martes, 29 de abril de 2008

Post Tribalismo

Muy poco probable la próxima cabeza del “imperio”, Hillary Clinton tiene un dilema con el cual me identifico. Nacida en Illinois, pero senadora por otro estado, admite no saber si apoyaría en una final a los Cachorros de Chicago, o a los Yankees de Nueva York. Su predicamento ha alimentado los ataques de la derecha, que utiliza su “ambivalencia tribal” para acusarla de ser incapaz de tener una firme y clara posición. Aparentemente, aun en países supuestamente tolerantes de la diversidad, todo individuo debe arraigarse a una identidad que lo defina. Por ende, quienes no somos viscerales defensores de un color, somos acusados de padecer la vergonzosa enfermedad del postmodernismo.

Desarraigado de mis raíces culturales, y criado en el Caribe, en lugar del futbol, yo soy fanático del basquetbol. A su vez, me he (o me han) “intersubjetivizado” al proyecto de la NBA, que pretende globalizar la liga, promoviendo estrellas de todo el mundo. La estética, profesionalismo y nivel de la NBA es del más alto. No es suficiente para mí, sin embargo, observar un gran partido, y para disfrutar del campeonato necesito invertirme emocionalmente con un equipo, el cual elijo después de observar su dinámica, ética de trabajo, garra y espíritu. Los equipos cada año cambian, se renuevan, o se deteriora su capacidad de trabajar juntos. Después de todo, son seres humanos los involucrados, y ello garantiza drama, sudor y lágrimas. En todo caso, puedo darme el lujo de tener como favoritos a seres humanos, y ser “fan” de la dinámica que los acompaña, y no así ser prisionero del fetiche y obligación de tener que rendirle culto y tributo a una camiseta.

En la liga profesional de futbol boliviano hay un gran proyecto, y consiste en transformar en empresa a lo que fue un club. La proyección de negocio es grande, y obedece a un plan de hacer al Bolivar una empresa rentable y competitiva. Los demás equipos ahora deberán tomar una decisión: seguir haciendo las cosas según nuestros usos y costumbres, o adaptarse a una nueva manera de elevar el nivel competitivo de nuestro deporte. Yo, originario estronguista, y rayado de por vida, tal vez no pueda darme el mismo lujo que me doy con los diferentes equipos de la NBA, a los cuales - porque en su momento allí jugaban aquellos seres humanos a quien he admirado por su estilo y pundonor - he brindado mi amor postmodernista. Ello no quiere decir que no considere positivo que el Bolivar alcance un nivel superior de competitividad, y que no celebre el que ahora obligue a todos los demás a superarse.

En el futbol español, la rivalidad entre el Real Madrid y Barcelona raya en un odio tribal. Existe un gran resentimiento, que tiene como antecedentes los vanos intentos de Franco de borrar por siempre el idioma catalán. El lujo de odiarse tal vez pueden dárselo ellos, que tienen la liga más importante del planeta y un mercado europeo, lo cual permite subvencionar su regionalismo. Nosotros no. Y si a Hillary Clinton se le fustiga su carencia de fundamentalismo originario, mis compañeros estronguistas seguramente cuestionarán que le desee al Bolivar fortuna y éxito en su nuevo proyecto. Que me disculpen ellos, pero espero que el Bolivar haga una gran empresa, una revolución bolivariana “Hecha en Bolivia” que yo si puedo celebrar.

Travieso Canciller

La mirada de los que “tienen” es esquiva, y refleja total desinterés en encontrarse con la mía. Saben que no tengo nada de lo que buscan, y su cordialidad está reservada para quienes agregan valor a su estatus, u ofrecen complicidad en la frívola búsqueda de encuentros carnales. Los que se dignan cruzar palabras, lo hacen para indagar a qué me dedico. Consciente de las consecuencias, y buscando el desprecio que me libere de su insípida curiosidad, contesto “a nada”. Me divierte cerrar puertas enchapadas en mediocre cotidianeidad y privilegio, porque la civilidad que guardan tampoco tiene para mí valor alguno.


La mirada de los que “no tienen” es también evasiva, y refleja fracaso. Su amabilidad está reservada para quienes puedan ofrecerles algo, su espíritu presto a sonreír cuando se cruzan con aquellos dotados de importancia. Buscan un empleo, mejorar su estatus, y tener las mismas satisfacciones que suponen tienen los demás. Quieren abrirse puertas, y aunque por dentro sienten el mismo desprecio, fingen cortesía. La ciudad arde de frustración y amargura, y la maldita necesidad de ser alguien se tropieza con la falta de empleos, mellando lo que queda de su frágil dignidad. Mientras, los que ahora degustan el seductor sabor del poder, piden a la gente que encuentre sentido a sus vidas con cada vez menos, y que desistan por siempre del egoísta deseo de “vivir mejor”.


Saboreo el desprecio, porque permite expresarme sin temor al castigo de los dueños del circo. Desapercibido camino más libre, ignorando sus ladridos silenciosos, y con estas líneas espero eliminar el riego de despertar su hipocresía. Prefiero inducir el mismo anonimato que me depara cuando dejo la patria en búsqueda del sustento que nuestra fértil tierra ha dejado de sembrar. Comparten mi destino los millones los bolivianos que prefieren las miradas evasivas de gringos o españoles, quienes también los desprecian por no ser uno de ellos.


“¡No los queremos!”, “¡No los necesitamos!”, espetaba Fidel cuando salieron los “marielitos” de Cuba. Al menospreciar el éxodo masivo de bolivianos que se cansaron de las miradas evasivas que desprecian su ambición de ser y vivir sin depender de la caridad del Estado, el gobierno silenciosamente comparte el mismo sentimiento. Ignorados en su patria, y sujetos a la inepta esquizofrenia política de los nuevos dueños del poder, son demasiadas las familias que salen del país en búsqueda de empleo, encontrando con frecuencia abusos y gran desdicha debido a su estatus de ilegal.


El gobierno tal vez no piense igual que “los que tienen”, pero su desprecio es el mismo. Los que migran son menos bocas que el Estado debe alimentar, y más remesas que inyectar a la economía. Con idéntica indiferencia, el gobierno vuelca la mirada a quienes no añaden valor a su ingeniería social. Deben suponer que pueden mejor subvencionar una sociedad donde queden menos para “no hacer nada”. Lo mío es un ardid, parecido al que a menudo nos juega el Canciller. La política de “arcas llenas sin empleo” ahora obligará al pueblo aprender a darse el mismo lujo, o intentar fugar.


Flavio Machicado Teran

lunes, 21 de abril de 2008

Nuestros Elegidos

Las naciones crean mitos que guían su accionar, muchas veces con nefastas consecuencias.

La soberanía sobre sagrados territorios ancestrales ha sido manzana de la discordia que entorpece la evolución de la armonía. Su legítima propiedad fue reclamada durante las Cruzadas por moros y cristianos, y ahora por Palestina e Israel. El mismísimo Dios supuestamente otorgó a israelitas aquella tierra prometida, creencia que ha convertido a quienes solían ser perseguidos y discriminados, en un imperio “accidental”. El mito de “los elegidos” ha radicalizado a varios, que testarudamente se interponen al proceso de paz.

La unidad indisociable entre la tierra, cultura y etnia es parte de los usos y costumbres del pueblo alemán. Bajo la consigna ancestral de Blut und Boden, los nazis desarrollaron un nacionalismo totalitario que suponía que la raza aria era única y legítima heredera del destino germano, justificando así el genocidio y atropello de aquellos considerados moralmente inferiores.

Otro mito imperialista es el Destino Manifiesto, la creencia que los EE.UU. estaba destinado a expandir su territorio desde las costas del Atlántico hasta el Pacifico. Este mito no solamente ha justificado la obtención de territorios más allá de los originales límites continentales, sino que ha alimentado la ideología que los norteamericanos tienen la misión de promover y defender la democracia en el planeta entero.

En el preámbulo al proyecto de constitución se pretende crear el mito de “tiempos inmemoriales”, cuando nuestros pueblos “comprendían” la pluralidad y diversidad. Tal vez comprendíamos, pero jamás pusimos en práctica dichos principios. En aquel entonces, “unos” sometían a “otros”, y los vencidos eran a veces sacrificados. Si nuestros antepasados celebraron la pluralidad, lo hicieron derramando muchísima sangre.

Quienes quieren hacernos creer que las razas originarias bolivianas han sido eximidas de cruentas prácticas propias de la evolución humana, pecan de ignorancia o deshonestidad intelectual. Si intentan convencer que el imperio Inca se construyó con piedad y benevolencia, sin discriminar o subyugar a quienes eran conquistados, es porque ahora pretenden victimizar, dividir, y conquistar al pueblo boliviano.

Más que “comprender” la pluralidad y diversidad, debemos crear condiciones para ella. Imaginar que jamás comprendimos el racismo “hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia”, no ayuda al proceso. El racismo es la escoria de la humanidad, y construir un Estado moderno requiere eliminar todo tipo de discriminación. Sin embargo, absolver a nuestras razas de la primitiva necesidad de diferenciar a quienes pertenecían a otros grupos, es pretender que fuimos - y somos - moralmente superior a los demás.

En tiempos inmemoriales no existían naciones, derechos civiles, o estado de derecho. Existía un permanente estado de guerra y - para diferenciarse de otros pueblos – el ser humano tatuaba su cara, deformaba labios, nariz u orejas, creando dioses y rituales. Hemos evolucionado, y queremos seguir perfeccionando la sociedad. Pero si consiguen imponernos mitos que niegan nuestro violento pasado, a la vez que cuestionan la moral de otras razas, habrán logrado atizar un alienante resentimiento, exaltando la autoridad moral de unos cuantos neo-racistas, para así perpetuarse en el poder.

Flavio Machicado Teran

Quo Vadis Torch?

If doubts whether the Chinese economy is in fact the new world power lingered like nicotine on a wedding gown the morning after, the upcoming Beijing Olympics will eliminate all delusions. The unipolar hegemony shortly held by the US withers away before our very eyes, and preeminence in the post-American world is being distributed amongst a host of nations. This redistribution notwithstanding, the wellbeing of the new big boys in Asia – India and China – hinges on growth in the greatest consumer society to ever engulf the planet, and both tremble before the possibility of a recession made in USA.

New evidence shows that in a highly interconnected world military prowess pales in comparison to public opinion, particularly when it comes to conquering hearts and minds. Armed with faster internet connections and their scrutiny enhanced by shock and awe, people cannot help but to witness every violation of human rights. After thousand years of wars between empires, however, no world power is prepared just yet to abandon their armies and trade them for a good PR department, and national security is still high on the agenda of every nation state. The complex formula in the modern era includes energy, water, food and economic stability. Thus, with few exceptions in oil rich countries, national safety is hardly optimized by creating obstacles, intransigence or confrontation.

As much as the US and China jockey against each other to maintain or increment their influence, no two enemies had needed each other so much before. And even as China represents an alternative political order, competing against the West for political and economic clout, it is also a partner. China must be brought to the table to discuss issues like human rights in Darfur, as well as in her own back yard. This will hardly be achieved through the use of force, or after having been subjected to humiliation in its own house. However, if the intent is to flare up the Chinese people’s nationalist passions, then joining our voices to the rightful protests is the appropriate path.

The Beijing Olympic torch touched American soil last week in San Francisco, where Mayor Newsome, State Department, two paramilitary officers from the Red Army, local police and the FBI executed a flawless torch run as far as the physical integrity of the runners - and the image of the Chinese government - is concerned. The torch began its journey in the shores of the Golden gate bridge, only to be immediately hoisted inside a warehouse with more protection than George W. Bush would need walking the streets of Baghdad. Using bait and switch tactics, the torch traveled through San Francisco inside a police escorted van, only to surface in streets filled with bewildered pedestrians in neighborhoods that were not in the original route.

Supporters of the Dalai Lama and a free and independent Tibet saw in the almost military execution of the torch run an implicit defense of Bush’s foreign policies and free trade, as well as of the human right violations on the part of the Chinese government. This awkward de facto alliance between Washington and Beijing has unleashed a fury of ironies and contradictions that our dualist primitive brain is not yet prepared to handle.

Those who peacefully protest human right violations see China as a colonial power that subjugated the people of Tibet by force. Is the struggle of the Tibetan monks and of its people a separatist ploy, or does it represent a legitimate anti-imperialist effort?

Those who ideologically oppose reestablishing economic stability by using the people’s taxes in the rescue of investment banks, consider the financial system a capitalist tool that has subjugated by force the world economy. Do efforts to perfect financial regulations in the US benefit the people of India and China, or is it an illegitimate capitalist imposition?

Those that defend freedom of expression and free trade see the campaign to boycott the Olympics – or the inaugural ceremony – as a strategy that harms the stability of world markets. Can one be pragmatic, cynical and promote freedom simultaneously?

The challenges facing humanity render ideological fundamentalism very dangerous. The fine line separating issues such as the free trade (promoted as well by China and India), the West’s opening up politically to the East (while promoting human rights), and government intervention for the sake of protecting financial stability (promoted by all) has been blurred, and these inconsistencies make us lightheaded.

In the name of consistency, many extremists would have to justify human right violations in Tibet, while others would have to applaud the fact that the US is copying a page from the Chinese ethics playbook by being bashful towards human right abuses when national interest are at stake. China – after all – is the world’s authority in the exercise of constraint and soft power, a foreign policy based on the strategy of commercial brinkmanship bundled with utmost silence regarding internal affairs, which incude brutal repressions on the part of many of its African trade partners.

Our achromatic daltonic brain struggles with the contradictions brought about by a multipolar world, as we strive to differentiate between friend and foe, and take a stand only once we have sorted out who is who. The Olympic game held every four games represent the union of the five continents and harmony between nations. This time around, they will also symbolize the unity and harmony that exists between multiple realities. Human rights now coexist with the imperative to transform the world economy into an efficient, ecological and socially driven engine for change. The world has ceased to be painted in black and white.

Global warming, energy and food crisis, and financial illiquidity are hitting humanity like a storm. Perfecting the system and understanding reality in its full range of colors, instead of pretending to reduce it to a dichromatic dualism, has become a matter of survival for humanity. The torch that lights the path towards practical solutions will require a modern and integrated global economy, one that creates incentives for nations to sit down together and improve the system, rather than to strive to malign it.

The fire that feeds the torch demands increasing cooperation, and less cynicism. Strengthening commercial ties and diplomacy will probably go further in overturning human right violations in China, than demanding Western leaders to upstage and defraud their games. Maybe the foreign policy currently in place by Washington has shown to be self-defeating. It does not follow that those who exercise their freedom of expression in protesting human right violations must be censored. Particularly when dissuading the protests could be confused by the Chinese government as having successfully appeased the West, encouraging brazen initiatives, such as the sale of weapons to Sudan and Zimbabwe.

Regardless of the many contradictions, truth is not absolute, and the process of creating conditions for peace and wellbeing for all people demands that we navigate waves of discontinuous logic. A small dose of the dreaded relativism will help advance global integration, and does not contradict the fact that defending principles only when it is in one’s interests to do so is invariably wrong.

Flavio Machicado Teran

lunes, 26 de noviembre de 2007

Muerte Lenta

Preguntaba a amigos, en una encuesta informal, cual son los principios básicos que debían ser respetados para mantener la estabilidad política, y avanzar así un concepto de justicia en el país. La pregunta se remonta a la antigua Grecia, época en la cual solían preguntarse sobre la naturaleza de las cosas. Nuestra era parece estar caracterizada por la gran dificultad que tenemos para definir incluso los aspectos más elementales de lo que se requiere para “vivir bien”. Pocos de mis amigos deben haber tomado en serio mi pregunta, por lo menos las respuestas nunca llegaron. ¿Por qué?

Tal vez - y debería dolerme - nunca contestaron porque no me toman en serio. Después de todo, ante sus ojos seguramente soy simplemente un comentarista, sin ninguna trascendencia en el juego que realmente cuenta: la pugna por el poder. En Bolivia, ser independiente, intentar ser objetivo, y defender principios por encima de intereses políticos del clan, es ser un iluso que no comprende la realidad, o un traidor a la causa. No me duele que mi independencia intelectual pueda provocar desprecio, porque reconozco ser un romántico empedernido, y no puede dolerme que me dejen entrever una verdad.

Otra posibilidad es que no vean la necesidad de reflexionar sobre los principios básicos que requiere nuestra sociedad, porque incluso un perfecto planteamiento de esos principios, y una perfectamente razonable definición, jamás permitiría llegar a un consenso. Deben asumir que no faltaría algún trasnochado postmodernista que considere incluso el ejercicio intelectual de definir los principios, un reduccionismo racionalista impuesto por el imperio occidental. Al estar Bolivia en medio de un empate político, alimentado por una polarización sofista, deben suponer que el impase jamás será resuelto sobre la base de ideales. Por ende, consideran inútil el ejercicio, y prefieren enfocarse pragmáticamente en lo que cuenta: la pugna por el poder.

En nuestro entorno, un principio que ambos bandos demuestran no entender o respetar, es “lealtad al sistema”. Es incongruente, por ejemplo, que la oposición exija se respeten los principios democráticos (sistema), cuando está dispuesta a violarlos si su agenda política así lo demanda. Si el ímpetu de su argumento es defender la democracia, entonces la oposición debería siquiera censurar y reprochar actos que atentan contra los derechos civiles de quienes deciden no participar en los varios paros cívicos que han sido decretados. Otrora, cuando tácticas de coerción, destrucción y saqueos de la propiedad fueron utilizadas por los sindicatos, merecieron de tal reproche. Ahora que son utilizadas por los comités cívicos, ¿representan una forma legitima de protestar?

Nuestro “sistema” es evidentemente imperfecto, lleno de vacíos legales, imprecisiones y anacronismos conceptuales. Ello no justifica traicionarlo. La monumental tarea es transformarlo de tal manera que incorpore contrastantes visiones que por el momento solo comparten un mismo apetito. El debate se supone es sobre principios, y que del ejercicio democrático resultará cierto consenso. Ello requiere de convicción hacia esos principios básicos, que tanto nos cuesta definir. El único consenso parece ser sobre la “imparcialidad”, un principio que todos asumen ridículo. Temo, por ende, que confundo mi intención con algo útil, y tal vez deba limitarme a beber de mi veneno.

Año Cero

Todos los bolivianos compartimos un pasado abusivo, lleno de caprichos insensatos, mentiras y gran hostilidad. Alguna vez fuimos todos culpables de un egoísmo sin límites; y nos impusimos sobre el otro, asumiendo que satisfacer nuestras más básicas necesidades era su deber y obligación. En el pasado, yo también actué con arrogante prepotencia. Merecedor de todos los derechos imaginables, y sin ninguna obligación, aplicaba estrategias violentas, arrojando objetos, bloqueando la paz de mis progenitores, imponiéndoles mi voluntad. Era agresor y victima al mismo tiempo, y no sabía articular mi frustración. Ahora entiendo que me sentía dependiente, hostigado, permanentemente vigilado, y que tan solo quería obtener mi libertad.

Todo ser humano nace con la voluntad de ser libre, con el deseo de darle sentido a su existencia, y la típica impetuosidad de una infantil fogosidad. El espíritu de ser libres nos embarga desde que nacemos. La capacidad de aceptar y entender que únicamente la interdependencia social permite cumplir con tan noble objetivo viene después. ¿Quién no ha observado el infantil proceder de un niño que no entiende razón alguna, y que pretende imponer a la fuerza su razón? Después de todo, el sentido de justicia de un niño no contempla las repercusiones de la inmadurez con la que actúa.

Con el pasar del tiempo, el ser humano aprende a convivir, cooperar y respetar el derecho ajeno. Y aunque nuestro egoísmo y apetitos son tan solo atemperados, aprendemos a controlar nuestros impulsos y a fraternizar en armonía. Una vez comprendida y aceptada nuestra interdependencia, aprendemos a construir con mayor destreza espacios humanos que avanzan y permiten la anhelada libertad.

Hoy que somos padres, comprendemos que la mejor manera de guiar el ímpetu de libertad de nuestros hijos es mediante el ejemplo y la comunicación, y no a partir de golpes y humillaciones. Ello no es garantía que la juventud sea más gentil y considerada. Tal vez hemos reemplazado a los muchos traumatizados de ayer, por unos cuantos insolentes. Pero el proceso no se detiene, y dicta que luego ellos deberán aprender de su propia impertinencia.

Cada vez que una generación pasa la batuta, la nueva generación adapta y mejora las normas y conductas heredadas. El hijo convertido en padre puede mejorarlas, pero difícilmente puede destruirlas, y de cero comenzar. Digo, puede hacer lo que le dé la gana, pero no vive en una isla. Por ende, su conducta – para ser eficaz y tener un resultado positivo - deberá tener una mínima coherencia y respeto hacia los objetivos, normas y conductas de los demás papás. Luego el ciclo se repetirá otra vez, con cada nueva vida que nace a este mundo.

Una nación, sin embargo, no muere, y por ende menos puede darse el lujo de despreciar las reglas básicas que rigen la convivencia de su extendida familia. Necesitamos de un nuevo pacto social, de mejores leyes y horizontes que incorporen sectores que fueron injustamente marginados. Ello no justifica arrollar el debido proceso, violentar la separación de poderes, y corromper el principio de igualdad ante la ley. Confundir la prerrogativa de perfeccionar nuestro marco constitucional, con el derecho de imponer una “voluntad política” mediante urnas que solo harán eco al llanto de fáciles consignas, es forjar nuestro futuro con la filosofía que utiliza un recién nacido.

¡Imposible!

Imagínese que usted es otra persona, de una etnia y clase social distinta, y que pertenece a otra religión. Imagínese también que esa persona tiene una situación económica completamente diferente a la suya, y que tiene otro nivel de educación. Si usted es un doctor, imagínese analfabeta. Si tiene apenas lo suficiente, imagínese que ha acumulado honestamente dinero y poder.

Es muy difícil imaginarnos ser otra persona, o siquiera que hay quienes progresan con “honestidad”. Por ende, es difícil imaginar posibles leyes que sean justas para todos, sin importar etnia, género, aptitudes, o posición social. Si somos pobres, nuestro impulso natural será elaborar leyes que beneficien a los pobres. Si somos ricos, querremos leyes que defiendan nuestra propiedad. Si somos mediocres, aspiramos que todos así lo sean, y si nos creemos talentosos, buscaremos que se nos premie la desigualdad.

La igualdad es un objetivo noble, y mientras mayor igualdad exista, mayor estabilidad y paz social. Lamentablemente, es imposible imponerla. Para avanzar ese ideal, una sociedad puede avanzar el principio de igualdad ante la ley, y crear condiciones para que todo individuo tenga iguales oportunidades. El gobierno puede también implementar políticas que enmienden injusticias. Una mayor igualdad tomará tiempo, pero no es imposible.

El permitir que la desigualdad sea en beneficio de todos es una opción. La otra es - mediante una violenta lucha de clases – destruirla. La primera opción permite que un individuo –cualquiera su etnia, género o religión - acumule honestamente mayor riqueza, sabiduría y poder que su vecino. Lo importante será que lo hagan honesta y merecidamente, que compartan su sabiduría, y que las leyes impidan abusar de ese poder. Para ello, se deben crear programas que – sobre la base del talento, esfuerzo y dedicación – permitan que los más desaventajados inviertan su tiempo en estudiar un postgrado, ingresen luego a la burocracia, o emprendan su propio negocio.

Si existen individuos mediocres que han acumulado riqueza porque han abusado de un cargo público, vacíos legales o la impunidad, eso es injusto, debe evitarse y empezar a castigar. Pero los vicios del pasado no cambian el hecho que tenemos diferentes iniciativas, ambiciones, curiosidades y aptitudes. Somos diferentes, y esas diferencias pueden crear una sociedad pujante e innovadora. Si la diferencia se basa en un privilegio de clase, género o etnia, hay que corregir esa situación. Sin embargo, destruir la desigualdad es una tarea mucho más injusta y corrupta, que utilizarla para desarrollar el potencial del individuo.

Si hay personas que acumulan riqueza honestamente, que sea porque crean empleos y pagan impuestos. Si hay personas que acumulan sabiduría, que sea porque tienen ganas de estudiar mucho, y poner a buen uso la lección. Si alguien llega al poder, que sea porque el pueblo lo ha elegido. El poder que sustenta el Presidente - por definición - es desigual al poder que tenemos todos los demás. Esa es una desigualdad justa y necesaria. Lo importante es que las leyes delimiten y supervisen sus potestades, y que su temporal acumulación de poder sea por el bien de todos, y no para hacer de la justicia un desquite personal.