jueves, 21 de marzo de 2013

Libertad Relativa


La libertad no es un regazo en el cual se uno se acurruca un buen día, para jamás abandonarlo. Un pastel de chocolate en la nevera doblega la voluntad, incluso cuando el colesterol atenta contra la vida. La tentación, sin embargo, no es el mayor obstáculo a una voluntad libre y soberana. Las barreras son varias; incluyendo la ignorancia.

Decisiones soberanas hace 300 años eran tomadas sobre la base de información incompleta. Un gran barón industrial inglés del siglo XVIII explotaba a su obrero con una férrea e indómita voluntad. No obstante, las disposiciones de ese arrogante nuevo rico estaban determinadas por las condiciones ideológicas, políticas y culturales (superestructura) de su época. No lo dice Rico Mc Pato. Lo dice Karl Marx.

Muchas generaciones pasaron antes que un magnate industrial inglés-francés-alemán (globalizado) entienda que un obrero bien remunerado, con beneficios sociales y vacaciones en el Caribe, es más productivo que un obrero explotado. Las leyes, producto de la experiencia, nuevas condiciones y batallas sindicales, también lo obligan ahora a entender. Un obrero europeo tiene mayor libertad que hace un par de generaciones (si no está desempleado). Pero su libertad económica es tan solo una dimensión de tan loable, pero abstracto objetivo. La libertad existencial no se adquiere con un buen salario.

Los existencialistas crearon la ilusión de que somos absolutamente libres de elegir. Al estudiar los cambios en la conducta del individuo en función a las cambiantes condiciones que determinan dicha conducta, la psicología evolutiva ha retomado la batuta heredada de Karl Marx.

Pero en vez de abstracciones, observemos un salto a la libertad en la transformación ideológica del senador norteamericano Rob Porter. El senador conservador se oponía al matrimonio gay, hasta que el vacio de su ignorancia fue llenado por su propio hijo. Hace dos años, el hijo del senador conservador confesó su orientación sexual a su padre. Varias conversaciones más tarde, el hijo gay del senador conservador  logró que su padre adquiera la libertad de pensar diferente a sus obtusos correligionarios.

Hace apenas dos generaciones, sin embargo, el hijo de un político conservador en la sucursal occidental  del fundamentalismo religioso, no hubiese tenido la información para entablar con su padre una conversación que le permita construir un puente que atraviese el vacio que aun arroja a tantos al abismo de la discriminación. El padre no hubiese tenido la libertad de escucharlo, menos aun de entender sus argumentos. La libertad de pensar diferente no es inmediata; se adquiere con el conocimiento, la reflexión y experiencia acumulada.

Somos libres, pero tan solo parcialmente. La libertad de dibujar un nuevo mapa requiere de un compromiso con nuevos descubrimiento sobre nuestra naturaleza, para dejar atrás prejuicios y resentimientos que nos hacen prisioneros de la manipulación ideológica y mediática. Lamentablemente nuestra conducta -en mayor o menor grado-  está determinada por imperativos biológicos, tradiciones y adoctrinamiento ideológico. 

La libertad no es un estado; es un peligroso transitar por un mar de contradicciones, adicciones e imposiciones culturales. La tentación de satisfacer apetitos básicos corroe nuestra voluntad y mejores intenciones. Llenamos nuestras venas abiertas de manteca, nuestras mentes de dogmas medievales, nuestros corazones de un odio anacrónico.  Arrodillados ante prejuicios y adoración de ídolos imperfectos, creemos haber alcanzado el ideal. Pero seguimos tras las rejas, a veces de una información incompleta, otras veces de una información manipulada.  La libertad es un horizonte cada vez más amplio que se expande gradualmente gracias a avances científicos, reivindicaciones sociales y un compromiso individual; no es un salto de fe (o revolucionario) impuesto por mortales todopoderosos.



miércoles, 13 de marzo de 2013

Tabú de la Naturaleza


El tiempo del equilibrio es el tiempo del eslogan. Si hubiese un compromiso real con el equilibrio, buscaríamos complementariedad allí donde todavía existe contradicción entre opuestos. Si el equilibrio fuese algo más que un conveniente estribillo,  estaríamos dispuestos a trascender la temeraria dualidad, para descubrir la pluralidad de herramientas que utiliza la Creación para verter fertilidad en su vergel más preciado. Pero la ecuación de un mundo integral, que perpetua el milagro de la vida a través de la inclusión y diversidad, parece estar reservada para la naturaleza.

Muchas reformas en el Vaticano deberán aun transcurrir antes que se pueda discutir, sin tentar los fuegos del infierno, el tema de la naturaleza humana.  Por el momento, plantear como natural  la homosexualidad, liderazgo episcopal de la mujer y los bajos instintos del sexo es incurrir en alguna forma de oscura rebeldía. La gran diversidad de expresiones de la creación divina no tiene cabida entre las diócesis que dependen de la Santa Sede y Revolución Bolivariana. En el mundo creado por el hombre, la retórica moralista es la estrategia que acapara el poder y autoridad moral. 

Emerge una simetría entre el cristianismo que predicaba el Comandante Chávez y los predicados más conservadores del catolicismo: ambos consideran al egoísmo como una aberración del verdadero arquetipo humano.  Este absolutismo ignora una sutileza de la naturaleza: el hecho que en nuestra especie prima el interés personal. Incapaces de diferenciar entre el egoísmo mezquino y cortoplacista (que arremete contra la buena fe y fibra social), e interés personal iluminado (que avanza el bien de la familia individual dentro de un marco ético y de mutuo beneficio), ambos campos nos venden caricaturas de la naturaleza humana.

El sexo e instinto de supervivencia son pilares fundamentales de la Creación. Pero se supone que patriarcas y caudillos a la diestra y siniestra, aceptan la castidad como única legitima entrega a su causa.  En un caso ello implica jamás tocar con libido el cuerpo de una mujer; en el otro requiere una renuncia franciscana a los goces de la vida material. Escándalos sexuales en la iglesia encuentran, sin embargo, simetría en los resabios de la  suntuosa vida que requiere el sacrificio en el servicio a la patria. La piel trémula se acostumbra a las camas de hoteles cinco estrellas. La naturaleza humana es muy difícil de domar.

Afirmar que nuestra especie ha adquirido características biológicas que constituyen nuestra “naturaleza” no es caer en garras del relativismo moral. Por el contrario, es establecer el marco evolutivo en común del cual emerge nuestro libre albedrio, nuestra ética y sentido del bien común. A su vez, establecer que no somos biológicamente indistinguibles no quiere decir que sea legítimo prejuzgar a un individuo en función a una categoría (ver Pinker). Todo ser humanos es igual, con los mismos derechos. Atentar contra esa igualdad es moralmente repugnante.  Pero la naturaleza, en su sabiduría, ha privilegiado una diversidad y pluralidad de manifestaciones humanas.                         

Luiz Inácio Lula da Silva arengaba al hijo del obrero a soñar con ser dueño de empresa. En vez de mofarse de quienes nacieron con cuchara de plata en la boca, Lula luchó por que todos tengan la oportunidad y educación para que el hijo de comerciante mañana sea gerente general. El tiempo del equilibrio requiere de un modelo de desarrollo que integre la ambición individual con la abnegación fraternal; la proclividad a asumir riesgo con la seguridad asalariada. Pretender que la ingeniería social convirtiera a todos en ovejas solidarias del rebaño en un experimento anacrónico que no funcionó ni en China.  Vender un único modelo de desarrollo personal y arquetipo monolítico inspirado en próceres y santos es tan solo un eslogan proselitista que - en vez avanzar el añorado equilibrio - atiza el resentimiento entre los diversos tipos y clases de humanos.