaugh que fracase Obama como “feo” e “incendiario”.
Las repercusiones no se dejaron esperar. En la Casa Blanca sacaron las pipocas y cómodamente sentados escucharon en la radio como delante de sus 22 millones de radioescuchas Rush fustigó a Steele al día siguiente. “Michael Steele, usted no es el líder del Partido Republicano, usted es la cabeza del RCN”, empezó Limbaugh. Sin ánimo de contener su rabia continuó, “Millones de Republicanos no quieren saber del RCN y cuando usted llama pidiendo dinero, le cuelgan el teléfono”. Dándose cuenta que había ofendido a la nueva vaca sagrada del conservadurismo norteamericano, el presidente del Comité Nacional Republicano tuvo que disculparse casi al extremo de la humillación. Y así – en medio de dime y diretes - quedó sellado el giro a la extrema derecha de la oposición en los EE.UU, llenándose su vacío político. Las caras bonitas, dignas de pantalla de cine, ahora tendrán que rendirle pleitesía a Rush, el cara de radio.
El triunfo de Rush (“que fracase Obama”) ha colocado a la oposición en una situación insostenible. Aquellos Republicanos que ahora apoyen medidas del gobierno y expresen su deseo que “triunfen” las políticas de Obama serán considerados unos traidores. Todavía peor, aquellos Republicanos que insistan en su deseo que fracase el gobierno no ganarán muchos adeptos entre el pueblo norteamericano; por lo menos no entre aquellos cuyo bienestar familiar ahora depende que tengan éxito las ideas de Obama.
Una democracia saludable requiere de una oposición robusta, que ofrezca alternativas coherentes. En defensa de Limbaugh han salido a la palestra varios políticos con el argumento que la oposición fue igualmente severa con el Presidente Bush. La antítesis de Rush, el “tele-genético”[1] Keith Oberman, plantea una gran diferencia. No es lo mismo criticar políticas que pueden fracasar (o que han fracasado) y ofrecer una crítica con la intención de evitar que se implemente una política que probablemente ha de fracasar, que desear que el gobierno fracase. ¡No importa! Para la extrema derecha, si Obama logra sacar a flote a la economía con un neo-keynesianismo y un nuevo régimen de salud universal, ello representará una ideológicamente intolerable redistribución de riqueza y augurio apocalíptico del inevitable fin del libre mercado y capitalismo.
Desearle al gobierno de Obama el fracaso es tentar al demonio de la depresión global. Una cosa es ofrecer una crítica basada en principios políticos, otra muy diferente es colocar a la ideología por encima de todo lo demás. Desear que triunfe una idea, sin importar el costo humano, es nihilismo. La nueva Guerra Fría de los EE.UU. es una batalla que pretende establecer hegemonía sobre su propia consciencia. El dogmatismo ideológico, tanto de izquierda como de derecha, es historia antigua (bostezo). ¡No importa! En nombre de derrocar al socialismo de O-Batman, la derecha norteamericana está dispuesta a convertirse en el Guasón, que en las sombras de la oscuridad no ha de hacer (ni dejar se haga) nada para detener el colosal incendio.
No sé cuál será la lección para Bolivia de todo esto. Solo sé que no podemos darnos el lujo de sacar las pipocas y sentarnos cómodamente a observar como nuestra historia ahora se repite en el seno del odiado imperio. Lo que si estoy seguro es que siquiera mencionar que es posible desear que nuestro presidente aprenda a tener éxito en sacar del agua a la nuestra economía será suficiente para ser acusado de traidor por una oposición que no tiene propuestas, que no ha desarrollado una ideología y que ni siquiera existe. Si de nihilismo económico se trata, a Bolivia no le gana nadie.
Flavio Machicado Teran
[1] Tele-genético (anglicismo): individuo con una apariencia física e interlocución que es atractiva para los televidentes.
lunes, 23 de febrero de 2009
Sui “Si” Dio
Narrativa no es lo mismo que estrategia. La primera señala la dirección; la segunda define el camino. La narrativa responde, por ejemplo, “¿qué vamos a hacer con nuestro poder?”. Con una nueva narrativa, Obama debe enfrentar varias crisis. En cuanto a la economía, Obama reitera que su pueblo “lo puede todo”. En cuanto a la guerra en Irak, la narrativa es que la guerra fue para liberar al mundo de la tiranía de Saddam Hussein. En el primer caso es una arenga ya conocida. En el segundo, la diferencia no es sutil. Se suponía que el objetivo eran las armas de destrucción masiva. Parece que dorar la píldora es narrativa necesaria cuando la medicina sigue siendo amarga.
No es sido fácil construir una narrativa que – como dice Obama – ayude redirigir la gigantesca estructura del Estado hacia un puerto diferente. Más que ser precisa, la narrativa debe ser capaz de dirigir nuestra energía en alguna dirección. El poder del pueblo norteamericano será utilizado por Obama para estimular la economía mediante la inversión pública en programas sociales. Crear en Irak otro vacío de poder sacando las tropas invasoras mañana sería irresponsable. Espero que incluso los fanáticos sofistas puedan aceptarlo. La nave del Estado no es una bicicleta; necesita tiempo para girar a la izquierda, en EE.UU o en Irak.
Somos diferentes. La tensión entre nuestras diferencias permite un contrapeso sin el cual no es posible el equilibrio. Es bueno tener diferencias. La naturaleza ha demostrado que en proceso evolutivo es prudente tener más de una alternativa, sea biológica o ideológica. Las circunstancias siempre cambian, por lo que se necesitarán diferentes herramientas, dependiendo de lo que la circunstancia dicta. Pero por virulentas las criticas y profundas las diferencias ideológicas, la oposición respeta la investidura del poder del pueblo que ha sido conferido al Presidente Obama. Claro que Obama no pretende someter al Poder Judicial, utilizar tropas para imponer la presencia del Estado en Alaska, o embargar en odio al pueblo norteamericano.
El tercer mileno puede ser uno de esperanza; de un cambio que brinde la oportunidad de construir una mejor Bolivia. Pero la narrativa pretende convencer al pueblo que, lejos de haber salido vencedor, está a punto de ser vencido. Una vocifera minoría sigue atizando el miedo y paranoia colectiva. En EE.UU. la narrativa de la derecha es que Obama es un socialista que prepara el camino para el anti-Cristo (Tim Lahaye). En Bolivia, en lugar de construir una narrativa con lo mucho que en nuestra convivencia democrática ha funcionado, la izquierda y derecha insisten en contestar “quiénes somos” con un rotundo, “¡victimas del poder!”. Ningún extremista teme se siga sembrando semillas de una mayor polarización. Una narrativa que nos convierte en derrotados tal vez mejor avanza su agenda personal. Pero una nación repleta de extremistas que invariablemente bloquean toda energía no es narrativa sui genesis; es estrategia sui caedere.
Flavio
viernes, 6 de febrero de 2009
Por Ahora
En contraste a herejes quemados en la hoguera y etnias reducidas a esclavitud bajo normas aymaras y europeas del siglo XV, la nueva Constitución es una obra de gran moderación y sabiduría. Nuestro nuevo marco jurídico no será el mejor para construir autopistas de varios carriles, que velozmente desplacen productos de Yungas y el Chapare al oriente boliviano. Pero es el resultado de un proceso democrático. Son demasiados rojos en el camino, pero en palabras del Hugo Chávez, habrá que detener el paso, “por ahora”.
Las actuales extravagancias jurídicas no permitirán que las baterías en coches eléctricos del futuro sean cargadas por litio boliviano. En su lugar, el arcoíris con el que se pretende regular el tránsito de nuestra endeble economía ha de convertir al Salar de Uyuni en mercado predilecto para el turismo especializado en belleza natural y artefactos medievales. Es mejor que el gas y el litio queden enterrados, que hablar de inversión privada. Esa es la voluntad de los que mandan. Por ahora.
Un afroamericano elegido presidente de EE.UU. en 1950 hubiese creado una nación muy diferente a la que ahora ayudará a construir Obama. En lugar de imaginarnos lo que hubiese sido, sugiero crear condiciones para lo que pronto será. Empecemos por evitar tomar personalmente la constitución que ha elegido un pueblo con capacidad de leer lo básico y letrado sobre todo en el dolor de la discriminación. Tocar incesantemente la bocina y vociferar insultos no ha de lograr se mueva la inepta vaca sagrada del estatismo que todos hemos contribuido a crear. Tan solo logrará se siga empecinando.
La post alfabetización es gran avance. La siguiente generación será tanto más instruida y sofisticada. Los letrados de mañana entenderán que debe premiarse una buena gestión pública, no la etnia del que gobierna. La siguiente generación ha de premiar el éxito, en lugar de la consigna política. Bolivianos del futuro necesitarán liberarse del yugo de un estado paternalista, porque se darán cuenta que sofoca su iniciativa. Bolivianos aun en el vientre han de demandar premiar la ética del trabajo y eficiencia, en vez de la corrupta angurria política. Pero en lugar de premiar el honor, se premia la capacidad de manipular el dolor ajeno. Por ahora.
Un político profesional debe acumular cada gramo de poder posible, incluso victimizando al 40% que sufrió una clarísima derrota electoral. No hay botín político en darle el paso al “genial” proyecto constitucional, incluso cuando los políticos saben que el incongruente ovillo seguirá enredando la mediocre gestión actual. ¡Dejen que flameen los nuevos semáforos! De lo contrario, el oficialismo ha de justificar el enredo y pobre desempeño de sus señales mezcladas con el pretexto de racismo y conspiración. Bloquear permite hacer usufructo de la frustración; pero también brinda excusas para el fracaso en avanzar nuestro país. Ninguna reflexión ayudará a mover la agenda cortoplacista de políticos que se benefician de la mutua intransigencia. Pero a quien me dirijo es a la siguiente generación; mocosos que tampoco entienden el nuevo paradigma de la cooperación. Por ahora.
Flavio Rodrigo
sábado, 17 de enero de 2009
®evoluci♀n
El último gran mercenario de una batalla medieval se despidió con las siguientes palabras: “Asesinar inocentes para avanzar una ideología está mal todo el tiempo, en todo lugar”. Sugiero que expandir la democracia en nombre de la seguridad nacional norteamericana es una “ideología”. A su vez, utilizar fuerza militar para imponer libertad en Irak ha resultado en la muerte de inocentes. Con sutilezas semánticas y una movible interpretación legal de lo que representa “tortura”, el campo ideológico del ex -Presidente Bush pretenden exonerarlo de sangre estúpidamente derramada. Tal vez George W. Bush jamás tenga entre las manos el bastón de mando; pero su ignorante visión del “bien y el mal” continuará gobernando nuestra conducta.
Llegó a su fin una era contaminada por el cerebro menos privilegiado que desde la Casa Blanca haya gobernado. Nos engañamos, sin embargo, al suponer que el mundo ha cambiado mágicamente con su partida; o que nuestro cerebro procesa la información de manera diferente de aquel a quien con vil desprecio despedimos. La epidemia del narcisismo post-moderno nos conduce a la ilusión que nuestro cerebro no tiene nada en común con el cerebro de Bush. ¡Ya es hora que se vaya! Me refiero a una lógica reduccionista, que simplifica la realidad en polos opuestos, antagonistas y eternamente irreconciliables.
Es precisamente esta lógica lineal que en tierra de Jesús conduce a los bandos de una ancestral pugna empecinarse por eliminar al otro. Si el vecino encarna la maldad, lo lógico es intentar erradicarlo. Esta lógica lineal no es producto de la burguesía, capitalismo o moral judeocristiana occidental. Es una manera incompleta de procesar la información que – en el proceso evolutivo de la consciencia – ha favorecido al cerebro izquierdo, creando una escala de valores “masculina”. En la lógica lineal predomina el ímpetu de proteger a los nuestros, erradicar peligros y acumular armas que ayuden a enfrentar crisis, entre ellas el dinero.
La supremacía de la lógica lineal no ha impedido un proceso dialectico que permite a la civilización compartir valores. Simplemente ha hecho más tortuoso el camino. A pesar de esta limitación cognitiva, hoy tenemos en común muchísimo más que lo que jamás tuvieron civilizaciones enemigas de nuestros antepasados. El proceso continúa y ha de requerir de mayor síntesis dialéctica, fusión y libre interacción entre diferentes ideas sobre cómo perfeccionar nuestra convivencia.
El proceso de integración continuará, no sin antes caer en actitudes deleznables, como la de los medios de comunicación que “ofendieron, provocaron y humillaron” a George W. Bush. La crítica suele ser ruda. Pero es gracias al permanente cuestionamiento de la lógica con la cual pretendió hacer el bien para su pueblo y expandir la “gracia” divina de la libertad, que el mudo entero ha aprendido una valiosa lección: para enfrentar cualquier crisis debemos trascender el limitado fundamentalismo ideológico, para utilizar todas las herramientas disponibles.
Integrar la perspectiva “femenina” del cerebro derecho ayudará a procesar información de una manera más compleja. Para ello debemos aprender a escuchar mejor y sentir compasión por nuestros detractores. Es con compasión hacia su malvada ignorancia que me despido de la era de Bush, para dar la bienvenida a una nueva era de diálogo, tolerancia y reflexión orientada a reconciliar aparentes contradicciones. Es con compasión hacia mi propia inclinación a compartir con ironía únicamente aquello que puedo comprender, que acepto mis múltiples limitaciones. Es con compasión que intentaré entender la juvenil mentalidad con la que – en nombre de una “justa” discriminación –abusan de un bastón de mando que pertenece a todos por igual.
Flavio Machicado Teran
domingo, 11 de enero de 2009
Incorpóreo
Por perfectas las palabras que Moisés bajó del monte, lo difícil ha resultado ser que esas palabras cambien nuestra conducta. Incluso palabras talladas por Dios no han logrado transformar nuestra propia mezquindad. Lo que se pierde en la actual intransigente pugna por el poder, es que lo importante no es la voluntad que queda plasmada en un papel, sino el delicado balance entre definir derechos, establecer un marco normativo para el buen gobierno y nuestra capacidad de adaptación. En su capacidad de permitir flexibilidad para enfrentar circunstancias inimaginables es que las palabras sirven para desarrollar soluciones prácticas. Su servicio al ser humano no radica en quimeras hilvanadas con la mejor intención.
Las actitudes reflejan valores, ideales y códigos culturales que se transfieren sin necesidad de leer una sola letra. Mi padre escribe sobre actitudes que gobernaron en Bolivia entre 1952 y 1989. Otras actitudes datan de nuestro pasado primitivo, cuando las “ideas” de la tribu se protegían derramando sangre. Ahora las ideas impregnan cerebros a miles de kilómetros de distancia, sin necesidad de enviar misioneros o un ejército invasor. En la China, por ejemplo, cientos de millones de individuos entienden el beneficio del libre mercado. En el futuro cercano, las actitudes y valores seguirán cambiando en la China, según lo dicte la circunstancia. Las palabras, por ende, deben dibujar un mapa de navegación, no definir una sola nave, o un solo destino. El libre mercado, políticas fiscales e intervención en el mercado son herramientas, no verdades absolutas.
Las palabras aquí plasmadas no son sobre el referéndum o la nueva Constitución. Este escrito es sobre la capacidad de adaptar nuestra conducta a las crisis y problemas que rigen el momento. La adaptación requiere abandonar la idolatría que conduce a personificar nuestras herramientas en simples mortales. La izquierda norteamericana, por ejemplo, se rasga las vestiduras porque Obama piensa sostener la política tributaria de “Bush”. La derecha porque los principios “fundamentales” de Jefferson y Madison han sido vulnerados por el imperativo actual de intervenir en el mercado. ¡Son herramientas! Pero preferimos odiarlas o amarlas, como si fueran de carne y hueso.
Árabes e israelitas se deshumanizan mutuamente por una controversia sobre cuya palabra es superior. En lugar de herramientas para resolver crisis cada vez más profundas, las palabras se convirtieron en ídolos inamovibles. Enceguecidos por el dolor de sangre derramada, no podemos reconocer que “allá” tambien se conducen políticas de Estado atizando la inmolación de su propio pueblo en nombre de una extremista agenda religiosa, pero orar en un acto político “aquí” nos escandaliza. Dios no debería ser parte de la agenda política ni aquí ni allá. Pero como únicamente vemos inconsistencias consistentes con nuestros prejuicios, jamás podremos reconocer que las lindas plegarias que se pretende plasmar en un papel serán tan solo objetos de fe. En la doctrina de la carne no existen palabras que nos libere de nuestra mezquina ignorancia. Lo que reina aquí y allá no son palabras; aquí en la tierra el prejuicio de la piel es rey.
Flavio Machicado Teran
martes, 6 de enero de 2009
Transformación para Principiantes
Incluso millones de años de perfeccionamiento no logran que la jauría de lobos más efectiva que jamás haya pisado la tierra sea más hermosa que el clan más mediocre de toda la humanidad. Por crueles que hayan sido los humanos, amaron a los suyos con un don que los lobos no saben reflejar. Nuestra profunda ignorancia e incomprensión de las leyes de Dios - mecanismos que utiliza la naturaleza para reproducir hermosos cachorritos – tal vez hace que la convivencia entre seres humanos sea mediocre. Nuestra incapacidad de reconocer que Dios se manifiesta incluso en los instintos que forjan nuestro tribalismo, no desmerita el hecho que somos animales con una consciencia superior a la del lobo. Inclusive nuestra ignorancia refleja un don humano, tan humano. El lobo jamás se dará por enterado de sus deficiencias sociales o cognitivas.
Dios no hace las cosas caprichosamente. Su creación ha sido agraciada con la capacidad de adaptación a las condiciones físicas que gobiernan la superestructura. Karl Marx observó esta relación dialéctica entre la manifestación cultural y los mecanismos utilizados para reproducir la vida. Su observación, sin embargo, también fue incompleta. Los avances en la biología permiten entrever que incluso las especies – y no únicamente el ser humano – se organizan según las condiciones materiales que rigen la supervivencia colectiva. Si en Darwin podemos encontrar las leyes de Dios, y en Marx podemos encontrar la dialéctica materialista de Darwin, no debería ser imposible encontrar en nuestro primer dignatario un potencial estadista de talla mundial. Por lo menos no debería ser excusa para dejar de ayudarlo a convertirse en uno.
La premisa que aquí interesa no es tanto que todos los mecanismos que utiliza la creación para perfeccionar la manifestación divina de vida se integran y complementan en un manto biológico hilvanado por leyes que aun no logramos completamente comprender. La premisa importante es que tendremos a Evo para rato, y que lo único peor a perder su liderazgo será no saber aportar a su lenta evolución. Nuestra capacidad de adaptarnos a las nuevas reglas de juego, de descubrir los mejores mecanismos para amamantar el cachorro de democracia tendrá que ser perfeccionada. Si Dios nos ha arrojado un limón de hombre, es menester de esta jauría aprender hacer limonada.
El tribalismo es una herramienta tremendamente útil en el arsenal de mecanismos sociales que reproducen la vida. Gracias al tribalismo los seres humanos se solidarizan, creando una cadena de hermandad incluso con aquellos que no comparten su mismo código genético. Lo importante es extender los dones de este primitivo sentimiento - o instinto - a toda una nación. Lo importante es perfeccionar el tribalismo, aceptándolo, transformándolo, haciéndolo más tolerante e incluyente. En la base de nuestra organización social, la solidaridad y empatía hacia aquellos que comparten una misma bandera, infraestructura y destino es un secreto a gritos, base del éxito de grandes naciones. Lamentablemente el tribalismo primitivo –instinto que busca excluir a los que pecan de pertenecer a grupos humanos diferentes – fue utilizado en Bolivia para someter al pueblo y apoderarse de la riqueza de la nación. La culpa no es de la herramienta, sino del egoísmo con el cual se pretendió pasar por patriotismo un instinto tribal.
El clan de bolivianos es infinitamente más complejo y hermoso que cualquier jauría de lobos. Ello no es garantía que nuestro instinto no se manifieste en su dimensión animal. Los instintos hoy se apoderan del discurso y agenda política, haciendo tanto más fácil acusar al otro de aquello que carcome nuestras propias entrañas. Nos llenamos la boca de acusaciones y condenas al odio y resentimiento tribal con el cual se pretende encaminar a nuestros hijos. Pero incluso el odio y resentimiento son herramientas que utiliza la creación para perfeccionar nuestra convivencia. En el caso boliviano, son advertencias a nunca más obrar con el mismo desprecio hacia el prójimo con el cual nos habíamos acostumbrado a actuar. Si existe hoy resentimiento, es porque la clase gobernante actuó con idéntica arrogancia y racismo. No aceptar responsabilidad puede ser humano, tan humano, pero no es una buena estrategia política o existencial. Resignarse a la arremetida del frankenstein de nuestra propia creación es también manifestar mediocridad y atentar contra las leyes naturales de adaptación, perfeccionamiento y evolución. Aceptar y reconocer nuestro primitivo tribalismo ha de permitir construir sobre ese más básico instinto condiciones de convivencia que superen en efectividad la actual ley de la selva.
Una clarísima oportunidad de avanzar una identidad boliviana más compleja nos la ofrece nuestro mortal enemigo: Chile. El 2009 se cumplen 130 años de nuestra mediterraneidad. El acercamiento político y económico con el gobierno de Bachelet tal vez sea producto de circunstancias que pesan más sobre los caprichos personales, que sobre una estrategia racional. Tal vez juegos geopolíticos hacen que nuestra vieja estrategia de atizar el sentimiento de victimas, manipulando un tribal odio y resentimiento hacia el usurpador del Pacífico, sea momentáneamente una estrategia políticamente incomoda. Tal vez el odio y resentimiento vuelvan a ser atizado en caso que el próximo gobierno chileno deje de ser afín a la ideología que actualmente impera, o si el próximo presidente chileno no inspira el mismo cariño con la cual la presidenta Bachelet ha embrujado a todo un pueblo. No importa. Sea por el embrujo del amor, o por la fría racionalidad de un destino compartido, lo que importa es que existe la posibilidad de acercar a nuestros pueblos, para así permitir que nuestros hijos se beneficien de un acercamiento político, comercial y cultural entre naciones vecinas.
El patriotismo es el tribalismo mayor, sentimiento frecuentemente manipulado para doblegar la voluntad de las masas, en lugar de avanzar amor por nuestro prójimo, o el bien de la nación. En Chile se llenaron la boca de patriotismo para callar por siempre a líderes caídos un 11 de septiembre. En EE.UU se prepararon esa misma fecha para vengar sus torres caídas. El patriotismo, al igual que el tribalismo, muchas veces es solo excusa para obrar impunemente con ignorante malicia. Hacer lo correcto es un patriotismo de menor grado, un acto que inspira a quienes se benefician del don de la cooperación. La tentación el 2009 será impugnar las motivaciones, resaltar las inconsistencias y señalar las múltiples contradicciones de nuestro acercamiento al pueblo chileno. Crear condiciones para - en nombre de un mutuo beneficio y apertura comercial con un socio que nunca fuimos capaces de aceptar - abandonar nuestro primitivo tribalismo, será un avance para todos los bolivianos. Si no fuimos capaces de reconocer en Chile un aliado en esta brutal guerra contra el subdesarrollo, el 2009 tendremos una oportunidad más de perfeccionar nuestras deficiencias y evolucionar nuestra organización social.
Si en el proceso de crear sinergias básicas con nuestro vecino del sur nuestro primer mandatario aprende a ser un mejor presidente, debemos reforzar positivamente aquellas conductas que funcionan. De lo contrario, seguiremos reproduciendo un método que ha demostrado ser un gran fracaso: cooperar únicamente cuando nos conviene, y únicamente con aquellos que forman parte del inmediato clan. Si el presidente Morales es aquel elegido para sentar el precedente histórico de abrir mercados para Bolivia, merecerá el apoyo de todos que entienden el beneficio de la integración e intercambio comercial. Incluso lobos, fieros y faltos de misericordia hacia sus presas, entienden los dones de la cooperación. Los que debemos dejar el tribalismo primitivo, para transformar nuestra mezquina tendencia de apoyar únicamente la causa de nuestro partido, somos todos.
Flavio Machicado Teran